¡A educar hombres íntegros y no sin-vergüenzas!


Hay paises donde todavía si un adolescente hombre sale con muchas chicas, es un seductor pero si es una adolescente, es una mujer fácil.
Si el tipo está comprometido pero en una convención tiene una aventura, es un picaflor, pero si la que tiene la aventura en las mismas condiciones es una mujer, es una bandida.
El término más duro que se le da al hombre infiel es el de "sin-vergüenza" y su pronunciación va a la par de la cara de picardía con la que la dice el que relata su "sin-vergüencería".
Otra cara es la que pone el que relata la aventura de una mujer, frunciendo el seño, haciendo gestos de asco y torciendo los ojos. Ella no es una "sin-vergüenza" porque la vergüenza ya la perdió hace mucho. Lo que si es y lo será hasta que la historia borre la memoria colectiva, es una piernafloja, una putonga y una mujer de vida alegre.
Si la cosa ya involucra hijos, aun peor será su condena tachándola de irresponsable e inconciente, contrario a la del padre infiel, redimido porque solo buscaba una bocanada de aire fuera de su asfixiante vida familiar.

Así se ha movido la historia en términos genéricos: pocas décadas atrás múltiples mujeres declararon la guerra a los cánones sociales imitando el comportamiento masculino a ver si la cosa se equilibraba pero se desequilibró aun más porque el auténtico equilibrio no pasa por la imitación. Imitación es muchas veces, negación.
No se trata de portarnos como hombres. La idea no es usar al prójimo como un objeto. Mucho menos de desprestigiar y pasarse por la faja al amor. Menos aun de practicar revanchas o venganzas. "Ojo por ojo y quedamos todos ciegos", decía Gandhi. La cuestión es volver a ubicar en su sitio hábitos y costumbres que poco bien han hecho pero si mucha rabia han producido. ¡Cuánta mujer enfadada y engañada ha habido y cuanto picarón suelto que andado rondando por ahí, tomándole el pelo a ingenuas que ven -entre otras- solo lo que les es cómodo ver!

Me dirijo directamente a las jóvenes madres que para el caso, crian hijos varones. Incluyo tías, abuelas y profesoras de mente abierta. La creación del paradigma de un nuevo hombre empieza en gran parte por sus madres. Lo que ella permiten, repiten, admiten, toleran, soportan, validan o condenan marca el futuro de sus niños. El machismo empedernido, el feminismo furibundo o el equilibrio legítimo de género empieza en casa.
¿Cómo le describimos ser hombre a un niño?
¿Qué definición de hombre tenermos de verdad dentro de nosotras?
¿Todavía no le permitimos a un hombre que llore?
¿Qué ejemplo de pareja ve el chico en casa?
Y por último, ¿qué tipo de hombre nos gustaría que fuera?

Algo debe seguir pasando para que el tema de la infidelidad sea tan recurrente y ya que estamos, para que el tema del homosexualismo, también. ¡Cuánta gente escondida, cuanta doble vida, cuantas mentiras, cuánta represión!... ¡A beber para olvidar las penas! aconsejarían los meros machos, ¿no? ¡A VER y encarar para que no duela mas!, digo yo.
Poco de macho tiene hacer cosas a escondidas, tomar del pelo a los demás, jugar con los sentimientos de la gente que nos quiere, decir mentiras, vivir de la falacia; yo más bien lo veo de cobardes y de pantalones escurridos... Es de hombres y mujeres íntegras decir las cosas a la cara, acabar una relación cuando el amor se acaba, vivir libremente la sexualidad que los realiza, usar los lagrimales cuando el corazón lo pida, hablar desde la verdad y sobre todas las cosas, respetar al amor en todas sus mainifestaciones.

No es lo mismo educar a un niño programándolo a tener que ser guapo, próspero, coqueto, seductor y a ligarse tres mil mujeres porque ello prueba socialmente su varonilidad a anteponer valores en su formación como la bondad, la solidaridad, la empatía, la honestidad y el respeto. Mientras optar por el primer orden de preelaciones lleva por resultado seres forzados, gastados y des-centrados, la elección del segundo orden forja hombres tan bellos por dentro que se les desborda después por fuera, pero de otra manera. Una manera auténtica y transparente. La belleza de poder ser uno mismo y vivir acorde a la esencia propia, no alcahuetiando a la de la tribu.

Así que:
¿Por qué no empezamos a permitirle a los niños que se expresen realmente?
¿Por qué no intentamos quitarle importancia a la opinión de los demás?
¿Por qué no le hacemos menos caso a ese estúpido manual escrito quien sabe por cual reprimido que dice a que edad toca casarse, con cual apellido de alcurnia hay que hacerlo, a que club social hay que estar inscrito, cual deporte hay que practicar, cual marca hay que lucir en el pecho, cual tipo de mujer es la elegida y atractiva, a que edad hay que tener hijos, que nombres hay que ponerles, a cual género puedo enamorarme y si me gustan los de mi mismo equipo, llevar la relación desde la oscuridad y la mentira, que tipo de trabajo debo hacer, y etcétera, etcétera, etcétera? ¡Qué fatiga!
¿Por qué no dejamos de recitarle al niño lo que debe ser y cuando y como lo debe hacer? 
¿Desconfías de tus capacidades intuitivas y sabias de madre-mujer y prefieres imitar y poner en práctica un modelo obsoleto y poco funcional?

Las tradiciones deben ser fuente de enriquecimiento y sabiduría más no de represión y condena. Ya no. Ahora es posible vivir el cambio.
Y vuelvo a preguntar yo:
¿Tú, mujer, como aportas en la formación de un pequeño hombre?
¿Qué estás haciendo, hablando desde la madre que hay en tí, para que tu sociedad sea cada vez una mejor sociedad más respetuosa, honesta, coherente y flexible?
¿Tienes algún sin-vergüenza cerca?
¿Qué permites tu?