Vladimir el bailarín lleno de sí...

Vladimir era hijo de unos semi-amigos de mis papás. Esos que son amigos pero que uno nunca llamaría para que lo sacaran de un aprieto. De todas formas, Vlamidir venía de cuna cercana y era compañero mio del colegio. Casi todas estaban enamoradas de él, más que por guapo, por antipático. Pero como yo era hija de amigos, su comportamiento hacia mi era "políticamente correcto". Saludaba si nos cruzábamos en un corredor, nunca me pellizcaba el culo como lo hacía pícaramente con las otras gallinitas del corral y si hacía apuestas con sus amigos de la próxima que caerían en sus garras, yo estaba fuera de concurso. Siendo mi supuesto amigo, siempre me impactó el hecho que también me dejara fuera de lugar a la hora de bailar. No teniendo grandes rivales con quien competir, Vladimir era considerado un buen bailarín y eran pocas las afortunadas a las que sacaba a bailar en las fiestas. Algo así como "Le illuminate". Las demás "comíamos pavo" y suplicantes, lo mirábamos desde la silla, susurrando "¡Sácame, Vladimir, sácame a bailar!", pero todo parecía indicar que no estábamos a la altura de su nivel de danzarín, o de varón. Tuve el coraje de decírselo una vez, pálida y temblorosa, y con sonrisa compasiva me prometió que iba a hacerlo el día de la Fiesta del Grado; pero pasó la noche entera y no me concedió la susodicha pieza, ni siquiera media. También me dejó sentada cuando cumplimos 5 años de graduados e hicimos el glorioso encuentro.

Cada vez me importaba menos su menosprecio (que es la mezcla de menos y aprecio) que me hacía pero bien era conciente que eso se llamaba "displicencia y hacerle el feo a una bella damicela"; en mis épocas de Universidad, las siguientes y las actuales, he bailado como un trompo y también me descubrí buena bailarina. Disfruto cantidades haciéndolo y a lo largo de mi vida me han invitado a bailar muchos hombres maravillosos con dotes de bailadores. "Lo bailao nadie me lo quita" se convirtió en un refrán también escrito para mi.

Han pasado muchos años. Y entonces llegó la Era FaceBook y gracias a él varios amigos nos volvimos a encontrar. ¡Alegría! El supuesto amigo Vladimir -al que nunca le importó que yo me aburriera en un baile, que no hizo fiesta conmigo y que nunca le importó verme sentadita y peinadita en una silla con ganas de bailar- mandó su flamante invitación para que lo aceptara como amigo en mi red social personal.
¡Antes estaba tan lleno de sí, qué poco había visto hacía afuera y ahora quería mirar mi Vida!
Estaba ahí, en FaceBook, pidiéndome amistad. No, por supuesto que no lo acepté. No fue por venganza, ni más faltaba. Es que no le quise conceder ninguna pieza...
¡Se me habían quitado las ganas de bailar con él!