* ReFLexiOneS dE ULTra-Mar!


Mi Paraíso pasó por San Borondón
Por Daniela Violi ®
Primavera del 2007 en Barcelona

“Seconda stella a destra, questo é il cammino
e poi dritto fino al mattino
non ti puoi sbagliare perché
quella é l'isola che non c'é
E ti prendono in giro se continui a cercarla
ma non darti per vinto perché
chi ci ha giá rinunciato e ti ride alle spalle
forse é ancora piů pazzo di te”.
(Edoardo Bennato – L’isola che non c’é)

Érase una vez una mañana cualquiera de un día con número doble. Siempre me olvido de las cosas que pasan en días de dos cifras, y más si son impares. Pero si que me acuerdo de lo que tenía en mi cabeza ese día cualquiera al despertarme: pensaba en el Paraiso. Pensaba mucho en el Paraíso y por un momento entré en pánico al imaginar que este tendría el mismo trágico final al que el Limbo había sido condenado meses atrás: esto es, a desaparecer. ¿Cómo puede desaparecer un lugar que no se sabe a dónde está? Supongo que esta es otra de las virtudes de los que quieren entenderlo todo y tomarle una foto para demostrar que existe. Lo que no entienden, lo hacen desaparecer. Existe todavía menos de lo que medio-existió. ¡Cómo cuando uno se deshace con una amiga quejetas, quejona y quejicas, de un novio agobiado o de un mal pensamiento. Se los manda a la Mierda. Su Mierda. Supongo yo que su ubicación no debe quedar distante de los otros lugares inexistentes. Supongo que tampoco requiere visado. ¡Qué placentero resulta algunas veces ese “vete pa’tu mierda”, terapéuticamente hablando! Confieso que sé mucho más de ese Lugar que del Paraíso o del Limbo.

A los que crecemos en “Paises en Vía de Desarrollo” (¿O sea que somos todavía adolescentes?), Tercer Mundo (¡Qué Mundo tan extenso qué hasta le caben sub-mundos!) o como los llaman ahora para que suene menos maluco, “de Periferia” (¿Alguien me puede decir por qué suena mejor?) nos hacen creer que el Paraíso está en el Primer Mundo. Esto es, los Estados Unidos de América para los que quieren vivir para trabajar, Japón para los más “trendy”, Australia para los más aventureros, Europa para los más románticos.
A mi me tocó doble lavado cerebral en cuanto a esta creencia, porque además del run-run de la calle, me tocaba el constante cirilí* de mi familia compuesta por inmigrantes italianos y de las colonias “primermundistas”que se relacionaban entre sí. Europeos procedentes de un continente que se trasformaba, se rebelaba a los Valores tradicionales y se desvanecía en la imaginación, manteniéndose vivo solamente a través de las nostalgias, las palabras y lo que cabía en un baul. Y esas tres cosas comenzaban a impregnarse de moho. Es bien dificil mantener viva una ilusión cuando en el medio hay un mar que lo lava todo. Hoy las terceras y cuartas generaciones no saben pronunciar bien sus apellidos, ignoran su lengua “materna” y mezclan gli spaghetti con el arroz. Es que esa es la vida (gracias a Dios).

Mi deporte favorito es conversar. Fuí premiada con un ascendente géminis que interactuando con un fabuloso aries, me convierte en una amena compañía. Descarté dos amorcitos porque eran pésimos conversadores. ¡Oda al tedio, terrible maldición!
He aprovechado mis dones para escudriñar en muchos “primermundistas” que de manera informal (no, no tengo los porcentajes y por ende mi Muestra Representativa no sirve para un experiemento) me han relatado la visión que a ellos les inculcaron de los Mundos Lejanos y Remotos. A ellos les dijeron que el Paraíso quedaba allá. Y les terminaron de subrayar la teoría con la biografía de Colón, de Marco Polo, de Magallanes, de Gauguín, el Pirata Blake, de una cantidad de viajeros que regresaban magnimizando, presumiendo y chicaneando sobre todo, como si de paradisiacos Mundos se tratara, porque sabían que iban a ser pocos los que se atreverían a ir a confimar si estaban diciendo la verdad.

Llevo casi 8 años yendo y viniendo de acá para allá y de allá para acá y la pregunta ronronea en mi cabeza. ¿Dónde carajo está ese Paraíso Terrenal? Porque…
- Si por allá pasan hambre, por acá se atragantan.
- Si por allá no toman en serio nada, acá lo vuelven una Ópera.
- Si por allá todo el mundo se mete con uno caminando por la calle, acá es invisible.
- Si por allá se desviven en atenciones, servilismos y atenciones al cliente, acá falta que lo escupan a uno en un restaurante.
- Si por allá se exceden en “gracias”, “perdones” y “porfavores”, acá esas palabras mágicas, se esfumaron como por arte de magia.
- Si por allá ellos son intensos y celosos, los de acá dan el teléfono para que una los llame y “¡todo les da igual porque eso es lo que hay!”
- Si por allá ellas duran maquillándose dos horas hasta cambiar de cara, estas de acá se condenaron a ser simplonas y desgarbadas por aquello de la emancipación y esconden su cara tras unas gafas de pasta gruesa.
- Si por allá los alumnos le temen a los maestros, los de acá, los muendean, los filman, y venden los videos a 100 euros. “Los pájaron disparándole a las escopetas”, diría nonna Rosina.
- Si por allá no hay futuro, acá solo se piensa en el futuro: jubilaciones, enfermedades, ahorros, seguros, que hacen que se pase por encima del presente, que a la larga, es el único “presente”!
- Si por allá se cree en todo, acá no se cree en nada.
- Si por allá ellos son unos machos cabrios que despiden testosterona por cada poro y con cada “hembra”, estos se paniquiaron con las Feministas y optaron por imitar lo peor de las mujeres, volviéndose metrosexuales.
- ¡Si por allá se habla de inseguridad, secuestros, terrorismo, extorisión y robos, …por acá –en cambio- también!

“Yo no creo en nada porque soy ateo, gracias a Dios”
Buscar el Paraíso no es meterse en un discurso religioso ni mojigato. ¡Dios me libre y favorezca! Y la norma Universal que lo rige es que ¡nunca queda donde uno vive en ese momento! ¡Nunca! Eso si: el Paraíso Terrenal es una necesidad mental y cada uno se lo puede decorar a su gusto:
hay gente que le meterá puertas de oro con incrustaciones de rubí y esmeraldas;
otros lo pondrán en un prado verde infinito con mariposas, ciervos y conejitos;
otros lo preferirán minimalista y le dejarán por techo el cielo;
otroxxx lo llenarán de espejos y terciopelo rojo;
otros lo habitarán con sus seres queridos y recuerdos pasados;
y otros, como yo, lo poblarán de tiras cómicas, paisajes hechos en acuarela y mil colores.
Lo que si es claro, como buen lugar común es que, es que ahí se llega para vivir mejor, para encontrar sosiego y serenidad, para acordarse que la felidad también nos pertenece, para dares ese abrazo al día que mantiene alejado al médico… y al desamor.

(Alba – Iván y Lucia, y después, Ana y Jaime)
Ya habían pasado varios días desde que me había levantado aquella mañana de número doble impar pensando en el Paraíso, cuando mi padre y yo decidimos empreder una búsqueda. No estábamos buscando precisamente el Paraiso, ya que es como el Amor, no se busca porque se encuentra pero siempre está latente en el inconciente. Esta vez íbamos tras unas extraviadas huellas de Cristobal Colón porque de tanto que caminó el inquieto genovés generó muchas dudas y huellas y mi papá quería despejar algunas. Cosas de historiadores. Yo lo acompañaba cada vez que podía, no porque Colón me cayera o no cayera bien, sino porque me encantaba desde que era niña, oirle contar sus historia. El mejor contador de historias. Como en “Big Fish”, nunca he sabido si lo que me cuenta es cierto o falso, pero al final, poca impostancia tiene eso.
Este viaje partía de un rumor que había sobrevivido a los siglos. Contaba la leyenda que en un grupito de islas en el Atlántico con nombre de pajaritos, donde la gente es europea pero habla como caribeña, El perfecto Segundo Mundo. Cristóbal tuvo una amante nativa preciosa y mi padre juntaba información para escribir otro de ensayos sobre el Navegante. Ya habíamos estado meses atrás en el Monasterio de San Jerónimo de la Murtra en Badalona, cerca de Barcelona, reuniendo otros datos sobre el Navegante y esta nueva búsqueda iba a enriquecer los contenidos del libro que él estaba escribiendo.
Era el tercer amanecer de nuestro viaje y decidimos alquilar un barquito para pasar de una isla a la otra con mucha calma y marea baja para que a él no le diera el consabido “Mal de Mar”. También hay “Mal de Terre” pero ese es otro tipo de dolencia: el de la Patria. Este era de Mar y no tenía que ver con el corazón sino con las vísceras. Así que, en medio de la navegada, empezamos a ver a lo lejos un islote. Nos volteamos como quien recibe un llamado de la Naturaleza y nos miramos con los ojos brillantes. ¿Y ese islote tan verde de dónde carajo salió que no lo vimos en el mapa? Pero como ni él ni yo somos muy dotados en cuestiones de orientación, olvidamos rapidamente la pregunta y empezamos a acercarnos a su playa.

Desembarcamos con espíritu de navegantes, y empezamos a caminar hasta alcanzar la cumbre de la colina e instalarnos ahí un rato. La colina estaba tapizada de piedras suaves y verdes que daban la sensación del paño de una mesa de billar. Unas especies florares entre kitch y alucinantes decoraban el jardín en forma de triangulitos rojos, anaranjados y amarillos. Iban en degradé y eso a mi me parecía mentira. Estábamos encantados porque teníamos el privilegio de estar viendo uno de los paisajes más bellos jamás vistos. Éramos concientes de ello. pájaros exóticos de todos los colores revoloteaban por ahí, y el mar alrededor del Islote era tan trasparente, que los peces que nadaban abajo parecían de oro. Una bóveda celeste muy celeste techaba este Paraiso Perdido y nubes con formas de animales esperaban en lo alto a que nosotros les pusiéramos nombre. Nombrarlas para empezar a existir. Cuando metí mi mano en el bolso para tomar unas fotos e inmortalizar esa escena, me dí cuenta que había olvidado la cámara en el hotel. ¡Murphy que un día te harán Santo no por lo que ayudas sino por lo que desayudas! Así que fijamos bien la vista y el corazón en lo que estábamos percibiendo, para registrarlo en el hard disk de nuestros cerebro para siempre y contarlo de la manera más fiel posible. La verdad es que ese lugar no parecía parte de la Tierra y mucho menos que humano alguno hubiera vivido ahí.

En el momento en que empezamos a abrir el mapa para ver dónde estábamos situados, nos dimos cuenta que el sol se estaba escondiendo ¡Imposible un atardecer si era de mañana! Pero no era el sol el que bajaba, sino nosotros. La Isla sin nombre descendía cada vez más hasta sumergirse dentro del Mar y desaparecer. Sólo quedó la barquita flotando en la inmensidad, el bolso impermeable, el mapa empapado y por supuesto, mi padre y yo enganchados de un lado del barco. ¡Caramba, qué cosa más rara! Mientras tratábamos de entender lo que nos acababa de suceder y nos subíamos al barquito (o barquita, que más da, ¡igual flotaba!) sentimos un soplido. “Ushhhh”. Los dos levantamos los ojos, y ahí, frente a nuestros incrédulos ojos, volvía a aparecer el Islote. Pero esta segunda vez ya no era sólo una colina. No. Se levantaba más alto hasta dejar ver un lomo entero, verde brillante, de un gigantezco dragón marino. Y cómo en las mejores películas, lo “políticamente correcto” sucedió: la bestia se giró hacia nosotros, nos miró, eliminó dos chorros de vapor por sus fosas nasales e introdujo su cabeza dentro del agua. Y después, su lomo, sus escamas y sus patas. Lo último en desaparecer fue la colita. Cola de dragón verde. Sin rastro.

Mi padre y yo quedamos en silencio por un buen rato. Es que habíamos estado sentados sobre la leyenda de Aprositos, la Encubierta, la octaba Isla, la Inaccesible, el Islote fantasma, la Non Trubada y esas cosas no se sabe en que parte del cerebro archivarlas. Occidente nos da las herramientas para manejar y manipular lo racional. Al resto lo llaman Esquizofrenia para negar su existencia. Pero esto de racional no tenía mucho y de esquizofrénico, mucho menos. Esa era la famosa Isla donde dicen que Cristóbal Colón tuvo su romance con la nativa: San Borondón, ese lugar intermitente que aparece y desaparece, porque no es una Isla, sino eso, un Dragón. Un Dragón Marino. ¿Era el Paraiso Perdido?
¿Y por qué quiso dejarse ver?
¿Por qué a nosotros dos?
Después de debatirnos sobre los sies y los noes del asunto, hicimos un pacto (como éramos padre e hija no era necesario que el pacto fuera de sangre) y nos prometimos que íbamos a finjir demencia de ahí en adelante. ¡Qué nada había pasado, qué no había una octaba Isla y qué el Paraiso seguía Perdido! Lo decidimos no tanto por no revelar un secreto o por el desagradable “que dirán”. No. Lo decidimos por nosotros dos. Porque si el Paraiso ya no está Perdido, hay poco por buscar. No es sano para los Viajantes terminar las búsquedas. Son alimento del Espíritu.
Entonces decidimos volverlo a Perder.

*Cirilí: pajarito ruidoso y repetitivo.
(Los dragones de San Borondón están en: http://www.laisladescubierta.net/sanbor/fauna.htm