* El AmoR En TiEmPos dE BarCELona


Habitación con vista
Daniela Violi ®
Barcelona, otoño 2007

Generalemente, el mejor lugar de una casa es su cocina, pero en el caso de Eloísa, era el baño. No era muy grande, pero estaba todo enchapado con baldosas blancas de esas que dan la neurótica sensación de limpieza y con el water ubicado de la mejor de las maneras que puede estar ubicado en un baño de un ático alto: junto al ventanal que daba hacia el mar y la montaña barcelonesa de Montjuic. Toda una habitación con vista. Más que water, sanitario o inodoro, bien se le podía considerar un trono camuflado. Él también blanco, inmaculadamente blanco. Blanco iPod.
Además de la enorme ventana junto al water que siempre permanecía traviesamente abierta, había una segunda más pequeña, encima de la ducha. Es que no hay riqueza más grande que no ahogarse en el vapor que forma el agua caliente cuando se cierra la llave: una ventana al exterior evita esa asquerosa sensación peguchenta y húmeda que hacía que Eloísa, en otros baños, sufriera peor que si la torturaran. Después de la leche, los pastores alemanes y el pulpo, esta era la cuarta cosa que estaba en Lista de “asquerosidades”. La número 5 eran los hombres con uñas largas y la lista –evidentemente- no acaba acá.
Nunca aceptó tapar la ventana con una cortina, porque entonces perdía sentido eso de tener buen aire y mucha luz. Así que cada vez que se duchaba pensaba riéndose:
“¡El que no conoce, que conozca, y el que ya conoce, que repase!”

La habitación con vista de Eloísa tenía otra característica: según las normas inquebrabrantables del Feng shui, credo del que Eloísa era devota (si bien era devota de todo y de nada), en dicha zona estaba ubicada la energía del Amor. El Amor en el baño, ¡por Dios!, eso sólo le pasaba a Eloísa que debía cuidar atentamente que Este no se le fuera por entre el inodoro o por el desague de la ducha. Ya resultaba bien jodido encontrar el Amor, ahora no hablemos de la dificil tarea que resultaba conservarlo.

“Ya te tengo, ahora como te retengo”
Graffiti

Así que Eloísa lo había decorado con todas las normas dictadas por la Norma. Todo dentro de él debía ser rosa, rojo o lila y tenían que ir en parejitas. Así que todo usuario del baño del ático encontraba:
- dos cristales de cuarzo rosa
- dos velas rosas
- una figurita boliviana del Lago Titicaca de dos amantes unidos por un nudo de colores
- dos alfombritas rosas
- dos espumas de enjabonarse, una roja y la otra lila
- dos frascos de shampoo, uno para pelo teñido y el otro, para pelo rubio
- dos geranios florecidos
- dos libros de poesía erótica
- ocho (cuatro veces dos, como los franceses) postales de besos (entre dos, como algunos franceses)
- dos toallitas blancas con corazones
- y por supuesto, dos rollos de papel higiénico.

No había dicha más grande que entrar a este baño en la madrugada. Resultaba casi un placer despertarse a las 3:00 y darse cuenta que la vejiga no tenía una arruguita. Entonces con la excusa de hacer pipí, se podia contemplar el infinito del Cielo, la luna en cuarto menguante buena para cortarse el pelo, el perfume de la noche, la televisión del vecino chef que tampoco cerraba su ventana, el gato de la vecina alcólica que le daba por maullar a esa hora mientras ella miraba la única foto de su matrimonio, el perrito del “paki” del cuarto piso que asomaba su trompita por entre unos plásticos gastados, la Eternidad en una ciudad (porque la Eternidad no le pertenece sólo a Roma), la Vida… Y ahí, casi-casi invisible, Eloísa contemplaba la intimidad humana.
A veces, la noche era musicalizada por la sirena de algún barco que zarpaba y Eloísa se ponía nostálgica. Los descendientes de italianos lo son. Suspiran siempre, recuerdan siempre, añoran siempre. Y ella no era la escepción.
Hacía poco que había descubierto un nuevo vecino. La parte de atrás de los edificios de enfrente, que era lo que ella podía ver desde su trono, eran las cocinas. Una noche de verano, casi como un sueño de medianoche, Eloísa observaba desde la oscuridad a un hombre con el torso desnudo que cenaba algo blanco, en silencio. Siempre le había llamado la atención esta cocina porque sus paredes le gustaban mucho: eran verde loro pero nunca había podido ver quien cocinaba en ella. Así que miraba fijamente al recién descubierto vecino tratando de detallarlo, de entenderlo, de decifrarle su vida hasta que el hombre movió sus brazos, que rodearon la silla donde estaba sentado. Se vieron dos ruedas a los lados. Era paralítico. La luz de la cocina verde loro se apagó y Eloísa quedó mirando fijamente esa ventana toda la noche.

Un día de número primo, Eloísa se despertó con unas voces que parecían venir del cuarto de allado. Despelucada y con los ojos hinchados, se asomó en babydoll (rosa) por su espectacular ventana, que parecía más teatrino que ventana por el formato y el público, y vió que unos peruanos preparaban una especie de cemento (¡vaya Dios a saber qué contienen esos menjurges!) en la azotea del edificio de allado, entre el chef nocturno y ella. Eran sólo tres, pero hacían un relajo que parecía como si fueran diez. El trabajo iba acompañado de un flamante regaetón que repetía como un mantra:
“¡menéate, menéate, menéate!”
Esas son pruebas –pensaba ella- que pone de vez en cuando el Universo para ver que tan equilibrado tenía uno su aparato psíquico. Su coco.

Haciendo un rápido y discreto paneo por el resto de las ventanas, vió a la vecina que vivía dos pisos más abajo de los trabajadores peruanos, colgando la ropa recién lavada. Siempre silenciosa. Siempre tapada con su velo blanco crudo. También para colgar la ropa por la ventana. ¡Cuántas cosas decían en los noticieros esos días de los velos! Pero no decían nada de la gente en pelota que caminaba por la calle. Cómo si hubiera gran diferencia entre lo uno y lo otro. Ella escuchaba curiosa la opinión de su gente de occidente, que se escudaba en decir que cuando uno iba a la cultura de ellos, las mujeres cumpliamos sus reglas y nos tapábamos. Y entonces Eloísa pensaba: Esto es un asunto dialéctico y entonces esto las obliga a destaparse?
Es que es más fácil taparse que destaparse, ¡qué lo digan los gays que no quieren salir del armario y siguen saliendo con niñitas ingenuas para hacer felices a sus familias! ¡Qué no todos nos bronceamos con los senos al aire, qué no todos vamos a playas nudistas y qué a algunos nos gusta ponernos cosas que a otros les puede parecer pasadas de moda! O que? También vamos a agarrar a todas la abuelitas por el pezcueso y las obligamos a quitarse el calzón matapasión y ponerse un tanga brasileño? Algo así como “legítimo mostrar mucho, ilégitimo no dejar ver el pelo” ¡Pues qué ellas elijan cuando quieran quitarse el velo, si es que se lo quieren quitar! Igual no le hacen daño a nadie y no se están tapando sino el pelo. Algunas se ponen una pañoleta en el cuello, pues otras en la cabeza,…so? Dónde está el problema? Pensaba Eloísa a la que le encantaría cruzarse con la mirada de su vecina del velo blanco crudo para sonreirle. Pero nunca miraba para arriba. No miraba para ningún lado.

Eloísa volvió a meter la cabeza dentro de su baño y se fue a preparar un café. Café colombiano. Perfume de dioses. Se lo tomaba por el olor. Desde chiquita, su abuela Rosa le había contagiado la pasión. Atraída por su aroma, corría desde el Patio Cuadrado que era su Universo, a la cocina apenas su nonna apagaba el candela, bajaba la moca y se lo servía en un pocillo de porcelana traído de Italia.
- ¡Nonna, yo quiero! Le imploraba todos los días Eloísa a sus dos años.
- ¡Qué estás muy chiquita y los niños chiquitos no toman “tinto”. Le respondía riéndose su abuela.
- “¡Ti prego, nonnita, sólo un poquito!
Y por supuesto, doña Rosa no resistía a las plegarias de la nieta y le servía café en un pocillo de plástico de Topo Gigio.
Eloísa nunca logró descubrir –por muchas terapias que hizo- si era hiperactiva de nacimiento o por conversión. Pero ya esto resultaba irrelevante. El “mal” estaba hecho. Saltaba como un grillo por entre las calles, por entre los paises, por entre las palabras, por entre las ideas, por entre los colores. ¡Movimiento!

Y ese día de número primo si que era bien movimentado, para no perder el ritmo. Mientras se tomaba su café apenas hecho, otros gritos irrumpieron la paz del barrio.
- ¡Er mortacci! Gritó una mujer muy fuerte.
Eloísa volvió a asomarse en babydoll a su ventana y sus ojos se cruzaron con los del vecino-chef-nocturno que igualmente aterrado, salió corriendo a su balcón a ver a quien estaban matando. Ella y él, como siempre, se miraron con el rabito del ojo. Nunca se saludaban. Como si tuvieran un pacto implícito de “no agresión”. Ella estaba convencida que no se dirigían la palabra para poder seguir dejando sin cortina las ventanas de sus baños. Así que ambos bajaron la cabeza y miraron hacía el balcón dos pisos debajo de el de él. El perrito del “paki” sacaba el ocico por entre los plásticos y ladraba compulsivamente, dándole un aire más culebrero a la escena que cada vez se llenaba de chillidos más dramáticos.
En el tercer piso, una rasta y un rasta, ambos italianos, de esos que en vez de venir a Barcellona a farsi el “Erasmus” optan por el “Orgasmus”, discutían a gritos. Hablaban muy cerca el uno del otro, hasta que ella lo agarró del cuello y lo introdujo a la fuerza en el lavabo que estaba en el balcón. En los pisos antiguos de Barcelona, los baños quedaban en los balcones, y el de ellos, era uno de esos curiosos pisos. ¡Y lo encerró! El hombre quedó adentro gritando como un loco, mientras ella, casi al borde de un ataque de nervios (que hay más allá del borde?) le repetía:
- Dimmi, dimmi chi ti ha detto che io ho trombato con Alessandro!
Así que el encerrado le gritaba desde adentro que le decía quien le había contado que ella follaba con Alessandro si lo dejaba salir.
Pero ella cada vez se ponía peor, manifestando claros síntomas de ese mix que produce el alcohol, alguna droga de moda, la rabia, los celos, las mentiras develadas y los cuernos, todos juntos en un solo cuerpo. Cuerpo que no pasaba de una masa muscular del 17 %. Poseído. Histérico.
Los gritos se hacían cada vez más fuertes hasta que el perrito del “paki” colapsó de tanto ladrar, el gato de la alcólica lo reemplazó y comenzó a maullar, la mujer del velo se asomó por la ventana, el hombre que rezaba en el patio de abajo en dirección a la Meca se desconcentró, el huesped de Sri Lanca que dormía en otro balcón se despertó, el amenazado de secuestro por la guerrilla colombiana que vivía ahí escondido se hizo ver, la parejita de catalanes enamorados del piso de allado se asomó asustada, la dueña del edificio dejó de barrer su patio y miró para arriba…
Y en medio de esa muchedumbre expectante, ella con sus trenzas enredadas de un pelo que no toca shampoo hace años, lanza el grito más esperado por todos, no importando la nacionalidad de ninguno de los aterrados espectadores:
- Dimmelo perché se no, telefono immediatamente alla tua mamma!

(Eloísa metió la cabeza de nuevo, se sentó en su trono, y se echó a reír por una hora…)


Plegaria por un Hombre C
Por Daniela Violi ®
Barcelona, otoño de 2007

¡Ay, PapaDios! Concédeme un hombre conciente, buen conversador y que todo lo comente. ¡Qué no sea tan común y corriente! Lo quiero contento y que siempre me cuente un buen cuento. Por favor, que sea muy cariñoso, que me corteje y sea bastante cómico. ¡Jamás cínico! ¡Qué lindo sería que nos hiciéranos catarsis con nuestras charlas! Que me consienta, me consienta y me consienta. Lo quiero comprensivo, bien comprometido y siempre cumplido. Que ya esté crecidito, que sólo conmigo sea coqueto y que los demás me lo vean completo. Que nadie me lo critique, ni conquiste y me lo ni quite. Básico que sea cojonudo y por demás, corajudo, pero jamás cornudo. Con un gran carisma, pero ni chismoso y menos aun cotilla. Que sus charlas sean cultas: una mezcla entre Carl Sagan, Copérnico y Jack Costeau. Debe ser muy conciliador, inspirar confianza y tener un gran corazón. Un hombre cercano que dé confianza, y por cierto, un poquitín celoso. Claro y conciso, que consiga lo que quiera ya que tiene criterio propio: él no se deja condicionar ni cuestionar. Que busque más calidad que cantidad. Que me cuide porque se cuida, y yo lo cuido porque me cuida. Ojalá sepa cantar, componer, difrutar del cine, cocinar y ser un buen chef. Me encantaría que fuera creativo y que construyera cosas de colores. No me importa si es cartógrafo, contador, constructor, cardiólogo, corredor, cantante o comercial, lo importante es que si sea buen currador. Mejor si es casual y para nada complicado, si bien, cómplice y grata compañía. Que yo me pueda confesar con él y él conmigo porque ante todo, somos compinches y cómplices. Que estemos maravillosamente compenetrados y no se porte como un cabroncete. Estaría bien que fuera un poco chic, tuviera un poco de cosquillas y se portara como un gran caballero. Lo preferiría creyente, en contacto con el Creador y que sus charkas estén perfectamente centrados: seguidor del Camino del Corazón por su gran conmiseración. Que haya resuelto sus culpas y sus complejos. Un hombre capaz, cooperador y por nada del mundo, conformista. Que sepa ceder, compartir y que todo lo mio le concierna. No me importa que sea catalán, cubano, camaiorese, cartagenero, chileno, costeño, carrarino, cachaco, costaricense, calabrés, coreano, cretense o caleño: basta que de verdad se sienta contento con mi compañía. Me da lo mismo que sea cáncer o capricornio mientras esté bien calibrado.

No me lo des cínico y mucho menos creído. Tampoco castigador ni con alma de caudillo. Que no tenga aires de cagón y mucho menos cabrón. Que camine y no corra, y que compre de contado y no a crédito. Indispensable que no sea cochino, ni cerdo, ni camello, ni culebrero. Ojalá no tenga ni un centrímetro de cretino y que ya se le hayan pasado las ganas de ser Cupido. Nada de caspa, nada de calvos, nada de cagones, nada de comelones, nada de cabezones y menos aun, nada de cabezotas. Que no me cohiba y que no me critique y por encima de todo, que no ande en combo con un centenar de compadres. Que no se comporte como cura pero que cure con su compasión. Ni comunista ni capitalista pero si un gran cosmopolita. Imprescindible que no sea cantaletero y que no le guste ni la coca ni la Coca Cola.
Oh, PapaDios, te lo pido humilde y pacientemente con todas estas características, y dos más, no menos importantes: que tenga un buen culo y que esté caliente.
Amén.

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