* LaS OChenTerAS AtaCan De NueVO!

“Abuelita, abuelita”, exclamó Caperucita, “¿Por qué tienes las orejas tan grandes?”
“Para verte mejor, mijita!”, contestó con voz de ancianita el lobo feroz desde la cama.
“Abuelita, abuelita, ¿y por qué tienes los ojos tan grandes?” Volvió a preguntar la curiosa Caperucita.
“Pues para verte mejor, nietecita”, volvió a responder el lobo feroz.
“Abuelita, abuelita, ¿y por qué tienes esa pijama tan ancha y holgada?”, comentó la niña.
“¡Ay, mija, porque en mi juventú fui ochentera!”

La belleza en tiempos de Barcelona
Las ochenteras
(ARTICULO PUBLICADO EN WWW.OM-COMMUNITY.COM EDICION ABRIL 2007)

Pertenezco a una extraña especie que nació viejita y empezaró a rejuvenecer con los años. He conocido otros a lo largo del camino que muy calladitos se guardaban también el secreto. Como predice el famoso “filósofo argentino” Quino, “comeré compotas de melocotón en mis últimos días y moriré en un gran orgasmo”. Ese mismo con el que fui concebida, porque a la larga, todos deseamos creer que fuimos engendrados en una noche donde el amor era más grande que la pasión. Ser hijo del amor, íntima aspiración.

Cuando iba a la Universidad, me deleitaba pensar que faltaba poco para verlo: después de pasar por la paredilla infinita de un hospital militar, aparecía él y todas las mañanas, como un mantra, seguía el mismo ritual y me lo repetía en forma de susurro. Nunca me interesó saber quien era su autor. Creo que parte del copyright de los graffitis nos pertenecen a los que tenemos ojos para verlos. Y el mio, poéticamente decía: “Todo tiempo pasado fue mejor… porque ya se nos secaron las lágrimas”. Yo sonreía. Sigo sonnriendo.
(Más adelante aparecía otro, que prolongaba mi ritual y decia: “¡ay, si los hombres pensaran con la cabeza y no con el pipí, ah!” pero de ese no voy a hablar hoy. ¡Eso es tela de otro saco!)

Soy de las que se veia feita –muy feita- en las fotos “ochenteras”, y hoy se retuerce tratando de recordar porque carajo Madonna había elegido ese labial fucsia para que a mi me tocara ponérmelo también, y porque Cindy Lauper llevaba el tan bien ponderado “mechón de Alf”, para que a mi, vil esclava del canal MTV, me tuviera que parar el mio con mucha -pero mucha- laca “All Set”, que era capaz de parar hasta un muerto. Era algo así como un Viagra de los estilistas. Me demoré algunos quinquenios descubriendo que la moda incomoda y que para apropiarse de un estilo hay que hacerlo con estilo. Toda esa labia de “se tu misma” y demás.

¡Pero PapáDios existe y la mayoría de las veces, escucha! Llegaron los 90’s y dije yo, sepultaron para siempre:
- los colores chillones que después de sudar en una fiesta…,
- las hombreras que le daba un aire de jugador de rugby a las mujeres,
- los peinados llenos de capas que daban ese desagradable “efecto casco”,
- los zapatos planos que hacían que uno se viera pegado al piso,
- los cinturones anchos que sacaban las Michelines no solo por arriba, sino también por debajo (4x4),
- las camisas tres tallas más grandes que daban el efecto óptico del cuerpo-“Chupachups” o “BomBomBum”.
- los bikinis que tenían ese efecto ótpico de hacer nacer el muslo del cuello. Si, del cuello que está abajo de la cabeza.

Yo agarré todo, integramente todo e hice un gran paquete que doné a una organización de beneficiencia. Como empezaba a trabajar ya me ganaba algún dinerito y así renové –también para siempre, volví a decir yo- mi armario jurando con el corazón en el pecho y la mano en el buen gusto, que jamás volvería a ponerme nada así. Amen.

Otro grafitti sustentaba mi tesis con “¡Qué se le salve el alma, porque el gusto ya lo perdió!”. Yo recuperaba el mio para que el Nuevo Milenio me cogiera bien vestida.

Mi vida dió un vuelco radical y de ahí en adelante, me comencé a gustar en las fotos. No me alcanzan las palabras para describir lo agradable que ha sido llevar el pelo largo, liso y suave, lo sensacional que es ponerse un bikini caderero (la tripita no tiene por donde salirse, es un argumento de la física cuántica) y lo sexy que puede uno llegar a sentirse con una camiseta que contornea el cuerpo. Cabe notar la chichonera de años que me costó entender que NO hay que moverse en el momento en que disparan la foto para no aparecer después como la hermana de “Mister Bean”. Eso, lo otro, y la esquiva buena suerte.
Todavía me río cada vez que me acuerdo de ese paseo, evidentemente en los 80’s, con mis compañeros de Universidad. Paramos en mitad del camino a comernos una mazorca de maiz asada y a Catalina se le quedó pegada una de esas desagradables cascaritas negras en un diente…de los de adelante. Todos pactamos no decirle nada y la pobre así pasó a la posteridad:
* su mechón de Alf muy alto
* las capas junto a las orejas como un French spoodle
* aretes redondos como dos botones de chaqueta
* collar, cinturón, prendedor, labial, esmalte de uñas, bolso, tirantes, gancho de pelo, medias y zapatos del mismo color de los aretes
* camiseta XXL con escrito un “Wake me up before you go-go”
* ¡Y mueca!

En estos dias de exilio voluntario, me regocijo con secreta perversión al mirar de reojo a las adolescentes en los metros de Barcelona. ¡Me encanta verlas salir arregladas para bailar! Y un perverso pensamiento me invade: “¡Cómo se arrepentirán de haberse vestido y maquillado asi dentro de 15 años! Porque uno puede ser ochentero una primera vez porque nadie le advirtió, pero una segunda…

"Me coges mal una vez, es tu error. Me coges mal dos veces, mi error".
(Samantha, “Sex on the city”)