Enrique y Ana de turistas por el Viejo Continente...


Enrique y Ana salieron a conocer al mundo. Desde hacía meses habían trazado muy bien la ruta por donde querían pasar. Estaban hartos de oir a los amigos hablar de los encantos de Venezia y ellos tener que callar porque sólo habían visto a La Serenissima en la Lonely Planet. Así que armaron sus petacas, sacaron sus visas, compraron sus guías turísticas de kilo y medio cada una y se montaron en el avión para empreder la travesía.
Madrid de primeras donde vieron una cantidad de puertas hasta no poderlas cruzar más. No les quedó tiempo para llamar a la sobrina de Enrique que llevaba un año ahí haciendo un master. Siguieron a Barcelona y se indigestaron de Gaudí. Tampoco les quedó tiempo para sentarse a tomar un café con la compañera de colegio de Ana. Pasaron por Montpellier y cenaron en la plaza donde estaban seguros, el Pibe Valderrama también había cenado. Olvidaron por completo que en esa ciudad había un grupo interesante de escritores latinoamericanos que a Enrique le habría sentado bien conocer. De ahí a Nice, preciosa y azul Nice y por supuesto, no alcanzaron a llamar al ex jefe de Ana que años antes había sido tan buena persona. ¡Italia! Génova marinera pero ellos de marinos, poco. Tan poco que no llamaron a Marina, la tía viejita de Ana que vivía allí y que de milagro estaba viva. Firenze tan señorial, increíblemente señorial que dejaron cual Signori" en la recepción del hotel el libro que el hermano de Enrique le enviaba a una amiga catedrática en arte amiga suya. ¡Y por fin Venezia! Otro destino anhelado donde extrañamente, tampoco comían bien. ¡Pagaban mucho dinero en los sitios donde iban a comer y la comida no era gran cosa! Extraño, curioso... Tampoco el tiempo les alcanzaba para ver todo lo que querían ver. Extraño, curioso...
En la plaza San Marcos también los desplumaron cual turistas pidiendo un platico de raviolis y una copita de vino y el paseo en góndola fue exorbitantemente caro. Y fue así, como un Suspiro, que también pasó Venezia. Por cierto, en la ciudad vivía Lorella, la mejor amiga de la mamá de Enrique a la que, por supuesto, no alcanzaron a llamar.

En una entrevista, Bernardo Bertolucci decía que en la Vida existían dos categorias de personas: los turistas y los viajantes. Los primeros, esto lo afirmo yo y tal vez Bertolucci me apoye, son los que optan por los lugares. Los segundos, por las personas y los afectos. Un monumento es un monumento. Significa, connota y denota lo que ya fue. Pero una ciudad prestada y vivida con alguien que la vive y te la regala por unas horas, es una vivencia preciosa. No hay guía turística que te cuente lo que te están develando...

Por cierto: Enrique y Ana nunca se enteraron, por supuesto, que la sobrina de Enrique en Madrid, la compañera de colegio de Ana, el grupo de escritores latinoamericanos, el ex jefe de Ana, la tía viejita, la amiga catedrática del hermano de Enrique y la mejor amiga de la mamá de él estuvieron atentos a la llamada durante todo el día que sabían que ellos pasaban por su ciudad para pasearlos y optimizarles el tiempo, llevarlos a comer a restaurantes de los buenos que no son para turistas y sobretodo, para compartir y reforzar los afectos...