Inesita que era tan feíta la pobre...


Inesita estudió en un cole de monjas junto a una cantidad de niñas de "buena familia" que se sentían -cada una íntimamente- el último vaso de agua en el desierto. Ella se sentía... ¡el deserto! Todas eran altas, espigadas, con unas melenas lisas de color miel que les llegaba a la cintura, con una manera de hablar suavecita estirando las vocales hasta hacerlas desvanecer, parpadeo tipo abanico y diez admiradores detrás de cada una. Almenos eso venían contando los lunes cuando llegaban al colegio. Las caracterizaba, pensaba Inesita que las conocía íntimamente porque era la que les intentaba hacer entender los algoritmos, esa pausada cadencia que la hacía sospechar que a cada una le había faltado un minuto para ser tonta. ¡Sólo un minuto, porque no tenían un pelo de tontas, pero tampoco de brillantes!

A ella la veían como la veían: la gordita bajita de ojito rasgado con ese pelo enrollado negro azabache buena para las matemáticas. Ni un apelativo más. Ni para bien ni para mal ni para regular. Por supuesto que Inesita nunca fue candidata para representar a su Región y mucho menos para ser Reina del Carnaval de la Ciudad. Las otras si, y alguna llegó hasta a serlo porque era el sueño de su madre o porque su madre ya lo había sido y ahora le tocaba a ella. Ahí nadie escogía. Ni para casarse a temprana edad, claro está. A cada una de ellas ya le habían cruzado estratégicamente el parejo perfecto en apellido, sangre, terrenos, herencias, tumbao y demás cualidades que debía tener el príncipe consorte de una princesa de esta estirpe sabanera. Todas acataron y se llenaron de hijos prontamente que se los cuidaban las hayas para que ellas asistieran a largas sesiones de gimnasio en las interminables mañanas. Inesita no fue que desobedeció. Es que ella por ahí no pasó. Apenas empezó su carrera universitaria, ingeniería mecánica, no paró de pujar hacía arriba e ir de logro en logro, de premio en premio, de postgrado en doctorado y todo tipo de satisfaciones profesionales, intelectuales y por qué no, personales. Ocupaba un cargo extraordinario y viajaba por los países más exóticos del mundo. ¡Se sentía feliz y afortunada! En uno de esos lugares lejanos apareció él que al verla, llenó de agua su desierto convirtíendolo en un fértil oasis. El amor fue recíproco y él la miraba con ojitos golosos susurrándole al oído las cosas que siempre había querido decir... Se casaron y se quedaron a vivir en Oriente porque ambos tenían muy buenos trabajos.

En el periódico local de la Ciudad sabanera apareció la foto en la sección de Sociales de la boda de Inés María Gomez García. Las rubitas de larga cabellera madres de hijos adolescentes-casi adultos criados por hayas se reunieron en aquelarre en la cafetería del gimnasio a cometar el evento. ¡No se lo podían creer! "Inesita que era tan feíta, ...¿qué le habrá visto el "jeque" ese?"
Sudaban por dentro y se las carcomía la envidia. La cabeza les daba vueltas porque el primer chakra se les alborotó y cuando ese chakra se alborota no hay equilibrio que valga. Así que- desde sus iPhones y Blackberries, cada una le puso su "I like" en FaceBook a la foto de la boda con un mensajito abajo descarnado, desapropiado y despiadado que decía:
"Inesita, ¿dónde te sacaste a ese novio tan guapo?"
La chica respondió en colectivo: "Lo conocí resolviendo un algoritmo".