A Margarita los novios se le van volando

Margarita vivía en una gran metropoli y trabajaba en una agencia de viajes. Era guía turística y se la pasaba siempre viajando con grupos de personas de cualquier nacionalidad. Cuando le preguntaban porque no tenía pareja, decía que era por culpa de su trabajo. Cuando le hacían cualquier pregunta, terminaba achacándole la culpa al "maldito trabajo". Curiosamente, siempre tenía citas con extranjeros. Perfiles tipo Adonis que pasaban por la gran metrópoli por unos días, por unos meses, por unos pocos años y después recogían sus petacas y se iban para no volver. Tampoco se la quedaban, ni se quedaban, ni quedaban en nada.

El último amor pasajero fue Alain. Respondía perfectamente a las normativas de siempre y Margarita, como siempre y de la misma manera, se enrolló con él. La edad del belga, sus ojos, su uno.noventa, su puestazo, su soltería y disponibilidad, sus WhatApps a cada rato connotaban y denotaban que este si era. Margarita se puso las pilas -como siempre- y se metió a hilar una nueva historia. Lo sacó, lo paseó, le presentó a sus amigos, lo llevó a paseos, a fiestas, bodas y cumpleaños, le cocinó, lo mimó y se lo aguantó, porque a la larga, cuando la cosa es por rigor y no por amor, el discurso de vuelve de aguante. Aguantar, aguantárselo, mientras él termina de pasar y desaparece.
Y así fue. El señor se la pasó divino en la gran metrópoli, le agradeció sus atenciones y le valoró su trabajo integral como guía turística. A esto, adjuntó una frase de cajón propia del que hace tiempo no puede conectar: "Me voy y sabes que de lejos las relaciones no funcionan". Ni un "te quiero", "quiero que me acompañes y te vengas conmigo" o "voy a pedir a los directivos de la multinacional que me dejen trabajando acá, quiero estar contigo". Y con la misma energía pasiva, Margarita lo despidió.
Se deprimió, se comió un frasco de Nutella completo y le contó a todas sus amigas, una por una, lo que le había vuelto a suceder. Deber de las amigas -por supuesto- darle el sentido pésame con la relación fallida, cobijarla y comprenderla, rajar de Alain y alguna, con dinámicas parecidas a las de ella, hasta le llegó a susurrar el consabido "es que todos son iguales".
Margarita se consoló conociendo en su gimnasio a Marc, un despampanante canadiense que trabajaba en una multinacional de caramelos y hacía unas asesorías en la gran metrópoli...