El laberinto como la vida misma

(Homenaje al Laberinto de Chartres - Francia)



A mi me contaron que existía pero no me dijeron más, como pasa con las mejores cosas. Sólo que en tiempos de Cruzadas algunos lo recorrían porque haciéndolo, pasaban por el corazón. Así que decidí ir a buscarlo. Este laberinto no se ve a primera vista ni tampoco después. No es evidente como otros. Hay que acercarse a la gente que camina hacia todas las direcciones para darse cuenta que está ahí, bajo los pies de los visitantes que lo vuelven a dibujar con sus movimientos recorriéndolo cada uno a su manera. Él es el camino a recorrer solo para quienes quieran aceptar las reglas de su juego. Sin promesas.
Otros lo ignoran y pasan a su lado, amalgamándolo a las baldosas de la catedral.
Pero el que lo descubre no puede finjir demencia y de ahí en adelante no podrá apartar sus ojos de él, como me sucedió a mi.

Me aproximé despacio y el corazón me latía muy de prisa. Lo deseaba. La entrada estaba despejada pero resultaba imposible saber que pasaría más adelante. Los otros impedían ver más allá de unas curvas. Así que me acerqué curiosa, mezcla de recelo y júbilo y el laberinto me empezó a susurrar "entra, entra, entra".

Presente. Pies descalzos para escuchar los latidos de la Tierra. Estoy adentro. Una emoción indescriptible me invade. "Acá estoy, ahora soy". El camino acaba de empezar. Unos cuantos pasos y empiezo a conocer a mis vecinos, los que serán compañeros de peregrinación de acá en adelante hasta que el juego termine. Ellos van a su ritmo, uno tiene que variar el propio. Conciencia del otro. Respeto y paciencia. Imposible ir más de prisa. Algunas vueltas y se cruza con gente que por unos instantes permanece allado, como si fueran de la familia, pero instantes después se mueven y se esfuman por entre las curvas para no cruzarlas nunca más. Me vuelvo a mirar. Detallo mis pies, mis piernas, mis pasos. Detallo mis pensamientos y me doy cuenta que todos mis seres queridos también están ahí, así que decido pedir cosas buenas también para ellos. El camino me lleva aceleradamente al centro así que descubro lo que puede suceder en el medio, pero el camino no me permite llegar - todavía hay mucho por recorrer- sacándome de nuevo a un millón de curvas que parecen no acabar. No me angustio, solo sé que las tengo que recorrer sin preguntar.

De repente uno de cuela. Llega por detrás y uno a uno, nos va pasando y saltando y en un minuto llega a la fila última, el tallo que conduce a los seis pétalos que a su vez, acaban en el apetecido centro del laberinto. El hombre sin más ni más hace esa fila y entra a la flor, ubicándose en el medio sin grandes ni pequeñas emociones. Él llegó pero simplemente, pasó. Seguramente tendrá que repetirlo en otra ocasión cuando esté preparado y ocupe su sitio. Entiendo que siempre habrán vivos y astutos que saltarán pasos y procesos, pero también veo con claridad que no llegan a donde deberían llegar. Que cada llegada conlleva una serie de ritos y peldaños que si se saltan, no dan el resultado ideal. Al centro del laberinto hay que llegar en un Estado tal que solo se logra si se recorre entero. Paso a paso. Ni uno más ni uno menos.
Quito los ojos del tramposo y lo dejo ir.

Giro la cabeza y sigo la dirección de los índices de las personas que muestran algo del otro lado: la luz. Por entre un agujero del vitral se estaban colando cuatro círculos de luz que caían dentro del laberinto y los que pasaban en ese instante ahí, se volvían brillantes.
Sigo caminando y esta vez en mi cabeza empieza a sonar "Meraviglioso" de Domenico Modugno. La tarareo y mis pasos comienzan a acariciar el suelo. Siento que empiezo a volar porque me hago ligera. Me sigo cruzando con mis vecinos, cada vez más serenos, alegres y familiares. Jamás hablaré con ellos ni sabré quienes son, pero si se que son mis compañeros de camino.



No tengo real idea del tiempo transcurrido pero me duele la espalda. No es importante el tiempo. El espacio lo es más en esta ocasión. Mi pareja que va adelante entra de primeras en la recta final, el tallo de la flor. Me emociono. Estamos llegando al final del laberinto. Detrás mio van mi comadre y mi compadre. Entramos los cuatro en esa linea y me preparo para alinearme en el centro, con mi centro. Respiro, recibo.
Mi pareja entra el primer pétalo y después de un rato, se mueve al segundo así que yo me ubico en el que él estaba. Nos vamos moviendo y nuestros amigos se acomodan también. La sensación es impresionante. Tal es la fuerza que se percibe que se puede palpar con los dedos de las manos que todos tenemos abiertas. Mi compañero llega al centro y los demás lo acompañamos desde los pétalos que lo rodean. Un momento muy emotivo y él sale del laberinto. Entro yo al centro y esta vez, con total conciencia, respiro y recibo. Me invade la sensación de hacer parte del mundo y ser del mundo. Abro los ojos, miro hacia adelante y sonrio al ver que mi amor me está esperando afuera y me recibe con un abrazo. Y nosotros recibimos a la comadre y los tres, al compadre, amor de mi comadre. Somos un solo corazón.

Concluyo un millón de cosas entre ellas que lo que parece el final no es el final, que el laberinto es solo una estación que vale la pena recorrer por la riqueza que conlleva, que el camino es más agradable si se hace en compañía de afectos profundos y después, puesto que si hay un después, que lo venidero se aborda con más sabiduría y preparación y por lo tanto, resulta muy gratificante. Gratificante que viene de grato y de gratitud.

¡El laberinto como la vida misma!