¡No hay tres sin cuatro,... ni cinco!

Salvador vino a Barcelona a pasar una Navidad. LLegó a casa de su amigo Francisco que se había "enseriado" hacía pocos meses con Montse. Casi todas las mujeres de esta ciudad se llaman así, resulta complicado recordarlas a todas sin ponerles apellido. Así que la pareja amiga empezó a introducir a Salvador en su círculo de amigos. Todas las chicas que le presentaban al visitante, le iban gustando. Yo incluída. Al final, Ana, Marisa y yo reíamos al notar que nos cortejaba a las tres y que, obviamente, echaba los mismos piropos a esta triada de Gracias. Salvador regresó a su pais y durante muchos días, a cada una nos enviaba mensajes de texto cada mañana dándonos los buenos días. ¡Pobre chico aburrido!, pensé con misericordia yo, así que decidí presentarle a una mujer "real" también aburrida y con ganas de enamorarse: mi amiga Beatríz, que vivía en su misma ciudad. Aburrida ciudad, valga la aclaración y entonces enamorarse resulta una gran distracción. Evidentemente, Beatríz le gustó a Salvador y Salvador a ella. Él empezó a economizarse los costosos SMS que nos mandaba a los ligues del extranjero y los reemplazó por los que continuamente enviaba a Beatríz. ¡Qué felíz que estaba ella,... y yo! Pasaron los meses y todo iba a pedir de boca. Yo por mi parte, me sentía aliviada de quitarme de encima la energía densa del empedernido amante. Llegó el día del cumpleaños de Beatríz que -por supuesto- lo invitó a su celebración. No hay que tener mucha imaginación para imaginar, valga la redundancia, lo que sucedió en medio de la cena: Salvador se enamoró de Luisa, la amiga de Beatríz y Beatríz, que aburrida estaba, cerró su cumpleaños de nuevo sola y abandonada. A mi amiga Sonia, en el otro lado del charco, le pasó algo parecido... Mi moraleja fue: ¡NO TE METAS CON HOMBRES ABURRIDOS!