* Los valores positivos que hacen que un colombiano eche pa’lante fuera de su tierrita



Por Daniela Violi®
Barcelona, verano 2011

Voy a hacer un escrito en positivo porque para negativo ya muchas otras manos se encargan. Colombia tiene mucho de bueno y como yo soy patológicamente positiva, me siento capacitada para hacer esta chibcho-lista. “La belleza está en los ojos del que mira” viene también a ser cierto. Una de las cosas más bellas que le pasan a una persona lejos de su país es que se acerca más a él. Humana la condición de valorar lo que se pierde, o para el caso, lo que se convierte en una Itaca, la Tierra Prometida donde soñamos regresar para pasar nuestros últimos años. Si la cosa sale bien, creo que sobrepoblaremos las playas de Cartagena dentro de unos años. Conversación recurrente. Colombia es como una mamá. Los hermanos de uno y uno podemos hablar mal de ella pero le sacamos los ojos a los demás que se atrevan a nombrar su Santo Nombre en vano. “¿Qué si mi tío es narco? ¡Pues el tuyo es torero y tu madre, bailaora!” Contestamos si el chistecito ya traqueteado nos lo hace un español. Y si es italiano el gracioso, la respuesta es más divertida: “¡Si, claro que es narco, y sus socios son tu familia mafiosa en Sicilia!”. Colombiano que se respete tiene que agüantar esos chistecitos flojos y lo soportamos con entereza aunque ponemos “mirada rayada”. Muchos tenemos jefes europeos a los que le faltaron unos “minuticos para el herbor”, amigos que “desmotivan hasta a un payaso”, novios que enfrian a un pingüino” y conocidos a los que “les faltó quince minutos para ser autista”. ¡Y siempre se nos atraviesa un “tan chisputa el hijuetoso!” Somos una máquina de chistes, de bromas, de “mamadera de gallo” o como dicen los españoles, de “cachondeo, tío”. ¡Vamos, qué somos unos cachondos!

Así que acá empieza mi lista. Con el humor. Los colombianos estamos llenos de cualidades que ni nosotros mismos sabíamos que lo eran. Y ahora somos muchos que damos fe que gracias a esos chistecitos derretimos corazones, se nos abren puertas y amenizamos los lugares donde llegamos. ¡Me río de Janeiro, mijo! Ahora mezclemos esa gracia con el acentico colombiano que hace que uno transmute en ángel sexuado y logre abrir puertas, portones y oportunidades, además de doblegar voluntades y sacar sonrisas.

A esto hay que sumarle la “malicia indígena” que bien usada y encaminada por el camino del Bien se llama “intuición”. Cuando uno nace en Sur América, por herencia divina, ya nace enchufado a la Pacha Mamá. Esto hace que uno se las pille todas, huela a maluco, pre-sienta que va a temblar y se agarre duro y que no se deje engatuzar.

Generalmente la “malicia indígena” va de la mano de la recursividad. El dicho que dice que un paisa vende hasta un hueco es cierto. ¡Y no solo los paisas: los costeños, los pastusos, los rolos, los llaneros, todos salimos adelante y no nos dejamos caer! Nos inventamos los negocios, productos y servicios más impresionantes y así, hoy en día, hay un jurgo de colombianos pilos aportando cosas chevres en muchos países del mundo. ¿A qué cada uno puede nombrar a cinco amigos? Esta virtud en términos formales, se llama pensamiento divergente y es una de las armas más letales para sobrevivir a las crisis.
Para que se nos infle el buche, nos autodenominamos “cerebros fugados” porque cerebro si que tenemos y fugados –al menos de los trancones infernales de Bogotá- si que estamos. ¿A qué todos tenemos a una amiga colombiana en Paris que le zamparon su “honorem causa” cuando entregó su tesis de doctorado? ¡Qué el Nobel a la Ciencia colombiano está cerca, señores!

Creatividad: somos geniales. Mezclamos términos, conceptos, teorías, texturas, sabores, nombres y productos que nunca jamás a nadie se le había ocurrido. ¡Hasta tenemos Nini Johannas, a Jonathan Fernandos, thé de guayaba, cubitos de agüapanela para la gripa, arepas de yuca, chaquetas de molas, aretes del Divino Niño, puentes de guadua, tinieblos arrechos, hembros inolvidables, mujeres ricas y deliciosas, musiquita sabrosa, hamacas de la “Virgen del Agarradero”, casas en el aire, tierras del olvido, Ciudades Perdidas, lagunas sagradas, mujeres con olor a café, eternas primaveras, ríos de cristales y Macondo. Sólo una mente con la fantasía a la colombiana podía imaginar a Macondo, o contarlo…

¡Y cómo no citar nuestro décalogo de Mandamientos que se transformó de un día para otro en un dodecálogo puesto que añadimos dos sabios principios con olor a guayaba. Los 10 Mandamientos de Moisés no eran suficientes en Colombia así que incluimos dos más, que valga el comentario, resultan imprescindibles cuando uno vive por fuera:
- 11 Mandamiento: “No dar papaya”, es decir, no ser ingenuo y no darle la oportunidad al prójimo que nos tome del pelo.
- 12 Mandamiento: “A papaya dada, payaya partida”, es decir, no dejar pasar una buena oportunidad por nada del mundo. A modo de cultura general, es bueno saber que en Colombia un “papayaso” es una ocasión, una oportunidad y también una fruta anaranjada llena de pepitas negras. La papaya se come en ayunas con impulso e improvisación. A veces las cosas nos salen torcidas y desordenadas, pero generalmente, nos salen bien. “¡Mejor pedir perdón, que pedir permiso!”

Una característica que también he venido concluyendo de tanto hablar con colombianos en el extranjero (¡esas conversaciones eternas en las 10 horas de un avión a cinco minutos que a uno se le salte la vena várice en las piernas!) es que tenemos un gran espíritu de liderazgo y empresa. El colombiano va para arriba, sabe que lo van a ascender por pilo y preparado, quiere formar empresa y quiere hacer Patria… ¡Todos nos sentimos cónsules y queremos hacer quedar bien al país! ¡Somos pilos, juiciosos y sapos! Trabajamos un jurgo, nos partimos el pescuezo, transnochamos sin problema, hacemos networking, nos capacitamos, leemos, preguntamos, observamos, sentimos, soñamos, pero lo más importante de todos estos conceptos bonitos, es que HACEMOS. Somos proactivos: en un primer momento damos la impresión de hablar. ¡Pues si, hablamos mucho! Pero después de tanto carretazo, actuamos. Somos un pueblo de constructores. Divertidos y asertivos. ¡Esto no es poca cosa!

¿Qué como sobrevive un colombiano muchos años en el exilio voluntario (o forzado)? ¡Pues por la cadena! Existe, para quien no lo sepa, una larga, consistente y amorosa cadena de solidaridad y generalmente ninguno deja que nadie se caiga! Mientras se pueda, porque no siempre se puede, a un amigo colombiano le buscamos piso, casa, beca, trabajo, novia, equipo de sonido, master, inscripción, visa, pasaje, maleta perdida, medicina por encargo, le averiguamos por los antepasados en Zaragoza para que se saque la nacionalidad, en fin… hay una red invisible de manos entrelazadas que separan al colombiano que salta al vacío del suelo. Mi primo de Madrid me dice siempre: “¡prima, mi casa, cuando se cierra la puerta, se vuelve una gran cama!” ¡Viva Fundación (Magdalena), carajo!

Valiente: hemos pasado por tantas cosas y hemos visto lo no-visto que nos le medimos a todo. “Pa’atrás ni para coger impulso”. Esa armadura de sobrevivientes en condiciones extremas de terrorismo, de violencia y de inseguridad, hace que logremos sobrepasar todas las adversidades. El concepto “resiliencia” que desde hace poco está de moda en el Primer Mundo, nosotros ya lo tenemos pisao.
Nosotros nos apretamos el cinturón, respiramos profundo, nos quejamos pasito, nos pintamos una sonrisa en la cara, nos encomendamos al Sagrado Corazón de Jesús, rezamos una novenita, nos tomamos una cervecita, conversamos con un buen amigo, nos bailamos una salsita y echamos pa’lante. ¿Qué? ¿Nos va a aculillar otra crisis? ¡No, mijo, deje de ser tan pendejo!

Por ahora termino acá aunque la lista da para más porque me voy de foforro a mover el esqueleto. ¡Que la vida es un Carnaval, papacitos! ¡Eso sí! Como buena colombiana que se respete me voy de últimas y cierro la puerta! ¡Chao pescao!