Los vecinos gritones



¿Quién no ha tenido una pareja de vecinos que griten el día entero?

Él le grita a ella y ella a él. Uno nunca sabe quien de los dos empezó, solo sabe quien siguió. El asunto empieza en increscendo, para pasar después a la versión zig-zag y terminar en el coro donde ella y él chillan al mismo tiempo, pero cada uno en un tono diferente.

Es en el primer momento donde uno toma conciencia: ¡ahí están los vecinos peleando de nuevo!

El segundo movimiento es el del valor intelectual, porque es cuando uno se entera de las intimidades de la familia: que están mal de plata, que ella lo hace todo y él no mueve un dedo, que él trabaja más que ella, que están en desacuerdo en la manera que han crecido al hijo "nini" (ni-estudia-ni-trabaja), que ella lo mima demasiado, que él lo regaña despiadadamente, que ya no se soportan, que la compra no alcanza, que él es un tragón, que ella una tacaña...

Cuando saltan al tercer nivel el asunto se torna bochornoso para los escuchas, es decir, nosotros los afectados vecinos que sin saber como, nos vimos involucrados en la discusión, no por decisión sino por efecto de sonido y ubicación. Es ahí cuando empezamos a enterarnos de verdades que jamás habríamos querido saber: lo que le suda a ella, lo que le cortaría a él, por donde se pasa él la discusión, al lugar donde van y vienen ambos (no se dan cuenta que están yendo juntos al mismo lugar...), quien es la mamá de cada uno y por supuesto, lo que cada uno haría con los familiares muertos del otro. Yo ahí hago una pequeña oración que me enseñó mi abuelita napolitana contra el mal de ojo, por si las moscas.

Cierra uno ventanas, corre cortinas, baja persianas y le sube al Spotify pero cómo si nada: la gritería se cuela por cada rendija de la casa. La casa de ellos en la mia, invadida y a las malas por una energía densa y agresiva que por voluntad propia yo jamás habría permitido entrar. Uno de los retos más grandes de las civilizaciones alborotadas: cómo vivir en el mundanal ruido sin dejarse tocar y más aun, afectar. Así que cada uno desarrolla sus propios sistemas de protección mental y continua adelante respondiendo los mails que estaba respondiendo antes del concierto desafinado y desacertado de los vecinos gritones.
Yo sigo con mi labor, pero a veces me embiste la compasión y pienso para adentro:

"¿Y si les revelo el gran secreto?

¿Qué pasaría si les dijera algo que jamás han escuchado en la educación que recibieron y el modelo de comportamiento que eligieron seguir?

¿Qué sucedería si les cuento que los gritos producen un ajetreo vibracional nada positivo y que aprender a dialogar con un tono más sereno contribuiría con mucha fuerza para cambiar la crisis no-solo-económica que atraviesan?"

¡Pero no me atrevo por miedo a que ella y él me inviten a acompañarlos a ese lugar donde van y vuelven a cada rato!