Jade la pedigüeña



Jade, además de ser una piedra preciosa, era una mujer preciosa. Tan preciosa que desde que nació sus padres le dijeron que nadie podía poseerla. Y tuvieron razón. Aun deseándolo en las profundidades de su inconciente, ningún hombre quería quedarse con ella. Salían contadas veces, la exponían como lo que era, una piedra preciosa y después, la devolvían a la joyería. Jade se escudaba diciendo que no eran ellos los que elegían sino ella la que tomaba la decisión, pero también en ese turbulento inconciente sabía que la cosa no funcionaba así. Ellos la devolvían quejándose con otros del mismo defecto de fábrica pero ella ni se enteraba del desperfecto porque el desperfecto se los achacaba a ellos. Perfecta solo ella.

La exquisita Jade, fiel a los designios de su nombre y estirpe, era una gran pedigüeña. Pedía por acá, pedía por allá, que me des un contacto, que me ayudes con esto, que me presentes a Fulanito, que me consigas una cita, que me trabajes y no te pago, que me investigues esto pero no te reconozco el crédito, que la suerte es tuya por estar cerca de mi, que...que... que... y de que en que, a Jade se le fue apagando el brillo y se le consumió la vida sin pasar por las delicias del saber dar...