El duelo en vida del viudo

Juliana acompañó a una amiga a una exposición y ahí conoció al viudo. Era un tipo atractivo, bien tenido, impresionantemente delgado, con hijos grandes, una vida marital empezada a corta edad, tradicional en todas sus formas, todas, así que la cortejó hasta que ella cayó.
Hay relaciones donde uno entra. Otras, donde uno cae como una papaya colgada del árbol. Así que una vez en el suelo, uno se deja llevar: en actitud de tensa quietud, uno empieza a contemplar el paisaje a su alrededor a ver que pasa. A ver cual es la sorpresa que la Vida le tiene. Siempre hay sorpresa para los que creen en las sorpresas.

Juliana aceptó sus invitaciones: ir al cine, a cenar, a pasear por el campo. Él -por supuesto- no se la creía: ¡había conquistado cual Conquistador a una chica joven muy guapa! Así que alardeaba, de las daba, se forlecía en el prójimo (no está bien dicho "prójima") y recuperaba ese poder vital que la partida de su esposa le había robado.
Se encargó de hacérsela ver a toda la familia, a los pocos amigos, a las calles de la ciudad de origen medieval. Al inicio Juliana se complacía pero curiosamente, también se compadecía.
Él hablaba de su ex de nombre Cecilia, y a ella se le aguaban los ojos. ¡Qué cruel la vida: quitarle a su pareja a un hombre relativamente joven, con hijos adolescentes, tan felices y enamorados! ¡Vaya crueldad e ironía!
Pero una noche la versión cambió. Al viudo se le fue la mano con el vino y se le aflojó la lengua. Se confesó y Juliana se congeló. Cecilia, en vida, le era infiel con un amigo de familia. Él siempre lo supo y jamás fue capaz de conversarlo con ella, de reprochárselo, de enfurecerse, de nada. Sólo fue capaz de devorarse por dentro. Irlo haciendo mordisco a mordisco, hasta quedar tan delgado como estaba. Y con su muerte, tampoco recuperó su peso. Señal inecuánime que se había vuelto hábito el irse devorando por dentro.
A Juliana se le encendieron las alarmas, pero como estaba a dos días de partir por unas semanas a visitar a su familia, prefirió "dejar así". Lo meditaría cuando estuviera lejos de él. ¡Es que de lejos las cosas se ven más cerca, y la cercanía, aclara! Lo vió todo: el problema del viudo no era haber perdido a su esposa en muerte sino en vida, y eso hace al asunto más grave, más dolido, menos sanado. Esto explicaba su debilidad, su apego patológico, sus inseguridades, su duelo que jamás superaría. No fue fácil salir del viudo, o mejor, levantarse de él puesto que sabía haber caído. Siempre que uno cae algo se le raspa o se le rompe. Para el caso se le raspó la culpa porque las mujeres son expertas en despertarlas: generarle al viudo un nuevo dolor, ¡qué dolor! Pero con dolor, culpa y todo lo demás se lo dijo, le expresó el "problemilla" no resuelto que no le permitía entregarse al amor presente y lo dejó. Por supuesto, repitiendo el esquema que el viudo tuvo con Cecilia, a Juliana tampoco la perdonó por haberlo abandonado, siguió devorándose por dentro y cuando se la encuentra por la calle, le voltea la cara...

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