* LaS AGUas EnCAnTaDas dEL PeqUeñO iMPeriO

(Cuento inspirado en “Les aigües encantades” de Joan Puig i Ferreter, 1907; cualquier parecido con la realidad, es imaginación del lector por ver demasiados noticieros.)
Por: Daniela Violi – BCN primavera de 2008

Érase una vez un pequeño imperio a orillas del Mediterráneo, que muchos siglos atrás, ya había sido parte de otro gran imperio. Pero cuando uno deja de ser parte de algo, se le va olvidando que lo fue, pierde la costumbre y se adapta a los nuevos roles. Así que a este pequeño imperio lo empezaron a anexar a otros reinos, y como una pelotica de ping pong, se pasó siglos yendo y viniendo, y regresando. A veces, no sabía si iba o venía. Afortunadamente nunca dejaron de hablar como hablaban, porque nadie le puede decir a uno en que tiene que hablar y ese es el verdadero sello de una cultura: la palabra, poder mágico. En ocasiones, muchas, hasta lo hicieron de escondidas pero jamás se dejaron quitar la palabra ni se dejaron cortar la lengua lengua.

En los últimos tiempos de la historia del hombre, se pusieron a viajar mucho, e inevitablemente, uno en cada viaje
lleva costumbres,
deja buenos y malos hábitos,
hace negocios,
intercambia algo…
…o a alguien,
trata de comprar o vender el cariño verdadero,
se trae lo más moderno que más moderno no puede ser (aunque siempre aparece algo aun más moderno que hace que uno esté “quedao”).
A estos intercambios, a veces desequilibrados
(¿Es que pueden haber intercambios equilibrados?
¿Puede ser Justo el Comercio?, le preguntaba el Lobo Feroz a la Abuelita), unos lo llaman explotación, otros, comercialización, otros del corte romántico, integración. La cosa fue que estos “indianos” viajantes trajeron plata mezclada a algunas buenas ideas y pusieron a su ciudad condal muy bonita. De nuevo se comenzaron a hacer muy fuertes porque todo lo que baja, sube y viceversa, hasta convertirse en un pequeño imperio a orillas del Mediterraneo. Construyeron playas artificiales y ensancharon sus costas, para que no quedara duda alguna que eran un imperio Mediterraneo.

Le hicieron una competencia de têt a têt a los franceses con su champagne y alla pari a los italianos con su spumante, desarrollando un cava de puta madre. Sembraron naranjas muy jugosas, remodelaron sus ruinas y monumentos exponiéndolos ahora en espléndidos pedestales, cosieron pedacitos de telas que la norma dictaba antes que no podían ir juntas y crearon una moda “corte imperio” y abrieron muchas botigas con chocolates exóticos, zapatos sicodélicos, floreros torcidos y bolsos de ositos inexpresivos.
De la tradición conservaron las aceitunas, los canelones que quedaron los del primer imperio, el fuet de Vic y el pan payés; al pan le siguieron estrujando el tomate (“Por qué no se lo dejan todo, en pedacitos, como la bruschetta?” -se preguntan los italianos cada vez que se lo comen, sin saber que si tuviera pedacitos, sería una bruschetta y ya no un pa i tomaquet y así no se vale) y se lo siguieron comiendo, como dicta la tradición, con cualquier líquido fermentado con más de un 8% de alcohol. European’style. Médicamente sustentado con afirmaciones del tipo:
“óptimo para regular el colesteriol” o “previene el cáncer de algo”.

Sus habitantes seguían siendo los mismos que aparecían en los retablos románicos y en los lienzos góticos. Mujeres de caras largas, lánguidas y pálidas, de miradas virginales, ropas coloridas y anchas, pelo lacio, cortes asimétricos y párpados soñadores. Sus hombres también tenían caras ovaladas, enmarcadas con barbas o bigotes o los dos, narices prominentes, largas patillas y pelos largos, todo enmarcado con un toque vanguardista: gafas de pasta muy ancha que casi les cubría la expresión de sus ojos y hacía creer que no estaban mirando. O no miraban. Serios, prácticos, eficientes, uso poco poético en sus palabras (lo que hace que haya desperdicio de la tan cuidada lengua y un uso repetitivo de los mismos términos), directos, a veces cruelmente directos, buenos mercaderes y comerciantes que trae siempre como consecuencia el apelativo de “tacañería”, que es una de los vicios/virtudes que se desarrollan en los imperios; parcos y secos en los primeros diez encuentros, ya en el undécimo empezaban a bajar la guardia. La mujer que se ennoviaba con alguno de estos condes, debía saber que se metía en una relación dividida en un exacto 50%. Amor calculado y co-medido.

Ciudad Gótica, tipo Batman. Las calles de la ciudad condal, capital suprema del pequeño imperio sobre el Mediterraneo paracían una escena de la “Guerra de las galaxias”, aquella donde Han Solo entra en un bar intergaláctico: había de todo.
Familias que habían adoptado una chinita, un negrito, un rusito y una cholita,
dos mamás con hijos,
dos papás con niñas,
punks que parecían la reencarnación de los de hace 25 años (¡idénticos!),
abuelitas liberadas disfrutando su viudez,
abuelitos que buscaban una nueva esposa 30 años menor,
mujeres árabes que ya se iban poniendo su pañoleta en la cabeza cada vez más transparente,
chinos que nunca reían y gritaban entre ellos en los metros,
hombres de tez oscura que escupían sin ver a quien le cae su gargajo y que nadie se ha tomado la molestia de decirles que en occidente eso no se hace y se limitan a mirarlos con asco,
gitanitas que se meten en los metros a desplumar guiris, gitanitos que trabajan dignamente y no quieren que los señales como ladrones porque es injusto,
turistas de otros imperios que vienen a emborracharse para apoyar a sus equipos de fútbol,
latinoamericanos con preparación universitaria y experiencia laboral que les toca acá empezar desde el principio porque sus dadores de trabajo no se creen que tanta maravilla sea cierta, y de a poquitos, ir descrestando con su profesionalismo, y por supuesto, simpatía, que no es poco en estas sociedades,
pakistaníes que abren su locutorio y trabajan 18 horas al día,
hombres y mujeres que en un viaje a Perú se antojaron de ser chamanes y se van a meditar a Montserrat a ver si se vuelve Andes,
italianos que venían a hacerse el “Orgasmus” en vez del “Erasmus”,
pequeños “tiranos” hijos de padres permisivos que los manejan con un dedito, les agarran la mano, se les trepan hasta el brazo y se les columpian,
gente de una admirable generosidad y gran corazón que regalan su tiempo en ONG’s y voluntariados,
personajes inspirados en el malvado de los cuentos infantiles que no saben lo que es dar una mano porque no se han dado cuenta que tienen dos,
ecuatorianas que dejan a su familia del otro lado del charco, descomponiéndose, y vienen a partirse la espalda de “chachas” limpiando casas para enviar más de la mitad de su sueldo a sus hijos que allá son ricos (y presuntuosos),
japoneses que se gastan toda su pasta en esas ropas de colores antes incompatibles, y que como las copas de Murano Veneziano rojo, se las fabrican especialmente para que ellos las compren. Y ellos las compran.
Habitantes “común y corrientes” con una mente increíblemente abierta, que sin haber viajado o estudiado mucho, son maestros de vida e inspiración para los que tienen la fortuna de descubrirlos. Ellos son los que le hacen el equilibrio al mundo.

La ciudad condal era muy rezandera en tiempos no muy lejanos. Se había hecho famosa por las catedrales, monasterios e iglesias que decoraban sus predios, y sobretodo las góticas, eran de gran atractivo para los turistas que venían a conocerlas. Pero no hace muchas décadas -el recuerdo aun permanece fresco entre sus habitantes- un malvado tirano que decía estar del lado de ese dios, los trató muy mal e hizo muchos desastres en sus tierras. Y cuando a uno le prohiben y lo obligan, no hay otra reacción humana más certera que la de llevar la contraria. De un polo, irse al otro. Rechazar lo que antes era impuesto o lo todo lo que nos remita a aquel horroroso recuerdo; una especie de “remoción de la Memoria”. Las oraciones iban de la mano del tirano. Como si todos los dioses le pertenecieran al tirano, como si los hubiera comprado. En Occidente a veces parece que todo tuviera precio. O lo tiene.
Y fue así como muchos dejaron de rezar. Rebelión. Para esto los adolescentes son expertos. La cosa radica en no quedarse eternamente adolescentes.
Entonces las nuevas generaciones crecieron no creyendo ni en Bart Simpson. A los papás los denunciaban en las comisarias cuando les daban una cachetada, a los profesores los agarraban en los corredores y muendiaban grabando la escena para orgullosamente, colgarla después en You Tube, a las abuelitas les metían su cuchillazo cuando los regañaban mucho.
Un “sexo, drogas y rock-and-roll” setentero con más garra.

En las últimas 3 décadas este pequeño imperio a orillas del Mediterraneo se puso de moda. Alguna vez a lo largo de la historia uno se pone de moda. Son los famosos “15 minutos” de una persona. Ahora el turno era de ellos. Y estaban felices. La plata, el poder y la gloria lo ponen a uno contento. Y todo iba viento en popa, apareciendo en los Top 1 del listado del Lonely Planet y de la Guía Michellin y sus ramblas a reventar de gente, cuando sucedió un inesperado percance. ¡Se les acabó el agua! Tal cual: dejó de llover y las digas, represas y pantanos que acumulaban las reservas de agua se fueron vaciando y no hubo poder humano que pudiera cambiar esta situación. Las iglesias cubiertas debajo de estas aguas comenzaban a reaparecer, con todo y sus fantasmas y los monstruos que vivían en las lagunas. Los habitantes del imperio dejaron de creer también en los mitos y las leyendas.
Hasta le pidieron ayuda a sus vecinos, los otros pequeños imperios circundantes, y recibieron un tajante “no” como respuesta. En los tiempos de crisis se ve quien es quien y quienes son los verdaderos amigos, diría mi abuelita.
Imposible pensar en racionalizar el agua: ninguna capital de imperio, ya era visto, lo había hecho y ellos no iban a ser los primeros. La Dignidad ante todo, respetables Señores del Jurado. Así que sus senadores y parlamentarios empezaron a reunirse y largas discusiones retóricas enmarcaron el laberinto sin salida donde estaban encerrados. Una encerrona acuática.
Hasta el hombre del meteo en el noticiero, ponía cara de retorcijón de barriga cuando decía, despacito, que llovería en todos lados, menos en el pequeño imperio a orillas del Mediterraneo. Era la conversación obligada del supermercado, del trabajo, del centro cívico y de la peluquería: no se hablaba de más. Los periódicos locales regalaron reguladores de agua para que se enroscaran en los grifos de la cocina y el baño y salieran menos goticas. Prohibieron llenar las piscinas y lavar los coches. Tampoco echarle agua a las plantas y la pobre ciudad condal ya parecía un peladero. Pero el agua se seguía acabando. Hasta mandaron una comisión a Israel, a una de esas ciudades verdes en mitad del desierto que se había inventado un método de reciclaje del preciado líquido, pero ya no estaban a tiempo de implementarlo, concluyeron los ingenieros viajantes.
“La Guerra del agua”, pensaba yo para mis adentros. Las profesías de los mayas, de los lamas y de Nostradamus se hacían realidad. ¡Agárrese el que pueda!

Árbol de los deseos (Feria Medieval de Vic, 2007)

Pero un día cualquiera, cuando la crisis ya era inminente y el gobierno regional había decidido meterse la mano al bolsillo para pagar un pastal, platal o capital y comprar barcos enteros llenos de agua potable, sucedió un Milagro.
Tronaron los Cielos, los días parecieron noches y los perros aullaron desconcertados desde los balcones del barrio arravalero. En toda capital de imperio, hay un barrio arravalero.
Durante siete días con sus respectivas noches, sin parar, cayó toda la lluvia del mundo de los cielos. El Diluvio imperial. Las aguas encantadas. La gente, también lo estaba. Nunca nadie lo afirmó, ni tampoco ninguno lo investigó, pero todo el mundo sabía lo que había sucedido: los habitantes del pequeño imperio a orillas del Mediterraneo habían invocado a Santa Eulalia,
a Sant Jordi,
a Sant Jaume,
a Sant Joan y la Mercé,
a Sant Medir y Sant Ponç,
a Sant Antoni Abat con sus animalitos,
a la Vírgen de Montserrat
y a la Santa Mare de Deu
y se habían puesto a rezar como locos para que cayera agua de los cielos. Discretos. En Gracia Divina. Y el Cielo que también tiene Memoria Ancestral, los recordó.
Amén.