¿Qué ponerse? ¡Ponerse contento!

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Defendiendo la alegría como bien lo dijo Benedetti
Por Daniela Violi ®

Hay personas que se asustan con la alegría. Cuando ven a otras contentas, tuercen ojo y arrugan el entrecejo como si ahí hubiera gato encerrado. El gato lo que está es suelto y ebrio de alegría.
Hay gente que se avergüenza cuando alguien allado suyo se pone contento. Les parece natural que alguien se ponga bravo, pero no contento. Como si contento fuera sinónimo de locura, de banalidad, de desenfreno, de ordinariez y de ignorancia.  Como si bravo fuera sinónimo de fuerza, poder, arrogancia y seguridad en uno mismo.
Hay gente que considera la contensión símbolo de evolución y civilización, especialmente económico, y etiqueta a los habitantes del primer mundo como “parcos y serios”.
En su “pre-juicio” hasta se atreven a afirmar que los del tercer mundo no avanzan porque siempre están haciendo fiesta.  ¡Cómo si la cosa fuera tan sencilla! Después se sorprenden cuando ven a un noruego haciendo fiesta o a un suramericano ganándose un premio por haber creado una buena empresa! Es una dicha comprobar que las creencias limitantes están condenadas al desmoronamiento. Lo más bello que tenemos todos los seres humanos es que en el fondo nos parecemos, y muchas veces, en superficie, también.
Hay gente que se altera cuando ve al de allado contento: lo cataloga de enfermo, de problema suelto, de patología callejera. Susurran a sus espaldas lo terrible que les parece su contentura, lo irritante que les resulta su alteración de la etiqueta y el protocolo –el personal, por supuesto- y las ganas que tendrían de atar a esta persona para que se quede quieta y callada. Paradójicamente, la persona cruelmente juzgada ni tiene permiso de defenderse y mucho menos se permite juzgarlo a él diciéndole lo amargado, arrugado, acartonado y aburrido que se ve. Simplemente lo acepta, porque la gran diferencia entre la persona contenta y la que no, es la aceptación y el respeto y por lo tanto, el rechazo y la condena.

Todos los pueblos del mundo, todas las etnias, todos los números y graduatorias marcadas por el poder adquisitivo de cada lugar indican lo mismo: todos queremos estar contentos.
A unos les enseñan a estar más contenidos y les dicen que está bien así.
A otros les enseñan a desbordarse y les dicen que está bien así. El asunto es meramente cultural embellecido con el caracter de la persona y adobado con ciertas informaciones que trae su genética.
Así que el ejercicio interior radica en encontrar el justo equilibrio entre lo enseñado, lo que uno acepta aprender y por ende, creer y seguir, y lo que el corazón le dicta desde adentro. La emoción legítima y lo que uno se da permiso de sentir. Cuando las cantidades fallan y los permisos limitan, es cuando el cuerpo se nos enferma. Por algún lado tiene que salir tapón de corcho, así no esté hecho de corcho.
Porque una cosa si es clara como bien lo recitan los poetas: va muriendo el que no sabe ponerse contento. Algo por dentro se va apagando, devorando, consumiendo y cuando uno va a ver, ya no hay luz que alumbra tanta oscuridad.
La alegría es luz. Es salud. Es forma de vida. Es camino. Y ante todo, es actitud y por lo tanto, voluntad. Uno decide si quiere estar contento o no, si quiere festejar o aburrirse, si imita a los que lo rodean o se expande desde su interior, si agradece o maldice, si le da importancia a lo que no tiene o empieza a ver lo que tiene. Es todo un ejercicio de enfoque y de conexión.
¿Con qué me estoy conectando?
¿Al drama, a la miseria, a la ira, al deseo de control sobre un mundo que jamás será como yo lo quiero, a la frustación o al dolor que va devorando al ser de soledad e incomprensión?
O por otro lado, ¿a la dicha, al goce, al agradecimiento, al festejar, a la celebración y a la risa?

Hay gente que dice que ser feliz es una ilusión.
Pero ilusión también lo es estar deprimido.
¿O es que pesa más una realidad sobre la otra?
¿En qué momento se volvió más importante el polo negativo que el positivo?
¿Cuándo da uno el paso para acercarse a uno alejándose del otro?
¿Por qué escoge uno un lado al otro?
¿En qué momento uno se volvió ese juez implacable que no puede parar de desear cambiar a las personas en vez de aceptarlas descubriéndoles su belleza?
¿En qué momento uno se volvió ese juez implacable que no puede parar de desear cambiarse en vez de aceptarse y descubrise su belleza?

Ponerse contento tampoco es sinónimo de bochinche, escándalo, exceso o desenfreno. Ni más faltaba. Aca la cosa no es pisarse los cables ni faltarle al respeto al que está allado. Poner un equipo de sonido a todo volumen a las 2:00 de la madrugada no es alegría sino egoismo y falta de consideración hacia mis vecinos.
Yo me refiero a la alegría auténtica, esa que emana cuando se celebra un encuentro, un café entre amigos, un arcoiris junto al mar, un beso, una boda, un niño jugando, un baile, una recuperación, una buena charla, un paseo, un instante de vida…
Hoy me refiero a la alegría y le hago un himno, una defensa y una oda.


El contento sabe que el no-contento no está contento de verlo contento. Bobo no es, solo está contento pero su sistema cognitivo permanece intacto. Pero no deja de estarlo así el otro, amargado, lo mire con cara de asco. El contento sabe que debe proteger su felicidad y que cederla, representa una grave pérdida. Compartir la felicidad, siempre. Perderla, jamás.

¿Qué hacer cuando una persona que está allado de otra alegre se avergüenza, fastidia o enfuerece porque la otra sonrie, es amable, celebra el día, se queda con lo bueno del momento, vive el presente, se le infla el corazón de amor por los que lo rodean y está situado en la onda del legítimo agradecimiento?
En ese caso  resulta mejor tomar distancia porque esa persona llena de amargura aun no está preparada para celebrar.
Una persona contenta a veces contagia a otra menos contenta y ahí la cosa se pone color de rosa.
Pero en ocasiones, es la otra persona en amargura la que contagia a la primera, y ahí la cosa se pone color de hormiga.
En el primer caso son dos almas que se crecen y rozan la dimensión de lo sublime así que hay salud para ambas.
En el segundo caso el asunto se pone disparejo y el denso y deprimido actua como un vampiro y deja al contento, descontento y vacío.
Tomar distancia es cuestión de protección y autorespeto desde el lado personal, y de respeto y amor hacía el otro, que lleno de amargura, está recibiendo la oportunidad de desapegarse de ese estado insano y liberarse del dolor. Pero esa batalla es personal e intransferible.
Uno solo puede ser ejemplo e inspiración para el prójimo viviendo contento, todo lo demás es intervencionismo, proselitismo, vanidad y esfuerzo perdido.

Hay frases lapidarias que proclaman que la felicidad es solo un momento ocasional pero como todo, esta es solo una opción en la percepción.
Existe otra manera de entablar una relación duradera con la felicidad y es desde la construcción. El estado o “modo” feliz se va construyendo pasito a pasito hasta que llega un momento en el estado de la estructura en que no hay vuelta atrás; ya no se derrumba ni flaquea más porque está sólida. Es el mismo mecanismo en que se adquiere un hábito. Este es el hábito de ser feliz. Aprender a vivir tan pleno y agradecido que ninguna circunstancia o persona pueden alterar el estado. Ya no se les da permiso: con decoro y amor, uno se retira. “Volveremos a en contrarnos cuando tu te hayas encontrado con tu corazón”.
En ese proceso nos la pasamos toda la vida: a veces lo logramos y a veces la estructura nos flaquea. Humana situación. Humano perdón.

La contentura no se transfiere como se hace un giro en un banco. Tampoco es un tipo de evangelización o conversión. No sería justo decir que es Gracia Divina. Es un proceso interno que nace de lo más profundo de cada ser y debe ser vivido y trabajado desde ahí. Con constancia, esmero y disciplina. De la misma manera que se adquiere la maestría tocando un violín. Entre más se practique, más se pule.

El proceso es idéntico al de vestirse. Uno abre el armario en invierno y se pregunta:
“¿Qué me pongo: el pantalón de lana o el de lino? Con uno tendré calorcito y estaré bien y con el otro, evidentemente, tendré mucho frio”.
Con la alegría pasa lo mismo. Uno enfrenta la situación con la misma pregunta: “¿Cómo me pongo: bravo o contento? Poniéndome bravo le haré daño a mi organismo de cualquier manera y poniéndome alegre, lo embragaré de bienestar”.
Desde el interior, sin necesidad de un whisky.
Uno escoge lo que se pone y como se pone.
Y así de una vez por todas uno deja de echarle la culpa al gobierno, a la mamá, a la pareja, a los hijos, al clima y a la sociedad de su eternal infelicidad. Eso es lo que se llama hacerse dueño y responsable de su vida y de las decisiones tomadas.

La alegría va defendida, protegida, mimada y respetada porque es alimento del Espíritu, ese mismo que nos susurra cuando nos hundimos en la amargura: “¡Una sonrisita, por favor!”