El egoCentrismo de Mario y el pocoCentrismo de Cata

Mario vivía fuera de su país. Años atrás, siendo muy joven, había tomado la decisión de irse. Como estaba ennoviado con Juli, se casó con ella. Como tenía que ser. Él tendía siempre a hacer lo correcto. Correcto en apariencia, porque era indescriptible el placer que le daba hacer cosas incorrectas por debajo de la mesa. Le encantaba saber que los otros lo miraban y que les producía confusión esa doble apariencia que emanaba: tipo serio por un lado, tipo loco por la otra. Era otro de sus orgasmos sociales.
Con Juli la cosa no funcionó y se separaron. Lo más probable es que nunca estuvieron juntos.
Así que Mario ingresó de nuevo -muy a su agrado- en el mercado de los singles. Su perfil era de lo más de atractivo para ellas, las que emanaban la misma energía de incongruencia. Cata volvió a caer. Ya lo había hecho en tiempos de universidad, había perdido la cabeza por él, él le había hecho creer lo nunca creído, le había susurrado mil cosas al oído y la había reemplazado por Cris. Cata quedó vuelta añicos.

Años más tarde Mario atacó de nuevo, cual Visigodo-poco godo.
Cata volvió a caer rendida a sus garras porque él le juraba amor eterno. La eternidad duró algunas semanas porque a los 34 días, Mario conoció a Miriam que le gustó más. Cata volvió a desparramarse de dolor. "No hay dos sin tres", dicen los italianos. Así que apenas divorciado, Mario se acordó de su siempre fiel Cata y empezó a escribirle de nuevo por FaceBook y de vez en cuando, en sus desoladas noches de frío invierno, la hacía transnochar hablando pendejadas por Skype. La volvió a calentar como a una pizza. "La pizza é calda", se regocijaba el tipo para sus adentros pensando en sus afueras. Así que en el siguiente viaje a su país, la buscó de nuevo, le susurró cositas calientes al oido y le prometió Amor Eterno.
Hasta le formuló la pregunta que ella anhelaba escuchar: "¿Dónde quieres vivir?". "¡Dónde tu quieras, mi amor, lo importante es estar juntos!" ¡Y como una pizza calda, se la volvió a comer!
Al día siguiente no la llamó porque ya desde su casa fuera del país había planillado su agenda con las chicas con las que quería comer cuando fuera de visita a su casa.

Mario sufre el síndrome del comelón y cada vez se pone más gordo y fofo.
Ella aun no entiende que es su temible Plan B.
¡Esta historia no aca acá!

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