* NeGRa Es La SanGre qUe CoRRe por NuesTRAs VenAs


(Una historia 99% verídica)
Por Daniela Violi
Barcelona, 2009

Érase una vez –y la vez ha sido veces- una pequeña Aldea del Nuevo Continente que tenía tres territorios por hogar. Una parte del año la pasaban abajo en el llano, cazando venados y contemplando atardeceres de sol rojo. Otro tercio del año, sembraban sus alimentos en las faldas de la montaña y los últimos meses, se retiraban a la cima del cielo, para mimar sus espíritus y restaurar los lazos de unión con sus dioses.
Sus habitantes llevaban siglos y siglos intentando por todos los medios ser invisibles a los ojos de los colonizadores ambiciosos que no veían otra cosa que arrebatarles esas tierras sublimes y comprar esos espíritus guerreros. Sólo que los espíritus guerreros no se compran ni se venden, como el amor verdadero, y las Tierras son del que nace arriba y echa raices para adentro.
Dichos colonizadores eran blancos -impecablemente blancos por fuera- y usaban artimañas para embolatarlos creyendo erradamente que porque los conquistados no usaban pantalones, no cabalgaban, no disparaban, no creían en un solo dios y no hablaran su elegante lengua repleta de “eses”, tenían problemas de desarrollo cognitivo y logopédigo, entre otros.
Así que usaron a los pantalones, a los caballos, a las armas, al dios solitario y a su elegante idioma como excusa para embolsillarse lo ajeno. Los creyeron pendejos. Faltaban muchos siglos para que aprendieran una de las lecciones más grandes: que no hay enemigo pequeño. Pero las verdades son develadas a su debido tiempo. Son necesarias varias cagadas fenomenales antes.

Los habitantes de la pequeña Aldea lucharon por siglos para no dejarse arrebatar el tesoro universal que tenían por misión celar: su Tierra. Habían heredado desde hacía infinitos años la custodia de uno de los corazones del Mundo, que latía ritmicamente con otros corazones esparcidos por el Planeta. Sabían que en el interior de sus arterias corría un preciado líquido negro. Y les había sido develado también otra verdad: que dicha sangre oscura iba a convertirse, siglos más adelante, en motivo de guerras, injusticias y penurias para los pobladores del mundo, puesto que dicho néctar iba a darle movimiento al Mundo de los blancos. Energía ancestral. Esa que iban perdiendo a lo largo de los siglos y que querían recuperar a través de una transfusión externa, como si el exterior llenara los vacios internos…
Las predicciones se cumplían una a una. Los conquistadores conquistaban Tierras ajenas, masacraban indígenas con sus creencias incluídas, asesinaban en nombre de un pobre Dios que no tenía velas en ese entierro, le ponían los mismos apellidos a todos y así las familias García, Perez, Gomez y Gonzalez crecía hacia el infinito, preñaban por la fuerza a las aborígenes puesto que sus autiestimas estaban bajas, muy bajitas, como para lograr enamorarlas a las buenas. Aun hoy, con esas autoestimas bajitas siguen viajando a Tierras Remotas a ver si prueban la teoría que dice que el problema lo tiene el resto de la humanidad y no uno…

“La diferencia entre violación y seducción es paciencia”

Después de conseguir mimetizarse con los colores de la Naturaleza y contar con la protección de la Madre-Tierra, los habitantes de la pequeña Aldea lograron sobrevivir por siglos: mitad por la Gracia conferida a través de la famosa astucia indígena, mitad por la protección de la Pachamama que mandaba Apus a cuidarlos y convertirlos en panteras o cóndores cuando un hombre blanco los perseguía para exterminarlos. Sólo así lograron sobrevivir al paso del Tiempo y rozar la inmortalidad.
Su manera de ver el Mundo, una verdad dentro del grupo de las verdades, se la transmitían a través de la palabra de aire en secretos rituales donde dándole vueltas y más vueltas a sus paisanos, interpretaban cantos mágicos. Jamás podia hacerse un canto de estos en presencia del hombre blanco. Jamás.

Después de muchos siglos, la predicción más temida se volvió verdad. Dicen que se hace verdad lo que se desea con el alma o lo que se teme con el corazón: el hombre blanco descubrió el néctar negro, la sangre energética que corría por las venas y arterias del Mundo y que le confería energía en consecuencia, a él. Desde que la descubrió, empezó a asignarle mil usos. Y mil usos más. Y más. Hasta que comenzó a agotarse. No hay nada más grave que la dependencia de algo que empieza a agotarse. Dependencia genera esclavitud, y esclavitud, violencia.
Entonces, estos hombres blancos comenzaron a buscar –como vampiros modernos- más reservas de sangre negra. Excavaban tierras lejanas, invadían países y se inventaban excusas para conseguir este preciado néctar. Y fue así que llegaron a la pequeña Aldea por décima-tercera vez: por el Líquido Sagrado Negro que corría por entre las arterias de la Tierra Sagrada que quedaba en el llano donde los habitantes de la Aldea contemplaban atardeceres de luna roja. Les decían que se los permitieran extraer “por las buenas” porque eran buenos samaritanos.
Los habitantes, ya curtidos con las anteriores ocasiones en que los visitaron para arrebatarles lo que no les pertenecía quitándoles de a poquitos pedacitos de Tierra, exclamaron un rotundo “no”. Pero –puede ser cosa de personalidades, bioritmos o de signos zodiacales- hay gente que no acepta el “no” por respuesta. Con triquiñuelas y movimientos estratégicos, esos blancos que hablaban con lengua trabada y “erre” rara, se las ingeniaron para conseguir los permisos estatales y llevar a cabo las operaciones de exploración para ver donde es que estaba ese Preciado Líquido, y por supuesto, absorverlo todito para ellos.
Los indígenas supieron que había llegado el momento de subirse a la cima del cielo porque no se iban a dejar robar nada que les perteneciera.
Llegaron de todas partes, hasta los que estaban en la Gran Ciudad estudiando Derecho. Y en lo más alto del páramo, protegidos por el suspiro de la Pachamama, ayunaron y oraron por días y días. Sin interrupción. Centrados. Conectados con el Corazón del Mundo.

Al mismo tiempo, los blancos llegaban con su “erre” rara y sus maquinarias pesadas y las enterraban como agujas gigantes en la Tierra. Absorbieron y absorbieron hasta que les dió hipo a las máquinas del aire que chupaban, pero de ahí no salió ni una gota negra, ni morada, ni azul, ni fría…
No les quedó otra que recoger sus petacas, su maquinaria pesada y su orgullo e irse porque según dicen las malas lenguas, les estaba saliendo ya muy costosa esa búsqueda fallida.
Los habitantes de la pequeña Aldea dejaron entonces de orar: con sus guayucos ceremoniales, a pie, armados sólo con amuletos, seseando y protegidos por los dioses de la Montaña, bajaron en silencio. El silencio de su verdad. Y mientras bajaban haciéndose los pendejos, la sangre negra volvia a hacerse visible…