* Entre dos culturas: La dEL "VaiNAzo" y la De La QuejaDera

(El amor por decir las cosas de frente)
Por Daniela Violi ® - Barcelona, marzo de 2008

Vaina: el significado original de la palabra “vaina” se refiere a la cáscara que cubre a las legumbres o donde se guarda el machete. Se puede utilizar el término “desenvainar” al sacar el machete de su contenedor. En términos populares en Latinoamérica, “vaina” tiene gran variedad de usos y significados. Puede usarse como comodín: “no sé que es esa vaina”. También se refiere a algo pesado, molesto o tedioso: “Tengo que ir a cenar con mis suegros, ¡qué vaina! “. En España equivale a “rollo” o “coñazo”. La palabra “vainazo” también es negativa. Echar un “vainazo” corresponde, de manera indirecta y adornada, a la reclamación que se le hace a alguien por algo que ha hecho o dicho que no nos ha gustado. Está directamente ligada con la ironía y la exigencia hacia el prójimo de recibir una justificación.

A mi me tocaron dos patrias. Soy mitad italiana y mitad colombiana. Soy colombiana por nacer en su tierra y crecer ahí y soy italiana por sanguinidad y heredar su cultura. 50% de cada una. Cálculo preciso. Cuando era chiquita me peleaba por dentro para saber ese porcentaje. Y después de muchos viajes, idas y venidas, libros leídos, terapias, cafés y regresiones, me fue develada la cifra perfecta. Así que cuando estoy entre colombianos, soy bastante colombiana, y cuando estoy entre italianos, también me perciben con la misma familiaridad. Adoro ambos países y mi hermano y yo incluímos en nuestras plegarias el que las dos selecciones de fútbol jamás tengan que enfrentarse. Mi búsqueda patriótica teminó de sanar hace 3 años, cuando me escojí una tercera patria, España con su enriquecedora Catalunya, y entonces el jugar en territorio ajeno, si bien es la Madre Patria latinoamericana, me volvió doblemente inmigrante.
Si te dicen que yo me estoy curando es la verdad
y la cura que yo estoy buscando es realidad
Aunque me salga tan cara algo tiene que me ampara
es mejor que tu mentira que me llenaba de ira y nada más
Diariamente yo me curo de lo duro que fue vivir sin ti.
Diariamente te lo juro aunque me agita a veces la desesperación,
cuando le falta la cura a mi desesperación.
Amargura, señores, que a veces me da,
La cura resulta mas mala que la enfermedad.
(Franky Ruiz)

Esta doble condición tiene sus ventajas y desventajas, pero como yo soy de las que dice que en la “Teoría -ya traqueteada- del vaso medio-lleno”, éste está SIEMPRE lleno (mitad de agua y mitad de aire), me quedo con las grandes ventajas que tiene ser doblemente Viajante. Las desventajas que las escriba el que siga la “Teoría del vaso medio-vacío”.

Desde la distancia las cosas se ven mejor. ¡Qué lo digan los pintores impresionistas, los que sufren de Presbicia, los que tienen a la familia lejos y los que les toca ver los partidos de fútbol desde el “gallinero” porque sale más barato! Así que desde la distancia me he dado cuenta los valores agregados de cada uno de mis países:
- Los colombianos son amables, solidarios, cariñosos, alegres, optimistas, creativos, divergentes, adaptables, chistosos, gentiles, educados, emprendedores, valientes y hablan un muy buen español.
- Los italianos son cultos, buenos conversadores, curiosos, simpáticos, brillantes, inteligentes, analíticos, reflexivos, hedonistas, tienen buen gusto, saben comer rico y sano y cuidan sus tradiciones y se sienten orgullosos de su historia.

Añoro muchas cosas de Italia y de Colombia y he tratado, en este tercer mundo, de construirme y de reemplazar esas cosas esenciales para poder vivir más sanamente el presente y poder proyectarme en el futuro sin tanto apego ni lloriqueos. Intento no repetir el esquema de mis abuelitos que padecían esa eterna nostalgia por la patria lejana.
“Oh mia patria sì bella e perduta!
Oh membranza sì cara e fatal!”
(Va pensiero - Nabucco – Giuseppe Verdi)


Pero tengo que confesar que hay una cosa en particular, colombiana, y otra, italiana, que noto, generan fastidio entre los que no lo son:
La tendencia colombiana de estar echando vainazos y el constante vicio italiano de estarse quejando. ¡Ahí sí que entre el diablo y escoja!

Los "vainazos" ya me costaban mucho cuando vivía en Bogotá porque mi aries me ha hecho “frentera” y siempre quedaba con esa sensación que no me estaban diciendo lo que en realidad me querían decir, pero después de seis años de casi no tener que escucharlos, me resultan ridículos cuando me los echan.
“¡Uyyyyyy, tan perdida que andas!”
“¡Hooooola, ingrata!”
“¡Cuidado me llamasssss!”
“Apareció la perdidaaaaa”
“Ya no me quieres porque no me llamassss”
“Ahhhhh, y es que te volviste de mejor familia que ahora no apareces?”
Pienso que la palabra “ingrata” junto a una entonación de sílabas alargaaadas y expresado con una mirada de juez, no tiene nada de cómico, ni de divertido, ni de afectuoso. ¡Todo lo contrario! Lo percibo como agresivo y con una fuerte dosis de rabia y reproche escondidos detrás.
¿A qué hora firmé ese “Contrato de Pertenencia” y de “Rendir Cuentas Contigo” que no me acuerdo?, me pregunto cada vez que me lanzan mi vainazo. Touché.
¿No es más fácil, directo y honesto decirle a la persona de frente que nos hacía falta, que estábamos preocupados por su ausencia y que nos alegra volverla a ver? ¿De dónde viene ese arraigado hábito de “echar en cara”, de exigirle a los otros que cumplan con unos tiempos que tampoco nosotros cumplimos, de estar pensando siempre antes lo negativo que lo positivo?
- ¿Y si la persona no apareció porque estaba realmente ocupada?
- ¿Y si se está viviendo tremenda historia de amor con pasión desmesurada y no hay espacio para un trío?
- ¿Y si está escribiendo una novela o un artículo sobre “desarrollo proteico” y anda concentradísima?
- ¿Y si sale del gimnacio muy cansada y llega a la casa fundida?
- ¿Y si está pasando por un momento difícil y nosotros no entramos en su lista de allegados así que no nos corresponde esa información?
- ¿Y si no le da la gana de llamarnos porque no le da la gana?

Cuando a uno le echan su vainazo, suda por dentro. Y lo salpican y después toca sacudirse. Un vainazo va acompañado de la justificación, es decir, de la expiación del “pecado”.
Algo así como: “Si me das una buena explicación que justifique tu ausencia, yo te perdono y te exonero de todo”… ¡Y entre más cruel, trágica y dolorosa sea la justificación, más rápido te perdonaré! La conversación se dirigirá automáticamente hacía ese triste capítulo que nos alejó durante todo este tiempo y nos volveremos a conectar y ser “cercanos”. Es decir: “Por haberte compartido un capítulo íntimo de mi vida, quedo enganchada energéticamente a tí, que te sentías desenganchado de mi”.
Juegos de poder energético. ¡Qué jartera!

Me cuesta entender porqué la gente no dice las cosas de frente. No es tan difícil, lo único delicado, es decirlo bonito, sin ofender. No es sinónimo de la honestidad, la crueldad. Los españoles aprenden a veces a decirlo más suavecito porque ellos son los “Reyes del Ser Frentero”. Usan la misma entonación para contar cómo sucedió un accidente que para pedir un café en un bar. Tienen que trabajarle a las entonaciones emocionales porque en ocasiones, caen en la “monotonía acústica”.

Expresarse a través de los “indirectazos” refleja una sensación de inseguridad y de abandono:
“Si le digo que me supo mal que no me llamara, de pronto deja de ser mi amigo, se me aleja y lo pierdo”. “O se enfada y discutiremos”. “Así que mejor se lo digo discimuladamente para que nada quede claro pero igual yo me saco lo que guardo”. 

Creo que es un enfoque muy inmaduro de los afectos, además de quedarse adentro con la sensación de no haber dicho lo que de verdad estábamos pensando. Sensación que se va degradando en rabia y rencor. Monstruoso.




Curiosamente, al menos en mi caso, los amigos cercanos e íntimos jamás echan vainazos. Cuando hay un período de ausencia, aparecen con una real comprensión o preocupación:
“¿Estás bien?”
“¿Todo en órden?”
“¡Te he pensado mucho, dime qué tu vida está marchando sin problemas!”

Eso es respetar al prójimo, dejarles sus espacios, no exigir de la gente cosas que la gente no está obligada a darnos, no emitir pre-juicios ni juicios, no pensar lo peor de primeras (ni tampoco de segundas ni de terceras), no ser imprudente, no ser metidos, no ser chismosos, no ser “igualado”, tampoco “confianzudo”, no pretender entrar en los círculos cercanos de todo el mundo, no ocupar puestos que no nos corresponden, no joder…

Cada uno se va construyendo su Camino Personal. No puede ser de otra manera. Y en ese Camino Personal nos acompañan las personas que nosotros queremos que nos acompañen. Es un derecho. También un deber, porque tenemos que sentirnos a gusto y respetar a la gente que escogemos tener cerquita. A veces quisiéramos estar más cerca de algunos, y esos algunos no nos dan ese permiso. A veces, otros quisieran estarnos más cerca, y somos nosotros los que no queremos o no podemos. Son mecanismos en la búsqueda del Camino Personal.

Yo tengo personas que me han acompañado en el Mio por cortas temporadas y hemos aprendido muchas cosas en ese breve encuentro. Otras con las que nunca he podido contectar, y eso no quiere decir que sean malas personas. Otras, que hacen parte de mis días desde siempre y por siempre. Son los amigos del Alma. Término Sagrado. Los Intocables. Los que nunca me atribuirían el anti-don de la ingratitud.
Así que procura rodearte de personas que hayan logrado erradicar esta palabra de su léxico cotidiano, porque a las que –compulsivamente- la siguen usando, resulta muy complicado cumplirle con sus altas expectativas y se la pasa uno dando explicaciones todo el tiempo. ¡Qué vaina!

(Dejo para otro día el tema de la lamentela italiana porque es igual de complejo)

Mis post más visitados