El arte de caminar por un andén...

(AMOR POR CADA CULTURA)

Cuando uno vive entre dos Mundos es inevitable la comparación: ¿Quiénes es mas...? ¿Quiénes son los que...? Y entre cada interrogación comparada, yo siempre termino caminando por el andén. El andén es el ejemplo perfecto para poner a cada cultura en el lugar que ha escogido estar. Cada país, cada región y cada mortal escoge cómo caminar por un andén. La manera de caminar determina el "aproche" que uno tiene con la "otredad". Hay gente que se mueve como una mónada sola y desconectada y hay gente que acaricia el suelo que camina cada vez que camina. No pueden hacerse generalizaciones: yo solo juego con las tendencias, pero como en las antiguas boticas, las estanterias están llenas de variedad y los frasquitos son de todo tipo. Cada andén tiene su encanto y des-encanto.

El andén latinoamericano es una pasarela. Todos se fijan en tí. Desde que lo empiezas a recorrer en su primera esquina, esa donde está ubicado el quiosquito de chiclets y Charms, todo el mundo se mete contigo. El señor que se fuma un chicote te susurra "Mamacita buena", el portero de la Corporación de Ahorro y vivienda te mira con cara de sospecha (siempre nos miran a los que no somos), el tipo que cuida los automóbiles te grita que tengas cuidado que ese que está parqueando te va a pisar un pie con la llanta, la señora que saca al perrito a pasear te esquiva con un "mija, tenga cuidado, deje de mirar a las nubes", el caco te escanea a ver si puede extraerte la billetera, el mendigo que te pide limosna, la vecina que salió a comprar huevos te saluda, el amigo de la prima de tu cuñado que se cruza la calle para saludarte con un "¡mucha ingrata, nunca me llamas!" así que cuando llegas a la otra punta de la calle, mucho tiempo después de lo que habías calculado, ya estás rendida, mareada y confundida.
¿A qué saliste? ¿Para dónde es que ibas? ¿Quién eres?


Acá en este lado del charco la cosa es bien diferente. Resulta sencillo ser puntual y calcular los tiempos. Te vuelves invisible y si te miran es como si miraran una película ajena a ellos. Todos corren y cuando te tropiezan no te dicen nada -¿a dónde se fueron los buenos modales? me pregunto yo como una abuelita-, te dan un doloroso pisotón y siguen como si nada -¿a dónde se fueron los buenos modales? me pregunto yo como una abuelita-, te tienes que subir un maletón muy pesado por las escaleras y nadie te da la mano -¿a dónde se fueron los buenos modales? me pregunto yo como una abuelita-, le dices a una abuelita que si necesita que le des una mano con su carrito del mercado y ella se asusta -¿a dónde se fue corriendo la abuelita? Lo más impresionante es que nadie te mira a los ojos y cuando lo hacen y descubren que los estás mirando, bajan rápidamente su mirada. Cuando caminas por el andén en estos lados del charco tienes que mirarte en el reflejo de un vidrio de un almacén para acordarte que sigues estando ahí. "Me miro, luego existo". Son realmente muy pocos los que llegan a tener conciencia de tu existencia: los cacos que te analizan el bolso a ver si te pueden extraer algo y los hijos de los Emperadores Incas que se vinieron para acá y aun pasando las duras y las maduras, todavía tienen ganas de decirte: "¡Mamacita buena!" y a ti, que te fastidiaban allá esas cosas, dices acá: "¡Existo!"

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