* Y LLoRar, y LLoRaR...

Si el que rie de últimas, rie mejor, ¿qué le pasa al que llora de primeras?
Por Daniela Violi ®
Verano en BCN – 2007

No es que me la ha haya pasado llorando en mi vida, pero si que he llorado. Recetas con cebolla, amores dañinos, peleas con la mamá, pelusas en los ojos, rabietas por las cosas que no fueron, finales no-felices, despedidas antes de entrar a las aduanas de aeropuertos, seres queridos que se despidieron de este mundo, dinero gastado cuando no se podia gastar, cuernos y cachos, entre otras, han lavado a fondo mis lagrimales. Dicen por ahí que llorar es salud. Otros afirman que llorar es de pendejos. Entonces yo soy una pendeja sana.
Pero lo que más me ha hecho llorar –y hoy que lloro menos lo sigo llorando- son las injusticias con los niños. O mejor aun, contra los niños. Injusticias que he visto en mi cotidianidad, como la madre que le grita al hijo lo “imbécil” que es, para no poner casos más drámaticos y que hacen que uno se haga preguntas como:
si el niño “imbécil” es hijo de esa mujer, entones ¿qué viene siendo la mujer?
En la pantalla de ven injusticias con efectos especiales y repeticiones tipo lup infinito: la de la TV, la del cine, la del móvil, la del computador, que tratan de crearnos ese efecto de distancia con el otro para presentárnolos como ficción. Casi como una película. Para que uno crea que no es con uno la cosa. El cristal que no te deja tocar: el otro se vuelve intocable. Inalcanzable. Inexistente.

Esta es una mini-lista de algunas de las veces que me desmoroné frente a un noticiero:
- Cuando a Omaira se le iban apagabando sus ojitos, inmersa en el fango de Armero, Colombia, en 1985. Quedó en el top 3 en la TV española el día que recordaban las imágines más impactantes. Esa noche, otra vez no pude dormir.
- Cuando en el “cole” vi los documentales del holocausto y los niñitos desnudos entraban, ellos sabían a donde…
- Los niñitos sin papeles que vienen dentro de las pateras hacía los sures de España o Italia.
- Cuando mataron a Iqbal en 1995 en Pakistán, porque era esclavo de los fabricantes de tapetes y se rebeló. Apenas terminé de llorar le escribí un cuento porque como mínimo, ese heroe merecía la inmortalidad.
- Las veces que vuelven a trasmitir la imagen de Kim Phuc cuando era niña, que desnuda corría por una calle en Vietnam llena de quemaduras.
- Los niños que los pedófilos secuestran, o filman, o…¡lo que sea!
- Los jóvenes de “la noche de los lápices”, todavía adolescentes, que rasguñaban las piedras de las celdas oscuras donde estaban, en épocas de dictadura argentina, para contarse que todavía estaban vivos.
- Los niños del África hambrienta: con sus barriguitas al aire, pelito enroscado, enormes ojos y moscas revoloteando alrededor que ellos no tienen fuerzas ni para espantarlas.
- Los niños de esos colegios norteamericanos que murieron en manos de un loco que disparaba. ¡Cuánto loco que anda suelto!
- Los que están en la Franja de Gaza, de un bando y del otro, y no tienen la culpa ni de esto ni de aquello.

Mi lista podría ser infinita pero no se trata de eso. Mi lista –simplemente- es para decirme y decirnos que no hemos entendido un soberano carajo. Non abbiamo capito ancora un cazzo, que es una de las frases más precisas del italiano.
Hoy, que ya lo venía intuyendo, entra (y corona) mi lista, la de los niños de China. Una cantidad, entre 8 y 12 años, robados, vendidos, esclavizados como en el más profundo Medio Evo, para trabajar en minas y fábricas. Muertos de pánico, destruidos, algunos se olvidaron de su propio nombre. Se les olvidó como se llamaban. Diez y seis horas de trabajo al día. Me cuestiono de que material puede estar hecho el esclavizador. De mierda. No se me ocurre otro tipo de sustancia. No se sabe como nos dejaron ver estos documentales al resto de la humanidad. Sólo se que una vez más, me puse a llorar como la tan de moda, Magdalena con el corazón reventado de vergüenza. Vergüenza humana. Decidí entonces hacer mi propia revolución: no volver a comprar nada hecho en China. Pero, y ¿cómo se logra eso?
Seguí llorando…

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