* …y cómo es tener 30 y pico y pasar otra Navidad en Barcelona

…y cómo es tener 30 y pico y pasar otra Navidad en Barcelona
Daniela Violi – otoño (record en frio) 2007

Mi papá me decía de chiquita que mi nombre era de perfume. Recuerdo que mi nombre me sonaba raro y me costó mucho tiempo acostumbrarme. Hoy me gusta mucho pero todavía no he preparado mi formula alquímica de las delicias aunque estoy segura que algún día haré mi propio menjurje. Tendrá mucha vainilla, dos pastillas de chocolate “Lindt” azul para evitar la depresión, unos pétalos de margaritas sólo porque me gustan las margaritas, algo de canela para alborotar las endorfinas y otro poco de sándalo por aquello del altar que cada uno tendría que levantar, unas goticas de café para rendirle pleitesía a su adicción, una cucharadita de arequipe* para que quede dulce más no empalagoso, un besito francés y dos copitos de nieve del Cotopaxi. Por supuesto su color será rojo de atardecer romano y se preparará bajo las vibraciones de “E lucean le stelle” de Puccini.

E lucean le stelle

e olezzava la terra
stridea l'uscio dell'orto
e un passo sfiorava la rena.

Entrava ella, fragrante,
mi cadea tra le braccia.

Oh dolci baci, o languide carezze,
mentr'io fremente
le belle forme disciogliea dai veli!

Svanì per sempre 
il sogno mio d'amore.

L'ora è fuggita,
e muoio disperato
e muoio disperato.
E non ho amato mai tanto la vita!

Tanto la vita.
Tanto la vita.


Cuando era chiquita, mis papás me encaramaba en su Buick verde guisante modelo 1965 y me llevaban donde Don Paciccio a comprar salsicce, salami, supressate y prosciutto, preparados en el Trópico con recetas italianas y cerditos criollos que mi mamá después incorporaba de manera magistral a recetas napolitanas. Recuerdo que cabía de pie en ese Buick entre los dos y que me enganchaba del hombro a cada uno, bombardeándolos con mil preguntas que ellos pacientemente me respondían. Cuando llegábamos a nuestro destino, yo me ponía a jugar a las escondidas por los recovecos de la gigantesca casa junto a los tres nietos del italiano mientras mis papás conversaban con su hijo y nuera. La mayoría de las veces terminaban jugando cartas y yo, que desde chiquita ya me aburría cósmicamente repetir algo muchas veces seguidas, me desligaba del juego y me iba a explorar la casa.
Una de esas veces fue en diciembre y la compra de embutidos fue mucho más larga de las habituales. Yo me salí del grupo que sudado y oliendo a chivo corría compacto por un corredor y me escapé por un pasadizo de esos que salen en la películas: frío y oscuro con un letrero invisible que dice “¡no es buena idea meterte acá!”. Pero como la curiosidad mató al gato, y el gato tiene siete vidas, ya sabía yo que tenía derecho de satisfacer mi curiosidad siete buenas veces… y que el siete se vuelve setenta y siete…
¡Cuál fue mi sorpresa cuando me encontré a Papá Noel ahí sentado, meciéndose en su mecedora, en penumbra, gordo-popocho, con pequeñas gafitas redondas, rascándose la barba y fumando una pipa! No podia ser otro que él. Así que me le acerqué y se lo susurré: “¡Papá Noel!”. Él me respondió muy seguro: “¡Daniela Violi!” y al darme cuenta que sabía mi nombre, casi se me sale el corazón. Salí corriendo sin mirar atrás y me senté el resto de la noche junto a mi mamá, que como siempre, estaba desplumando a todos jugando cartas. Biribba.

Muchos años más tarde caminaba por el muelle de Viareggio, en la Toscana italiana. Don Paciccio había muerto mucho tiempo atrás, mi mamá seguía desplumando a todos con las cartas, y a mi me encantaba el olor de la pipa. Estudiaba arte en Carrara y cuando regresaba en tren, me hacía mucha ilusión irme directo al muelle a caminar. Sólo hoy, a los treinta y pico, empiezo a tener consciencia de la segunda enfermedad que padezco desde que nací. La primera es de una involuntaria overdose de vitamina A, así que cuando se me va la mano comiendo mangos, papayas, naranjas y zanahorias, se me ponen las palmas de las manos más amarillas que de constumbre. Una vez me dieron un Multivitamínico que comenzaba –como comienza casi todo, por la A-, y pensé que se me iban a salir los ojos.
La segunda patología es el Síndrome de Stendhal: me viven dando ye-yos, yu-yus, taquicardias y ahogos cuando contemplo la belleza. A Stendhal le dió en Italia, y a mi, también en Italia, y en España, en Colombia, en Francia, en USA, en Argentina, en Japón, en Ecuador, en Inglaterra, en Uruguay… Esto me lleva a concluir que mi segunda patología es crónica y que la padeceré hasta el final de mis días. ¡Qué suerte loca!
A los treinta y pico también he concluído que:
1. hay lugares para ser vividos, como Barcelona, otros para ser visitados, como Roma y otros para ser añorados, como Viareggio,
2. que el amarillo es el estupendo color del tercer chakra,
3. que me como un mango cuando me da la gana,
4. y que definitivamente, todo el mundo tiene derecho a tener su patología, su complejo y su perversión.

¡Fue ahí, en ese muelle, en otro mes de diciembre, donde lo volví a ver! Gordo-popocho, con sus gafitas redondas y su espesa barba, sentado como con su panza de 20 meses de embarazo, mecía sus piernas al borde del muelle y pescaba. Junto a él había un balde* rojo. Por un momento dudé si debía acercármele. Yo ya no era una niña y él bien podia –por estatutos autonómicos- no hablarle a los que habían dejado de ser niños. Pero decidí correr el riesgo porque en el fondo…
- no me sentía tan grande,
- creía que toda regla está repleta de excepciones (para ponerlo a uno a pensar)
- y porque sentía que esa era una maravillosa oportunidad.
Estaba segura que ese pescador era él: ¡Papá Noel! Así que lo saludé y me tranquilicé cuando él correspondió a mi saludo. Así que le pregunté qué pescaba. El hombre me respondió que pescaba estrellas. Así que miré dentro del balde, y en efecto, una gran estrella de mar descansaba en el fondo. Sonreí.

“Non c’é due senza tre”*, repiten con excesiva frecuencia en Italia. ¡Bueno, también repiten como un mantra que “sono accontentati”, que “bisogna fare sacrifici” y que “nessuno cucina come mia mamma”!
Desde ese encuentro en el muelle de Viareggio pasó más de una década. Ahora tengo treinta y pico y vivo felíz en Barcelona. Mi nombre me huele a perfume y a veces ese perfume se hace catalán y suena a violí*. Mi mamá sigue desplumando a las amigas jugando a las cartas, se me sigue despertando la nostalgia cuando huelo a pipa y no como embutidos (porque engordan, no le metamos más trascendencia). Amo esta ciudad y decir que la estimo*, es dejarla coja. En Barcelona, en diciembre, se alborota el amor y esto incluye, por supuesto, al desamor:
- Un amigo que me asegura ser un hombre de relaciones largas para que le hicieran una cena con una amiga mia y en dos semanas hacerla tocar el cielo con las manos susurrándole palabras de aire y después, quitársela de encima con un mail como si fuera una lámpara. ¡Nunca había visto a un hombre decir tantas mentiras para conseguir un polvo! Terminé pidiéndole perdón a mi amiga y él nunca más le habló a ella, ni a mi tampoco. ¡Ma quante cose!
- Una pareja en Afganistán se acaba de casar: él con 40 años, y ella, con 11.
- Una amiga que lleva al esposo al hospital a hacerle una prueba del corazón y él que no sale más. Llevaban juntos dos años, se habían conocido por internet, y cada uno llevaba antes mucho tiempo solo… Ella ahora vuelve a estar sola y su corazón está arrugado…
- Una amiga que celebra nueve años junto a su media naranja, y asegura que las naranjas son deliciosas.
- Una amiga que no logra vernos a los que la rodeamos porque sólo logra verse a sí misma y por las noches se pregunta por qué se siente tan sola con una enorme bolsa de patatas en la mano.
- Una pareja reconciliada que hace un viaje como segunda luna de miel y otra vez les brillan los ojos y se les infla el corazón paseando por las Ramblas.
- Un amigo que se vuelve papá por casualidad, deliciosa casualidad, porque se descubre vivo y todos los sinsentidos que lo atormentaban, adquieren sentido.
- Los hinchas del Barça tremendamente preocupados por la lesión de Messi.
- La gente, la común y corriente, que ve en el Telediario el video de Ingrid secuestrada en la selva, y reza por ella…

Barcelona tiene una cultura muy escatológica (¿y cuál cultura no lo es?) y muchas de sus tradiciones evocan el defecar, el abonar la tierra y evidentemente, la prosperidad. ¡Y parece qué a estos les funciona muy bien!
Cuando fuí la primera vez al Mercat de Santa Llucia en Navidad, para no salirnos del tema, casi me voy de culo cuando descubrí a los caganets: pequeños personajes en cerámica que deben esconderse dentro del pesebre navideño para después buscarlos, que representan a un pastorcito, o un político, o un presidente, o un rey, o un futbolista, o un dictador… ¡cagando!
Está de más decir que en el pesebre de mi casa al otro lado del Gran Charco, hay uno de ellos y mis sobrinos lo buscan con esmerado empeño. ¡Caganet, acá está el caganet!
También hay un tronco con cara de payasito que se llama cagatío. Hay que alimentarlo en estos días para que en Navidad, cantándole “¡Caga, tío, caga, tío!”, el tío cague regalos… ¡Y los caga, lo aseguro!

Después de teinta y pico de años trabajándole al despertar de la intuición, sabía que en este diciembre tendría mi tercer encuentro con Papá Noel y no me restaba sino pedirle al Universo que no fuera un meeting escatológico.
Vivía mi “Cocoon” personal. Una vez por semana le daba clases de arte a mujeres de la Tercera Edad, expresión tan ridícula como el Tercer Mundo, pero no profundicemos al respecto que salimos perdiendo, no por no tener buenos argumentos, sino por no tener ganas de pelear. Ellas eran como las piedras gigantescas de la película, la fuente mi eterna juventud y cada vez que salía de mis clases me sentía muy viva. ¡Nos reíamos, contaban chistes verdes (verdecitos), creaban, pintaban, recortaban, se burlaban de los maridos, hablaban de alguna enfermedad, me bachucaban, me pechichaban, me consentían y a mi no me quedaba otra que darles todo mi corazón.
En la última clase del año terminamos de armar el Belén navideño: cuatro horas de trabajo intenso intercalados con rosca navideña, cava, chocolates Lindt, casadielles, galleticas Oreo, Baci Perugina, mazapanes, turrones de Jijona, ensaimadas, Panettone, frixuelos, higos secos y miles de carcajadas. En el salón de allado, sus maridos y otros muchos hombres jugaban cartas y seguían de reojo nuestras andanzas. Y ahí, en medio de las mesas, se levanta él, al que los años nunca le pasan, y con su panza de 20 meses de embarazo, su barba espesa, su pipa, sus gafitas redondas camina directamente hacia mi. Yo lo miro y me huele a jamón-jamón. Me entrega una estrellita de chocolate en mi mano y me susurra al oido:
“El arte está en saber diferenciar en qué vale la pena cagarse, y en qué no hay que cagarse nunca, Daniela Violi”.

* Dulce de leche colombiano, más espeso.
* Balde: cubo
* “No hay dos sin tres”, dicho popular.
* Violí es violín en catalán.
* En catalán, amar se dice estimar.


Daniela Violi ®
“El amor en tiempos de Barcelona” – Sección para la revista www.om-community.com