Enamorarse de un Niño Índigo...


Valerie había pedido un Niño Índigo y entonces apareció Alex. Fue como si el Universo se lo hubiera creado a su medida. Era Perfecto: perfecto para ella y viceversa. Por supuesto que Alex era un poco menor que ella porque los primeros Niños Índigo venían detrás de su camada. Poco o muy eran solo puntos de vista y a ella siempre -para su dicha- todo le había parecido poco.
Su petición al Universo fue radical: ¡no más tipos de su misma edad chamuscados!
Esos que por tener paja en la cola olían a ahumado. Esos que andaban con un Código penitenciario debajo del brazo aplicando leyes, normas y penalizaciones. Esos que se echaban para atrás cuando empezaban a sentir algo. Esos que sentían poco por fuera y por dentro se los devoraba una gastritis. Esos que no sabían que hacer con ella porque para mirarla no tenían que bajar la mirada ni tampoco subirla. Esos que vivían el amor como un partido de ajedrez, con movidas premeditadas y jaque mates. Esos que la buscaban y después no sabían que hacer cuando la encontraban. Esos que se encargaban -conciente o inconcientemente- de mantener a sus amigas de su misma edad, desesperanzadas.
Ella tenía claro que su misión en esta Vida no era la de hacerles de Nana ni de Institutriz.
Así que -pionera de Índigos en la Tierra- decidió ser fiel a su esencia e invocacarlo. Por su color lo reconocería, y así fue. Más bien por su luminosidad. Alex era valiente, dulce y transparente. Decía lo que pensaba, pensaba lo que sentía, sentía lo que decía.

Desde pequeñita tenía conciencia que a ella la habían teñido de índigo con variaciones al lila según la presión admosférica. Se sintió sola e incomprendida en su infancia porque mientras los demás de su edad eran niños que hablaban de cosas de niños, ella era una anciana sabia atrapada en un cuerpo tierno y bajito. Sabía que la guerra era fea, que los gritos le alborotaban el aura y que toda la gente era igual, solo que de distintos colores. Se refería al color del aura de cada uno, por supuesto.

Su adolescencia fue aun peor: le tenía sin cuidado el tema de la virginidad porque sabía que lo que se perdía era algo más que una mancha roja, jamás dio un beso solo para hacer crecer una lista de acumulados ni salió con chicos para decir que no paraba de salir con chicos porque era irresistible. De modo que el asunto social fue todo un tema...

A medida que iba creciendo, empezaron a aumentar los encuentros con almas bellas. De todos los colores, pero siempre brillantes. Muchos eran muy mayores que ella y así ella se convertía en la aprendiz del grupo o menores que ella y entonces ella era luz para ellos. De una manera u otra, los encuentros eran transversales y la mirada entre ambos, paralela... Ellos -todos- solo se agachaban para ver las estrellas...
Después de muchos encuentros fallidos donde Valerie teñía artificialmente el aura de su chico de azul profundo, terminaba por decirse la verdad. "No hace parte de mi camino". Y el chico automáticamente se desteñía. Fueron muchos los intentos, porque si una cosa tenía Valerie, era Espíritu Emprendedor e Infinita Esperanza. Dos cosas.

Cuando Alex apareció como por arte de Magia ella supo reconocerlo. Había un diálogo ya empezado hacía siglos y faltaba aun mucho por contarse. Así que siguieron conversando sin parar de reirse.
Índigo él, índigo ella, aguas de un azul profundo con tonos de plata.
Cuando uno sobrevive a varias muertes ya tiene permiso para reír. 


Post Scriptum: Para los mal-pensantes, los Niños Índigo ya tienen 20 tantos años y los primeros casos, 30 y tantos; hay uno que otro que puede tener hasta 40...