La mamá de Marujita que siempre tiene la razón...


Marujita era la hija resuélvelo-todo. Por lo tanto, tenía que estar cerca -casi por mandato Divino- a las enaguas de su mamá. Resulta increíble ver como el plena modernidad sigan respirando madres antiguas. La antigüedad hace parte del ADN humano, ciertamente. Antigua la raíz, la esencia, las tradiciones, las falsas creencias, algunas ciertas también pero en su minoría, las leyendas, los miedos y las madres como la de Marujita. Así que la chica respiraba al unísono con su madre y en medio de cada exhalación, intentaba hacer lo suyo.

Cada verano ella y su familia - o mejor, su familia y ella- viajaban a la casa de mar que habían heredado de los abuelos. Allí se pasaban los tres meses enteros y el tedio en ocasiones se volvía cósmico. Es que después de haber hecho 22 veces la misma cosa, comienza a ponerse repetitiva, también la ida al mar. En una de esas idas, Marujita conoció con Ludovico. Bigotudo, ostentoso, barrigón, deseoso, sudoroso. Uno elige cuando puede. Puede cuando existe la posibilidad. Hay posibilidad cuando hay diversidad. Y en el caso de Marujita, sólo había Ludovico. Así que -casi por deber- escogió enamorarse del extranjero.
Vivieron un romance discreto, ella no tenía mucho que dar y él casi no sabía que era eso de dar. Todo -por supuesto- de escondidas de la Gran Madre. El verano se acabó y cada uno regresó a su casa, Marujita al norte de su país y el galán, al país vecino. Eran los tiempos de las postales y las cartas, del correo y del hombre del correo que los enamorados esperaban con ansia para recibir noticias del ser amado lejado. Marujita maldijo al suyo porque todos los días llegaba con varios sobres, pero ninguno era para ella.
Pasaban los días, los meses y hasta los años, y la chica -que ya había entrado en la categoría "solterona"- nunca entendió que había pasado con Ludovico, que se veía tan entusiasmado con ella ese verano. Entusiasmado por decir,... ¡pero entusiasmado al fin y al cabo!
Hasta que una mañana cualquiera, limpiando la casa, subió al armario de ropa de su mamá para sacudirlo. ¡Cuál no sería su sorpresa al ver que el techo del armario estaba repleto de cartas y postales que Ludovico le había enviado y su madre jamás le había entregado! ¡Se las había escondido todas! Leyó una por una, lloró, gruñó, juró y maldijo, y entonces volvió a ponerse en contacto con el hombre suplicando al Cielo que no fuera tarde. No lo era: él seguía discretamente enamorado de ella.

Se casaron, ella salió de su casa por la puerta grande en blanco impoluto y jamás perdonó a su señora madre. Esa madre que siempre tuvo razón, pero con desazón, porque el matrimonio fue y sigue siendo un verdadero desastre, pero no se le pueden aprobar ni mucho menos perdonar los métodos de choque a las que van por la Vida sabiéndolo todo.
Así que calladita y siempre con discreción, se traga su des-entusiasmo.
Hace poco hizo una hoguera con las postales...