Las madres del pasado y las madres del presente



¡Vaya polaridad en femenino!

Hace muchas décadas las hijas no querían parecerse a sus mamás. Estas eran la antítesis de su ideal femenino. Eran mujeres infelices, poco felices, o des-conocedoras de su felicidad. Quejumbrosas hasta el punto de secar un papayo e insatisfechas al grado de lograr hacer auto-cuestionarse los demás: "¿Qué carajos es lo que quiere?" Impositivas, jefas y dueñas: "¡En esta casa mando yo y si no te gusta, te vas!" Amenaza con toques de gallina que por supuesto, funcionaba porque lograba el efecto deseado: la hija que no se iba del nido. Un régimen del terror dentro de un microuniverso cubierto por una jaula de oro. Co-co-co-co.

Aquella niña agarrada de la mano de su madre que hacía la visita a sus comadres era censurada en público y expuesta como un santo: "¡Es que es tan traviesa!" ganándose su sopapo de paso delante de las demás. ¡Qué indignación y furia!

¡Cuántas descalificaciones oyó decir esa niña hacía su ser puesto que la madre ni remotamente se imaginaba que se harían estudios del lenguaje y de su influencia en la salud emocional de cada ser. Así que los términos "bobita, tonta, estúpida, deficiente, inútil, torpe, bruta, fea, maluca y demás piropos pululaban en muchos hogares. Muchas niñas a lo largo de la historia juraron por lo más sagrado que jamás repetirían eso a sus descendientas. Otras, por lo contrario, perfeccionaron la técnica, incapaces de diluír la ira interior y por lo tanto, la maldición.

Estéticamente la cosa empeoraba: eran mujeres dejadas y descuidadas, que daban la culpa de sus músculos flácidos y de sus kilos de más a los partos, al marido que las ignoraba y a las labores domésticas, así que iban por la vida de rulos*, chanclas y baja autoestima. Que a una mujer le dijeran que se parecía a su madre resultaba terrible. ¿Frustada, descuidada, peluda y condenada? ¡Nunca!

Así que décadas después las hijas de esas mujeres hicieron lo humanamente posible para no ser como esas mujeres poco inspitadoras. Y se fueron para el otro lado como suele suceder en algunas historias... A sus hijitas no les dicen nada para no limitarlas y les permiten hacer lo que sea, hasta pasar por encima de ellas mismas. Se las pasan por la faja, como por ahí se dice, invirtiendo los roles: tu mandas - nena, yo acato - madre. Las crian como princesas y las visten de princesa todos los días. Una exaltación al ego y la estética exacerbada. Les repiten como un mantra: "¡Qué guapa y qué brillante, eres las mejor!" cruzando los dedos en su interior para que el Fato no se encargue de bajarla más adelante de este pedestal donde ellas artificialmente las subieron.

Estéticamente es todo otro cuento: son madres modelo, literalmente hablando, sin un kilo de más y vestidas al último grito que las coolhunters sugieren. Hacen lo que sea y pagan no se cuanto para que nada se les arrugue, caiga o engorde. Parecen muñecas como la Barbie décadas atrás ya se los iba sutilmente recomendando. Sus hijas no parecen sus hijas sino sus juguetes: les hacen juego y las visten a tono. Son como un adorno, un anexo. Les encanta que les digan que parecen la hermana mayor de la hija y muchas veces hasta contratan una asistente para que haga lo que a ella no le queda elegante hacer: cambiarle el pañal, llevarla a jugar a casa de una amiga o escucharle una preocupación.

Si antes las mujeres no querían parecerse a sus madres, ahora resulta un verdadero complique lograr parecerse a ellas, mujeres perfectas encarnadas en madres.
Me disculparán la ironía.

* marrones, rollos.