Emiliano y sus creencias ferreas, sólidas e inamobibles


Emiliano creció aferrado a las creencias ferreas, sólidas e inamobibles de su noble tradición familiar. Unos poderosos escudos lo sostenían y le ratificaban su pedigrí. Padre y madre de reconocida alcurnia. Se había formado en los mejores colegios y había tenido unos tutores y otros mentores de reconocida preparación. Iba por la vida de sombrero de copa y frente en alto, intentando aparentar ser tan exitoso en los negocios como su padre, don Aureliano. El pintorezco retrato quedaba digno de exposición con la aparición en la vida del joven Emiliano de la dulce y encantadora Inesita. Enamorado hasta el tuétano de la hija de unos recién llegados comerciantes a la ciudad, su vida iba cuajando, como un queso.

A una semana de la boda con Inesita, una nota anónima llega a manos del ilusionado hombre, destrozándole su vida por completo: la chica había sido adoptada por los padres que ahora tenía y las creencias ferreas, sólidas e inamobibles de Emiliano lo inhabilitaban para compartir su vida con la hija de una prostituta. Emiliano deshizo la boda, mandó para el carajo a la inocente Inesita y se buscó otra mujer hija de la unión legítima de su padre con su madre.

Pasaron los años y Emiliano había logrado construír una vida de lo más de común y corriente con una mujer legítima, fértil y reconocida. Sin mucho por contar pero si construyendo con el soporte y bajo el peso de las creencias ferreas, sólidas e inamobibles. Una noble familia de alta alcurnia.

Un día cualquiera se enfermó de los nervios la madre de Emiliano y comenzó a decir sandeces.
Entre ellas, llamaba a gritos a Rodolfo, el novio que la dejó y se fue sin dejar rastro. La mujer suplicaba envuelta en llanto que regresara a conocer a su hija. De esta manera Emiliano se enteraba que su hermana mayor, Marielita, era hija de otro padre y que don Aureliano -que entre otras ya se estaba quedando solterón para sus tiempos- se había compadecido de la difícil situación de su madre y se había casado con ella. Se enteraba así, de sopetón...

"¡Crash!"... sonaba Emiliano por dentro...