Ana y mi generación quemada

Tengo la sensación que mi generación - algunos de sus integrantes para no ser tan radical - está un poco quemada en amor.
Los que están emparejados desde "temprana edad" ya empiezan a darse cuenta que se brincaron cosas y las empiezan a echar de menos. Se escudan en la delicia que es tener hijos y dicen que eso lo paga todo. Pero les siguen quedando "dos céntimos" para completar el euro.
Los que han saltado de relación en relación, ya empiezan a sufrir el "Alzaimer amoroso". Esto es, empezar a olvidar quien con que, cuando con quien, donde con fulanito... Así que - casi por deducción matemática - todo empieza a darles lo mismo. Todos, para el caso.
Incapaces de tomar partido, inhabilitados en el arte de escoger, no llegan a nada. O a nadie, también para el caso.

Y en el medio de todo este despelote, Ana.
Ana a la que ya no le caben en los dedos de la mano y los pies juntos la cifra de hombres con los que ha salido. La mayoría, si no todos, muy amantes, poco novios, nada compañeros. ¡Eso de tener un buen par de tetas a veces es mal negocio! ¡Resulta casi imposible que te miren a los ojos, y si no te miran a los ojos, no te ven el alma y tu no puedes ver la de él! Entonces no te conectas. Mucho menos él. Es que decidir que uno quiere conectarse es cosa de valientes.

Así que Ana saltó de relación en relación y lo único que cambiaba en ellas eran solo dos ingredientes: el nombre del circunspecto y la fecha del insuceso. El resto era todo igualitico. El último fue impresionante. Mucha cama, demasiada hormona, esceso de kamasutra pero poca ternura, excasa pasión y cero enamoramiento. Vacío, solo quedaba eso al final de cada encuentro, vacío con olor a sudor.

Un día las cosas parecieron cambiar. Eso de estar esperando un milagro todo el tiempo a veces desgasta. Pero parecía que la espera había tenido sentido para Ana cuando apareció Nicolás. Un tipo diferente, ese que las mamás rezan para que se le crucen en el camino a sus hijas descarriadas. "Mijita que ha tenido tan mala suerte". Un tipo serio, trabajador, encantador sin excesos, próspero, guapo, sano... ¡un sinfín de virtudes todas para ser aprobadas! Ana no lo pensó dos veces y se metió con Nicolás. Y al poco tiempo se fue a vivir con él. Pensando mucho, sintiéndo poco.

Y así comenzaron a pasar los meses y Ana a pasar de él. Una de las enfermedades más crónicas del siglo XXI es el pánico inconmensurado a estar con uno mismo. Por eso la gente siempre está con los demás. En el baño chatea con el amigo, en el metro whatsappena con la comadre, en el trabajo publica en su muro de Facebook su "estado" para que los demás no olviden que ella existe.
Ana estaba contagiada.

Así que terminar la relación con Nicolás sin un reemplazo vigente resultaba un mal negocio. Decidió seguir con él, a costa del peor de los estados, el tedio vital. Y por ahí merodea Ana. Cada vez más diluída, casi-casi desteñida y por este motivo cromático, a los demás hasta les cuesta verla.

Y se siente más sola que antes.
Otra forma de estar quemada...

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