* CasTeL SaNt'AnGeLo (VeRSioN EsPanoL)

Castel Sant'Angelo
Un relato 99% real...
(CUENTO PUBLICADO PARA EL DOMINGO DE CARNAVAL POR EL PERIODICO EL HERALDO DE BARRANQUILLA (COLOMBIA), 6 FEBRERO DE 2005)
"Yo te amé con gran delirio,
y pasión desenfrenada,
(...) y te olvidé, te olvidé, te olvidé!"


TOSCA
Érase una vez, no hace tanto tiempo, en una bellísima ciudad sobre el mar Caribe llamada Curramba, una sorprendente y encantadora pisinga de nombre Tosca que vivía feliz y contenta en las fronteras de la Tierra Caliente.
Transcurría sus días libre y despreocupada dentro del gigantesco Patio Cuadrado detrás de una casa igualmente gigante, casi infinita, llena de cuartos e inmigrantes napolitanos a los cuales de vez en cuando San Gennaro faceva u'miracolo y lloraban la muerte de Joselito Carnaval en febrero bailando el Garabato en el Contry-Clú; y armaban el presepe napolitano en diciembre y las cumbias y porros musicalizaban la casa todo el año; y la Pastiera se la devoraban en Semana Santa pero el arrocito con pollo era menú obligado todos los sábados en el almuerzo. Del cuello de todos ellos colgaba un cuernito de oro porque el maldiojo que traía todos los años la visita del tío Pasquale, sumado a los rezos hechos por Aminta -"haya" milenaria- al San antonio boca abajo, podían accarrear consecuencias trágicas. Cocinar en la misma olla la cultura de la telenovela con la cultura de la ópera resulta todo un sancocho.

Los días a Tosca se le pasaban paseando desde la Palma de Cera al naranjo que producía mini-bolitas enanas y ácidas, cruzando por las gardenias y las trinitarias moradas y concluyendo la vuelta en la gruta de la Virgen de María Auxiliadora, que era prácticamente el límite del Patio, garantizándole que no era tan infinito como a ella le parecía. Patio Cuadrado, como lo era también la Tierra Plana rodeada de dragones y monstruos marinos y la Piazza Buenos Aires en Roma.
Cuando menos se lo esperaba, Tosca medio infartaba por la aparición de Cavaligero, la morrocolla que dormía en las profundidades del Patio, arropada en el calorcito del fuego del Centro del Mundo.
"Mio amore lindo que me haces dar un yeyo cada vez que das una de estas apariciones allucinantes!" -exclamaba en perfecto italñolo la Tosca.
Y él, Cavaligero, ligero de equipaje y prejuicios, la observaba risueño con aquellos ojitos golosos y ese gesto acogedor que sólo los animales en vía de extinción adquieren cuando deciden dejarse llevar.
Ese sí que era un amor libre, basado en la confianza y el presente, como afirmarían los relativistas del tercer milenio: se encontraban cuando se debían encontrar y se dejaban en el momento en que mejor estaban. En la justa distancia se logra apreciar el verdadero mensaje, como un cuadro impresionista. La belleza, desde la lejanía.
Mientras estaban juntos él le contaba de sus fascinantes viajes por el Más Allá y ella le describía como transcurrían sus tardes dentro de la sala de los napolitanos mirando con ellos la tele con una pata apoyada al piso como un ancla y la otra doblada en el aire formando un ángulo de 90 grados. Evidentemente era el orgullo de la familia y Cuky, la perrita pekinés neura, se neurotizaba aun más porque no hay nada que produzca más neura que los celos. Tosca aprendía l'italiano con el noticiero que transmitía la RAI todas las noches: papá napolitano -con un gran sigaro toscano- sintonizaba en su radio el programa para los expatriados nostálgicos y ambos cerraban los ojos para dejarse acariciar por la brisa del mar y respirar a bocanadas la alegría de vivir...ahí. Misteriorsamente cuando era hora de irse a la cama en casa de los napolitanos, el noticiero italiano daba il "Buon giorno".

AMINTA
Aminta era todita redonda e su color era el de la Chocolatina Jet. Comía con las manos, armaba montañitas de arroz blanco e así se lo llevaba a la boca. Se encargaba de la limpieza de la casa de los napolitanos durante el día pero a las 7:00 de la noche desaparecía misteriosamente camuflada por el color del Cielo y reaparecía toda contenta y entonces ponía la mesa para cenar: milanesa frita en aceite de coco con arroz blanco floriado y platanito maduro. Mamá napolitana le había enseñado a hacer la caponata de berenjenas y pimentones y todos dejaban los platos como lavados, recogiendo la salsita con bollo de maíz. Un sorbete de papaya, corozo o níspero acompañaban el menú. Con mucho hielo. A papá napolitano se le paraban los últimos tres pelos que tenía en la cabeza y le gritaba que il dolce jamás se mezclaba con il salato, ni el Trópico con la Bota, ni el negro con el blanco, pero para entonces ya era muy tarde porque los hijos napolitanos ya se estaban chupando los dedos con el platanito.
Todos sabían que Aminta tenía un amigovio chofer de bú que se llamaba Alfredo, también él color Chocolatina Jet, y que pasaba con el bus lleno de la gente que se devolvía del trabajo a su casa que debía esperar a que ellos 2 se saludaran. Esas personas dentro del bú tenían entonces que esperar sus 45 románticos minutos mientras Aminta y Alfredo se miraban con ojitos golosos y se reconfirmaban sus votos de amor y fidelidad. Todos saludaba a Aminta cuando se bajaba toda radiante materializándonse en mujer de Cielo y entraba a la casa de los patrones extranjeros a preparar la cena.
En ese momento se escuchaba también la moto roja de Mark, el gringo, que parqueaba en su garaje, la de la familia de los gringos. Siempre bajaba de ella como una gacela desenganchándose con su garfio derecho del manubrio y entonces silvaba canciones de los Beatles. Cuenta la leyenda que cuando era chiquito, en Navidad, un petardo de esos bien peligrosos le bajaba la mano pero a él le dio más o menos lo mismo y la vida se la siguió devorando a mordiscos.
Una de las hijas menores de los napolitanos, Gina -llamada así en honor de la Lollobrigida- lo espiaba a las 7:00 de todas las noches desde su ventana y sus pensamientos volaban encima de una moto roja con garfio y gringo a bordo.

TOSCA
Cuando la morrocolla hacía sus apariciones repentinas pero continuas en el Mundo Cuadrado y plano de Tosca, escarbaba un pequeño hueco de tierra en forma de útero y pariéndose mil veces sacaba su cabeza con los ojos cerrados y la boca sonriente con aquellos ojitos golosos y ese gesto acogedor que sólo los animales en vía de extinción adquieren cuando deciden dejarse llevar.
Con una bocanada de aire, Cavaligero se integraba al Nuevo Mundo y muy, pero muy, extremadamente despacito salía del hueco.
“Chi va piano
va lontano,
…e a volte arriva sano!”
Después de haber saludado a la espectacular pisinga, se encaminaba a ritmo todo suyo al Patio de Ropas donde Aminta lo esperaba siempre con un guineo chiquito sin concha, provocativo y madurito, y se lo devoraba esta vez muy rápido antes que los gusanos verdes-peludos del árbol de guanábana de allado se lo pudieran quitar. Tosca y Cavaligero estaban juntos desde hacía una cantidad de tiempo, casi como Aminta y Alfredo, y entonces ya todos los consideraban pareja estable y no se permitían corretearlos. Al menos así le contaban a Tosca las Bailarinas Naranjas de la gruta de la Vírgen de María Auxiliadora que todo lo sabían y lo que no sabían se lo inventaban. Este era un don conferido por el dios de los mulatos ,Momo, a las personas bautizadas en las sagradas aguas caráibicas. Al final no era más que una mezcla entre genética y herencia.

VALERIA
"Quando sei qui con me
questa stanza non ha piú pareti
ma alberi, alberi infiniti.
Quando sei qui vicino a me
questo soffitto viola non esiste piú,
io vedo il cielo sopra noi che restiamo qui,
abbandonati come se non ci fosse piú niente al mondo”.
(Gino Paoli)
La hija primogénita de los napolitanos se había casado hacía 4 años con el hijo de otros napolitanos, inmigrantes también ellos y entonces los napolitanos se habían vuelto cummari y cumpari de esos que jugaban juntos a Burraco y Canasta, organizaban torneos de bocce y fundaban clubes de italianos entre los expatriados. Los dos muchachos se habían enamorado durante los preparativos de una comparsa para el Carnaval de Curramba: él interpretaba un Emperador barítono de esos que hacen perder la cabeza por su belleza, y ella era la diosa más diosa de las diosas: Minerva. Diosa de artesanos, artistas y hombres de letras. El Pantheón respirava. Y entre el húmedo tropical, las trinitarias, las sandalias y los centuriones, y uno que otro Whisky-CocaCola-hielo, ella y él construían una Little Italy en el Trópico, un trisito más arriba de la línea que divide en dos partes al Mundo. Por poco, a mamá Minerva le tocó parir a su hija junto a las aguas del Castillo de Santa Bárbara, cuadrado él, como no todos los castillos. Esa mañana había tenido ganas de respirar brisa de mar y cuando llegaron las otras aguas, el tío Ángel corrió como un loco para hacerla llegar donde el doctor Parias. Y así irrumpió Valeria: 2 años y medio, la "ametralladora" según la abuela, que escribía por todos lados como un mantra la palabra "Ley". ¡La familia y vecinos creían que era una niña genio, ignorantes que los papás la habían dejado encerrada en el carro sudando por dos horas mientras hacían sus compras en el "Ley" y ella se concentraba en un punto fijo para no enloquecerse, haciendo de la palabra un mandala! ¡ "Ley, Ley, Ley" y su mamá soñó por muchos años que tendría una hija abogado! La pasión de Valeria eran los misterios inmortalizados en la Enciclopedia Monitor y pasaba horas y horas hipnotizándose con la foto de un castillo redondo similar al ponqué de matrimonio de la tía Dina con el tío Dino, con un puente allado donde vivían unos ángeles y un río lleno de agua Eterna. El papá de Valeria la dejaba todas las tardes en casa de los abuelos napolitanos maternos. Ella hacía el paseo de las dos cuadras en el Plymouth modelo 1948 siempre de pie para no perderse de nada y no había fuerza humana que la hiciera sentarse. Aminta al recibía muy sonriente en la terraza y la pobre Cuky, maluca como una gallina matada a escobazos porque entre uno más odia y más se pone maluco, desarrollara doblemente unos celos patológicos. Una noche, aprovechando el ruido de la moto roja de Mark el gringo, Cuky le mandó un mordisco bestial a Valeria. Menos mal la niña estaba protegida por los zapaticos rojos de cuadritos Croydon y entonces el mordisco le supo a caucho a la pekinés neura. Pero las cartas se habían jugado ese día...

VALERIA, AMINTA Y TOSCA
Valeria adoraba a Aminta y Aminta a Valeria. Apenas la niña aprendió a caminar, la haya la hacía encaramarse sobre sus pies transmitiéndole el más profundo de los misterios: el ritmo mulato. Un piecito sobre un piezote y el otro piecito sobre el otro piezote. ¡Azúcarrr! Se querían tanto, al punto de compartir dos de los más preciados tesoros de la segunda: su tenedor natural y así Valeria comía de la mano Chocolate Sol de Aminta su comida, y Alfredo, encaramándose también ella a las 7:00 de la noche en el "bú" y saludaba al chofer. Era la única que sabía de verdá-verdá el contenido de las conversaciones entre Alfredo y Aminta y así, cuando Farid, su novio de tres años y medio de la casa de los turcos le chiflaba desde su Patio de Ropa, ella le repetía una de las frases que había memorizado la noche anterior.
“Que se quede el infinito sin estrellas,
y que pierda el ancho mar su inmensidad,
pero el negro de tus ojos que no me deje
y el canela de tu piel se quede igual:
Me importas tu, y tu, y tu, y sólamente tu…”
Valeria se había decidido por Farid y había rechazando a Claudio, también él vecino, hijo de romanos, porque el primero era pariente de las almendras, de las avellanas y de las lunas rojas, mientras el segundo, del mondongo, las tripas y la pasta 'e faggioli que a Valeria le parecían muy pesados. Misteriosa irracionalidad de gustos: Farid tenía ojos de kibbe y Claudio de aceitunas sorrentinas y fue así como Valeria optó por el primero pues consideraba grasosas y carnosas a las aceitunas sorrentinas.
Entonces Farid se encaramaba como un bandido por la paredilla sobre la batea del Patio de Ropa de su casa y la llamaba todito entusiasmado. Y ella, igualmente entusiasmada, se deslizaba con la pisinga sobre el caparazón de la morrocolla, hacía una mueca asqueada frente a los gusanos verdes-peludos del árbol de guanábana susurrando un "guácatelas" y haciendo uso de todas sus facultades motoras alcanzaba la cima del Cielo arriba de la batea. Allá, en el Techo del Mundo, él y ella se encontraban y comían galleticas Oreo que él sacaba de entre los bolsillos del pantalón. Galleticas Oreo húmedas. a las ciudades del Caribe llegaba desde tiempos lejanos el tío Sam que sentado en una banquita del Patio Trasero, vendía galleticas Oreo con CocaCola a los niños. Valeria y Farid se las comían juntos, y entonces allá arriba el aire perfumaba de narguilé a la canela.

AMINTA, ALFREDO Y VALERIA
La espera del hombre color Chocolatina Jet con su bú amarillo era uno de los momentos más emocionantes de la tarde de Valeria. Aminta le cambiaba el vestidito sucio de "estar en la casa" y le ponía uno de "estar en la calle" (pero que siempre le picaba... en el Trópico todo aquello que no es algodón, pica!) y hacía las 5:30 de la tarde ambas se sentaban en la punta de la terraza "art deco costeño" afuera de la casa. La apuesta consistía en predecir quien pasaba de primeras: por la derecha debía aparecer el carrito del pelao del raspao que era una especie de granizado con amibas y overdose de colorantes cancerógenos incluídos que producía un éxtasis indescriptible cuando se disolvía despacito en la boca y afuera habían 40 grados del todo topicales; por la izquierda, en cambio, debía aparecer otro pelao con un palo altísimo de madera lleno de huequitos y muchos pirulís de colores tropicales clavados en ellos. Los pirulís venían siendo algo así como una chupeta en forma de cono pero con niveles de azúcar tan elevados que pueden detonar un coma diabético mental y entonces despertar la más dulce de las sonrisas. Entonces las 5:32 de la tarde se volvían para Valeria el momento más complejo del día ¡porque una decisión siempre será una decisión y sus consecuencias siempre arrastrará! La elección se la concedía al Destino y empalagada de alegría lamía la bola de glucosa que Aminta le compraba al pelao que aparecía de primeras por esa casilla de la cuadrícula del Mundo Plano. Lo que no sabía era que estos caprichos le ayudaban a desarrollar su aparato inmunitario y esto ya la hacía más tropical que napolitana. Es de saber que el primer síntoma de un napolitano en Tierra Caliente era una diarrea quasi-eterna que impajaritablemente le duraba 4 días y lo dejaba más flaco, limpio y claro. " El italiano perfecto es el que se queda viviendo en la Tierra Caliente", decía después de unos Gin-Tonics la bien ponderada María Luisa, viuda de honorable inmigrante y seguidora de la Reina Madre de Inglaterra. “El amor se habla en español”, concluía sorbiendo el ultimo trago de Tanqueray.

VALERIA, GINA Y TOSCA
Gina tenía 17 años y dos maneras de peinarse el pelo. Cuando estaba por fuera de la casa napolitana los llevaba largos y lisos a la hippie y cuando estaba dentro, se los enroscaba alrededor del cráneo, como modelando greda para hacer una vasija y se los aseguraba con muchos, muchísimos ganchitos negros. Parecían una instalación post-modernista y a Valeria se le escurría la mandíbula del asombro cuando la veía aparecer con su toga en la cabeza para alisarse el pelo. También ella quería enroscarse su toga pero lastimosamente sus tres lanas en la cabeza todavía no le alcanzaban. María Concetta -Conchita para todos- y Franceschina -Franca para el resto- que eran sus otras dos tías junto a María del Pilar, la eterna novia española del tío Angelo, también tenían estas cascadas de pelo liso y Valeria quería hacerse grande sólo para llevarlo como ellas. Pero desistió a la idea de la grandeza cuando una tarde vió rodar por el piso de la sala del nonno napolitano las tripas del teléfono negro. Su tío Angelo y su tía Conchita peleaban por él y el susodicho, que era uno solo, trató de duplicarse hinchándose e hinchándose cada vez más. Al final, no logrando multiplicarse puesto que no era pez, estalló en mil fragmentos negros. Valeria quedó profundamente impactada cuando frente a sus ojos pasó girando la rosca de los números y entonces decidió quedarse encerrada toda la tarde dentro del closet de Gina. La tía chiquita logró hacerla salir usando la técnica hindú de las serpientes, o sea, poniendo el disco de los Beattles que más le gustaba: Yellow submarine. Así fue como Valeria se incorporó de nuevo al Mundo Cuadrado. Gina pertenecía a la primera generación de Beattles, y Valeria con sus dos años y medio, también. Ambas siguieron por la vida adorando las margaritas, creyendo que podían salvar al Mundo Cuadrado y votando en 1999 para que "Imagine" fuera declarada la canción del siglo XX.
Cuando la tía se arreglaba en su tocador para ir a la Universidad, Valeria se le sentaba allado y también se colgaba muchos collares y aretes fucsias, amarillos y anaranjados y más feliz que eso no se podía ser. Después se volteaba y pasaba el dedo por el antebrazo de Gina que tenía estampado un enorme estornudo de Chocolatina Jet, algo así como una Vía Láctea redonda llena de pecas y pequitas, a ver si se le caían, o al menos, se le mezclaban. Como eso no sucedía, terminaba dándole una lamida al pobre brazo de la tía a ver si sabían a Chocolatina Jet y Gina partía a Facultad a reunirse con Jung oliendo a Channel número 5 y babas. Tosca no se perdía un segundo de este emperifolle y con una pata apoyada al piso como un ancla y la otra doblada en el aire formando un ángulo de 90 grados, se inflaba de feminidad. A ella también le gustaban Jung y la chocolatina Jet.

TOTTI, RICOTTA Y BETTY
Apenas la tía se iba, Valeria salía junto a Tosca al Patio Infinito, aquel plano cartesiano donde se develaban una a una todas las verdades escondidas del Universo. El Patio Cuadrado de Tierra Caliente. Y entre las hojas de Plátano con las que Aminta envolvía los pasteles de arroz, Valeria se reunía con su grupo de amigos: Totti, alto-sabio e irónico, Ricotta, tierna-dulce y sonriente y Betty, flaca-silenciosa y mágica. Juntos exploraban los misterios de ese cuadradito de Paraíso enmarcados por las flores más lindas y ambientados por el canto de los pajaritos de colores y los loritos. "La casa del Papa está en Roma pero Papa Dios vive en Curramba, repetía Totti que usaba analogías para todo, mientras un chupaflor azul revoloteaba alrededor de ellos.
Se podía hablar de todo, absolutamente de todo hasta de la muerte del Cangrejo; los únicos temas tabú para los cuatro eran "Pinocho" porque los deprimía y les dañaba la tarde, y la "Tía de las taquicardias" en Napoli con sus hijas que sufrían el "síndrome de Cenicienta" que vivían convencidas de que los de esta parte de la Cuadrícula eran ricos y entonces... El nonno napolitano y la nonna napolitana decían que su primera nieta era chifloreta porque hablaba sola y se imaginaba amigos invisibles porque invisible era todo lo que no se podía ver y Totty, Ricotta y Betty no se veían. Valeria -en cambio- afirmaba radicalmente que si los nonnos no podían ver a Totti, Ricotta y Betty, quería decir que los invisibles eran ellos. Su primer silogismo. Tosca, Cavaligero, los gusanos verdes-peludos, las Bailarinas Naranjas y Farid podían verlos y eso quería decir que eran otros los del problema. Los dones no son conferidos por igual a todos... Hasta los ladridos que la chinche de la Cuky le dedicaba a sus amigos eran una buena señal que sí existían. Ser o no ser no era ningún problema. De todas formas hay que comentar que los tres amigos del Patio Cuadrado eran algo posesivos y celosos igualito que Cuky, porque apenas nació el hermanito peludo de Valeria, ellos no volvieron a buscarla más y la chinche de la pekinés ya no trató de morderla. Celos? Mejor despertarlos que sentirlos...

TOSCA
La fábrica donde trabajaba el papá barítono de Valeria se incendió de repente. Una nube de humo negro cubrió el cielo de Curramba mientras el de la Capital se cubría con el de la Negra Grande y los dueños de la fábrica de pinturas decidieron reconstruírla allá lejos. Valeria, su hermanito peludo nuevo y sus papás hijos de napolitanos fueron transladados velozmente a la "Nevera" y de esto no se habla acá porque hay eventos vitales que se deben vivir en silencio.
“Penso che un sogno cosí non ritorni mai piú,
mi dipingevo le mani e la faccia di blu…”
(Domenico Modugno)
La vida en el Patio Cuadrado continuaba casi inalterable, excepto por una ausencia: la morrocolla. Cavaligero no aparecía desde hacía muchos días, semanas, meses y Tosca, que no se tomaba en serio ni a si misma, empezaba a desarrollar una tendencia compulsiva hacia su monotema, su morrocolla.
Una mañana de verano, es decir cualquier mañana porque aquí todos los días son veraniegos, Tosca estaba a punto de reventar como el teléfono negro. No lograba estar en pie con una de las patas doblada en el aire formando un ángulo de 90 grados y la otra pata apoyada al piso como un ancla, tampoco se podía concentrar en sus lecciones de "italñolo". No se entretenía más chismoceando con las bailarinas naranjas ni correteando a los gatos malucos de los vecinos para alejarlos a picotazos. Sin Cavaligero la vida se hacía pesada: no tenía sentido y sin sentido la vida no se vivía. Entonces decidió abandonar esa vida y corrió al límite del Patio Cuadrado e Infinito, llegando a la gruta de la Vírgen de María Auxiliadora. Se encaramó en la paredilla como Valeria le había enseñado a hacer lo mientras las Bailarinas Naranjas le gritaban desesperadamente: "¡No lo hagas, no lo hagas!". Pero lo hizo. Brincó con todas sus fuerzas y a sus plumas blancas no les quedó otra que despertar la Memoria adormilada de Vidas Anteriores y hacer lo que sabían hacer antes de convertirse en pájaro casero de Patio Cuadrado. Entonces Tosca voló como toda una pisinga por los aires, seguida de un banco anaranjado de Bailarinas gritonas. Tosca emigró a los Manglares a darle un nuevo sentido a su vida y las Bailarinas se suicidaron porque sus vidas sin Tosca y Cavaligero no tenía ningún sentido.
“Qué llueva, qué llueva,
la vieja está en la cueva,
los pajaritos cantan,
la luna se levanta,
¡qué si, qué no!
¡Qué caiga un chaparrón!”
/> Daniela Violi ®
Roma, noviembre 2003
Viareggio noviembre 2004