El elevado precio de no divorciarse...


Antonia y Francisco se habían dejado de amar hacía años. Nunca supieron en qué momento fue que pasó pero lo que sí sabían era que había pasado. Como dos autómatas, seguían juntos más por temas funcionales que vitales. Una de las lecciones que el ser humano viene a recordar en esta Vida es que el Contrato Sagrado que firmó no tiene letra chiquita. Todo lo dice bien grande y grande es lo que dice: hay que vivir en la verdad, o verdades, como lo interprete a su gusto el nivel de radicalidad o flexibilidad del directamente implicado. Eso quiere decir que las mentiras no son válidas. Varias verdades sí pero una mentira, no. Así que la vida de Antonia y la de Francisco era un continuo desastre y como integrantes del circo de su vida, se la pasaban todo el tiempo haciendo malabares. Corra para acá, vaya para allá, que se acabó la plata, que esto no salió, que lo otro tampoco, que aquello se nos vino a pique, que qué calamidad, que nos cayeron las siete plagas, que Moctezuma está enfadado con nosotros y que no nos dimos cuenta de . ¡Cuánto esfuerzo!

Un punto que viene resaltado en "bold" en el Contrato Sagrado es que queda terminantemente prohibido usar al prójimo. Sólo puede usarse para quererlo. Quererlo en sanidad con todo lo que eso conlleva: libertad, respeto, aceptación, amor y perdón.
Todo lo demás -usar a alguien para pagar menos arriendo, para que la compra cueste la mitad, para que la sociedad crea que soy lo que no soy, para ascender de status, para no sentirme sola, para no ir sola a una boda,  para que me gasten, para que me hagan, para que...- tiene muy poco de actitud sana y amorosa.

Por lo tanto y de manera rotunda, seguir viviendo en Sagrada Unión con otro al que no se ama resulta mal negocio para el resto de los negocios. ¡Es que uno está durmiendo allado de la pareja y quiéralo o no, intercambia energías de des-amor y activa las de la utilidad!
El des-amor lleva inevitablemente a la creación de cadenas invisibles y falso apego, a la actitud de poca admiración, al despertar del juez interior que no hace más que rajar del prójimo, a ser invadido por una profunda apatía y finalmente, a convertirse en tirano y no dejarle pasar ni una al compañero. El des-amor hace que el amor moleste. Fastidie. Estorbe.
Así que que Antonia se levanta por la mañana vacía de amor: ni lo quiere, ni se quiere, ni quiere. Pero tampoco quiere dejarlo porque sale muy caro el tema del divorcio. Las demás excusas no se la cree ni ella. Los demás, menos aun. Francisco finje demencia porque siempre ha tenido fama de ser muy buen ahorrador. También es famoso por su miopía.
El día de cada uno trascurre a ritmo de malabarista.
Así que entrada la noche, tarde porque cada uno se esmera en post-poner la hora de meterse en la cama para darle la cara al otro, o la espalda, Antonia se acuesta junto a un cadaver.
Francisco hiede a muerto...