* eL PLaNeTa VerDe, mUy VerDe...

Verde, que te quiero verde…
Por Daniela Violi ® - primavera de 2008, bajo el aries

Yaya, yaya, cuéntame un cuento”.
“Mi niña, ¡qué ya es tarde, tienes que dormirte!”
“Por eso, ayúdame que mientras te escucho, te prometo que me duermo. Cuéntame un cuento…

Y la yaya Amelia comenzó:
Érase una vez un Planeta Verde, todo Verde. Hasta sus pulmones eran verdes y cuentan las malas lenguas que los países ricos vendían hasta su propia alma para apoderarse de estos pulmones, que quedaban entre Brasil, Colombia y Perú porque guardaban toda la materia prima con que los laboratorios iban a hacer las medicinas del futuro, y otras cositas más.
Verdes eran las esmeraldas que decoraban sus tripas, las vísceras de la Tierra y desde adentro, la hacían más bella y rica. Y verde el mármol serpentino, extraído de Prato, que sacaba de líos a los escultores de la Antigua Roma cuando tenían que representar a la gente de piel oscura. Verde también las lagartijas que viajaban por doquier, y se escondían detrás de los cuadros de las casas para que la gente no se les pegara en su Viaje. Es que no hay nada peor que un mal acompañante de viaje. Todavía se me eriza el pelo cuando recuerdo la tacañería del Joan en Toscana. O el que se pega por no quedarse solo. No hay peor enemigo que tenerle miedo a la propia soledad.

Los primos de las lagartijas, los dragones –los de occidente, eso sí, porque los de oriente eran rojos y buenos- también eran verdes, de escamas verdes en degradé. Nunca entendí porque la gente decía que eran malos solo porque botaban fuego por sus narices, cómo si fueran más santos y buenos hoy en día esos hombres que van escupiendo por la calle y una tiene que plegarse en ángulo de 90 grados y rotar sobre su eje para que no le caiga el gargajo en el hombro. Plegar el cuerpo tipo Neo evadiendo las balas en “The Matrix”. A la criolla.

Verdes también los mocos. El más temido de los mocos porque dicen que cuando la enfermedad se coloreaa de ese color, la cosa se puso muy maluca.
“Debajo del puente
hay un moco verde,
el primero que hable,
se lo comerá,
¡un, dos, tres ya, desde ya!”







(Silencio preventivo)





Verde el azufre que lleva a pensar que el verde puede oler a feo. Pero también verde el cuarto chakra, que es el del amor, y eso hace pensar que puede ser sublime y oler a flores de naranjo y a azahar en primavera.
Verde el manto de Santa Ana, la mamá de la Vírgen María y verdes las manzanas que le daba al Niñito Jesús porque ella era la Madre Tierra y era una gran proveedora. Cuando a la Madre Tierra la metieron en la lista de los paganos le tocó cambiarse de nombre. Así que Santa Ana se volvió la protectora de las riquezas del subsuelo, las minas, protegió a las madres y dió fecundidad a las que se les iba caducando el reloj biológico y querían un bebé. A muchas mujeres les pasa. Están con uno de esos parejos recurrentes del 3 milenio, que al final, no están preparados para nada ni seguros de casi nada y temerosos de todo. Y a ellas les cogen los 43, acabando de terminar con el novio que tenían desde hacía 12 años. Los que ni cortan, ni prestan el hacha:
- “Teresita, es que no estoy seguro de lo que siento por tí”.
- “Marujita, es que tu te mereces un hombre mejor que yo”.
- “Perencejita, es que no se que quiero”.
- Fulanita, es que nunca te he amado”.

“Ro-ri-ro-ra,
San Antonio ya se va.
¡Mira qué bonito lo vienen bajando
con ramos de flores lo van adorando.
Señora Santa Ana por qué llora el niño,
por una manzana que se le ha perdido!”

(Yo siempre visualicé verde a esa manzana perdida, y verde también la ira de esas mujeres artificialmente estériles escuchando esas palabras de sus acompañantes y contando hasta 100, cifra verde, para no sacarles sus verdes ojos).

Hay que tener especial atención con los Viejos Verdes, mijita, que esos pululan por doquier. Tipo plaga o invasión de piojos en el colegio, y los hay de todas las razas. No hay vacuna. Muchos hombres se van coloreando de verde con los años. Son malpensados, “manilargos”, morbosos, atrevidos y peguchentos y hay que tratarlos como cualquier animal peligroso. No les des confianza, no juegues con ellos, ni tengas contacto visual ni te dejes tocar un pelo. Nunca mires a los ojos a lo que no quieras atraer. Tampoco dejes que te peguen su energía densa que te ensucia tu aurea. Ellos buscan mujeres mucho menores que ellos, como si nunca se hubieran mirado al espejo. ¡Es una desgracia ser Viejito Verde, …¡y qué caro que les sale!

Claro que tengo que recalcar que ellos le hacen la contraparte a los “peludos”. Yo les digo “peludos verdes” porque tienen unas largas patillas que les tapan los perfiles y bigotes y barbas. Se ponen unas gafas que parece, las hubieran regalado en un Metro porque TODOS usan el mismo estilo, gruesas, muy gruesas y ocultan su mirada y quien sabe que cosas más. Caminan con desgarbo y su espalda va hacia la escoliosis aguda. Visten como adolescentes siempre con zapatillas de tennis y no se ponen una corbata ni muertos porque es símbolo de ser de derecha y juppy en su imaginario. El día que se ponen una, es de Bart Simpson. Rebeldía adolescencial, pero a los 30 y pico años. Y 40 y pico, y 50 y pico…
Tanto se nos alargaron los años de vida que las etapas se estiraron tanto?
A mi siempre me ha parecido que les faltó 15 minutos para ser autistas, tu les puedes hacer un full monthy y bailarles en pelota encima de la mesa del comedor que ellos nunca se van a dar cuenta de tu existencia. No porque seas feita. No. Es que les cuesta mucho trabajo salir de ellos mismos y percibir el entorno, Están asustaditos, mija, como corderos y se buscan “mujeres-poquita-cosa”, para no sentirse amenzados ni exigise tanto. Los viejitos verdes, entonces, son los que te recuerdan que estás viva cuando te subes a un metro, porque si fuera por los otros, dudarías de tu propia existencia.
Descartes, piensa algo que yo ya no se que pensar.

También hay chistes verdes, ¡cómo no!
Cuando echan dos o tres en una reunión son divertidos, ya más se vuelven despedidores. A mi me dan un sueño terrible, se me duerme la mandíbula y me estreso de pensar que tengo que reírme obligatoriamente.
Apréndete tres verdes:
- uno de peitos
- otro de caquita y
- uno más de mal-follar,
y tendrás un buen repertorio para que no dejen de invitarte a las fiestas. Es más aburrido quedarse en casa viendo “House”, que ese si que no se rie ni echa chistes de ningún tipo.

No voy a ser exaustiva porque quiero evitar la fatiga, reina, pero también hay piropos verdes:
“Si así es de verde,
cómo será maduro
que me lo pone duro”.

Acá me guardo los comentarios.

La rueda gira y lo que sube, baja. No es más ver como los verdes dólaretes dejaron de ser el objetivo del común del común de los mortales y ahora lo son los billetes de 500 euros, rojos, como los vestidos de Valentino y los Ferrari. Para no salirnos del color y del nombrado país, procura no viajar mucho por Alitalia, “A” verde en la cola de sus aviones y en los “Kleenex” que reparten, que es raro cuando no están en huelga y te dejan colgada.
“Siamo spiacenti, ma c’é sciopero”.
Es la primera frase que se tiene que aprender un turista cuando llega a la bota donde siempre hay una huelga. Bota muy verde, ¡eso sí!

Pero hay verde fuera de la Tierra, no te creas. Dicen los que los han visto, que los marcianos lo son y yo les creo porque prefiero no verlos todavía, para no perder la ilusión…
Hay verdes, mijita, que mis ojos nunca olvidarán: no hay verde más verde que el de los Andes, y el verde-Japón que yo dudaba que fuera verde y cuando lo vi me puse a llorar porque era delicadamente verde, cómo sus acuarelas.
Verde las rabietas de Hulk, el traje narizón de Linterna Verde, el cuchiflí de la paz, los del Celthic con trébol incluído y el shampoo para pelo graso.
Verdes los ojos del Tarántola, de Alexis y de Valerio. ¡Mirarlos era sumergirse en un océano de ese color!

¡Ah! Atención a esta consigna, mi adorada nieta: todo lo que no se usa, se pone verde. Verde es el moho, el óxido, el pus y las palabras jamás pronunciadas. Así que muévelo todo y no dejes nada quieto, que además de verde, le salen telarañas. Gasta cuando tengas plata, usa las palabras de manera sabia, ama cuando estés inflada de pasión, viaja cuando puedas, estudia cuanto puedas, aprovecha tu cerebro, y enriquece tu espíritu que este pertenece a las Matemáticas de los Milagros: entre más le metas cosas hermosas, más grande se te pone. Hay que llegar a viejita con el espíritu grande.
“Rico no es el que no tiene cosas, sino el que es pobre de espíritu”,
ponle la firma a esto y no es frase de curas.
Convéncete también que el momento ideal nunca llegará, así que lo que quieres hacer, ¡hazlo ya! ¡Este es el momento! Pasan como 7 años para que se te vuelva a presentar una gran oportunidad; no dejes que se te escapen por entre los dedos como pescados, que después te toca volver a salir a pescar.
(“Mejor pedir perdón que pedir permiso”.)

No le creas mucho a los hombres de poca fe, Verde desteñido, que reemplazaron a un Dios por Otro, el de la Ciencia, y la practican cual Dogma idéntico al anterior haciéndose de la misma manera, esclavos de una cantidad de reglas. Esa gente, mija, no se cree lo que no pueden probar-medir-cuantificar porque sólo miran con la mente, y te puedo asegurar que se están perdiendo de la mitad del mundo.
¡Qué se lean el Principito, que se masajeen el tercer ojo y que la Kundalini se les despierte!
Tú no trates de convencer a nadie, mijita, que las convicciones profundas son personales e intransferibles, pero tampoco les permitas que se burlen de tí y te traten como bobalicona, que como un tic nervioso, siempre intentarán “pordebajearte”. ¡Tú sonrie, qué ellos se alejarán rapidamente pensando en lo bobalicona que eres y cuando ya no estén, ve a jugar con las hadas.

Un verde que adoro: el de las mesas de pull y billar. ¡Por favor, qué placer! Y los verdes de las canchas y campos deportivos, que hacen que las personas le saquen el jugo a un maravilloso regalo que nos da la vida por un ratico, el cuerpo.

La comida: ahí sí que hay mucho verde. Parece cosa de las Matemáticas del Caos, pero entre más comas lechugas, broccolis, calabacines, pepinos, rugulas y demás vegetales verdes, más hambre te va a dar. Pero hay que comerlas por aquello de las vitaminas y fibras, y en gran cantidad. Los aguacates, las uvitas y los kiwis (antes que les inyectaran tantas hormonas, hoy no saben a nada y son gordos como un chanchito) también están bien. Poco favorecidos el apio y el pepino, pero es que PapaDios no podía estar siempre tan inspirado. Deliciosas las hierbitas, esas que tienen sabor a magia: el perejil, la albaca, el romero, la menta, la yerbabuena, la yerba santa, las guascas, qué ricas, mijita, échaselas a todo, que saben a Medio Evo y nos despiertan la memoria Ancentral dormida cuando éramos hechiceras y estábamos conectadas a la Sabiduría.
Toquemos también el tema de los sapos, los verdes. ¡Ve, reina!: tendrás que besar muchos, pero muchos de ellos, antes que salte tu Príncipe a tus maternales brazos. No te desesperes ni pierdas la fe, no saltes precipitadamente ni te encarames a uno que no dé tan babosos los besitos pensando que es lo mejor que se te atravesará en el camino.
“Al que le van a dar, le guardan”.
A cada uno le dan en su justo momento, the best for the best. Hay pa’todos. Ese es EL Secreto. Pero hay que saber esperar y como en las Hadas Madrinas, jamás dejar de creer.

Pero este cuento verde no puede acabar sin hablar del verde más verde que conserva como un tesoro este Planeta. Su mayor riqueza: la Esperanza, el Verde Esperanza. Ese tono de verde que jamás se destiñe, que se sacude las rodillas y vuelve a levantarse, que no se cansa de esperar, de sonreír, de volver a empezar una y otra vez tipo lup infinto cada vez que se nos desmorona el castillo de naipes. Ese Verde que nos susurra que lo mejor no ha llegado todavía y que pase lo que pase, este sigue siendo un Mundo maravilloso, y la vida, un frágil regalo. Por algo nos mandaron al Planeta Verde. Color Esperanza.

(...en que parte del cuento te me dormiste, nena?)

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