Ricardo el flaquito y Rosita la valiente


Ricardo era bajito, flaquito y enclenque. Eso, sólo comparado a sus compañeros de kinder que eran un año más grandes que él y parecían gigantes. Ellos vivían diciéndole muchas cosas de todo tipo. A él poco le importaba porque desde aquel entonces, ya sabía que sabía. Pero el tamaño si le resultaba un problema porque los demás empezaban a desarrollar la molestia tendencia de mirar hacia abajo. Por supuesto, ayudados por sus padres que los crecían en "mode" comparación, lo que hace que siempre haya uno más rico y uno más pobre que uno, uno más gordo y otro más flaco que uno, uno más vivo y otro más pendejo que uno. Percepciones en superficie. La Ley de la Compensación va arreglando eso con el tiempo porque cuando los que miran hacía abajo también tienen que hacerlo hacia arriba.
Por este, entre otros motivos, resulta saludable mirar siempre para el frente, hacia adelante y en paralelo a menos que en el paisaje aparezcan sabias estrellas. Hay personas que se tardan varias reencarnaciones entendiendo esto y desterrando el hábito; otros, como Ricardo, nacen ya aprendidos.

Varias tundas le dieron los "gigantes" al chico: por bajito, flaquito y enclenque, además de por raro, desentendido y apuntar con la mirada a sus cuellos. Ricardo habría querido verlos en paralelo a los ojos, pero como era bajito, flaquito y enclenque, la mirada apuntaba en perpendicular a las yugurales de ellos, los "gigantes". Y esto no los hacía sentir seguros. Así que le seguían dando tundas.

Pero un día apareció ella, Rosita. Se le plantó a Ricardo adelante y como le llevaba una cabeza de ventaja, lo agarró del cuello y subió a la medida de sus ojos. Él quedó a varios centrímetros del suelo pero no le dio vértigo. Con ojos de ternera degollada lo miró y le dijo: "¡No te preocupes más, Ricardito, que de ahora en adelante los dos seremos novios y los gigantes no se meterán más contigo!"
Ricardo se limitó a respirar, asentir y sonreir.
¡Nunca más nadie osó meterse con él!
Rosita, donde quiera que estés hoy -treinta y tres años después- Ricardo te manda a decir que pide al Cielo te colme de bendiciones...