Ximena la de las canas y las canas que le sacaba a las demás


Ximena tenía dos cosas que la caracterizaban en la Universidad: un novio llamado Pedro con el que ya llevaban varios años juntos en perfecta relación co-dependiente y un millón de canas. Canas precoses, que precisamente por su precocidad no tenían porque estar ahí. Es como dejarle ver a un niño ciertas películas para mayores: "mejor no, mejor más tarde que ahora se nos puede desviar..."

No que los demás tuviéramos algo contra las sabias canas, ni más faltaba. Simplemente nos impactaban porque le daban un aire de "abuelita" que desviaban la atención de todas sus demás posibles virtudes y por la actitud déspota con la que descuartizaba a las demás chicas cuando hablaban de lo que ella consideraba "feria de las vanidades". Cuestión de imagen y proyección. Pensar en Ximena era recordar sus miles de pelos blancos, su aparente desapego a la imagen y al ego y a la máxima que entre pelo y pelo podía entre-leer-se:
"Ya no tengo porque cuidarme porque yo ya tengo al novio agarrao. ¡Qué se tiñan las feas mientras consigan parejo!"

Por supuesto está decir que Ximena se casó con Pedro cuando ambos acabaron la carrera y después de los corresponientes años, claro está, nació una hija que por nombre llamaron Blanca.
Así que Ximena era del bando de las que habían tenido suerte en el amor y todo lo habían cumplido como lo dictaba el Manual de Comportamiento. Buena chica. Por supuesto este retrato idílico iba  enmarcado por sus ancestrales canas.
Ella miraba con ojos compasivos a las amigas "quedadas" -¡vaya Dios a saber quedadas de qué!- y se les reía en la cara cuando se ponían guapas, se pintaban las uñas, se teñían sus pelitos y se ponían una linda camisa que apuntaba al origen del canalillo. Cada vez que una de ella salía de la peluquería y se encontraba con Ximena tenía que soportar un sinfín de reclamos, burlas y descalificaciones.
¡Cómo si ponerse bonito fuera pecado o indicio de debilidad de género!

Pasaron los años como pasan muchas otras cosas y Samsara, la rueda del destino, rotó. Algunas de las "quedadas" empezaron a quedar con tipos fantásticos y nacieron bellas historias de amor, muchas de ellas, amor verdadero y quedaron bien acompañadas por el resto de sus felices días.

Otras, como Ximena -que sin darse cuenta empezaba a ser las "quedadas" en otras cosas con su look de "recién levantadas" y su actitud de "esto ya es seguro"- sorprendieron al respetable público de sus redes sociales porque de un día para otro empezaron a colgar poemas de amor pasional, a mandar mensajes subliminales a un "tinieblo" como los que no enviaron en la adolescencia, a publicar fotos de ellas sudadas metidas en tremendas fiestas y sobretodo, a posar con tremendo escote que iba más allá del origen del canalillo y sin canas, ¡ni una solita!
¿Qué pasó con los pelos blancos?, nos preguntábamos extasiadas las demás. El mismo nivel de shock conceptual que produjo la noticia de un Papa que renuncia en vida a su cargo. O más.

Sin saber en qué momento, Ximena quedó del otro lado de la rueda patas arriba en el bando que ella misma había bautizado como "las quedadas": las que quedaron sin parejo y están viendo-a-ver como consiguen reemplazo porque eso de ir a una boda solas es horroroso y las que quedan una vez por semana con su peluquera para que las ponga lo más guapa que pueda...