Ocho décadas de obsesión

Cecilia había estado a punto de irse al más allá más de tres veces. Su familia la había llorado en esas tres ocasiones, hasta sus hijos se le habían despedido, pero nada que se iba así que seguía disfrutando de sus días. Ochenta y nueve primaveras. Con guerras incluídas, como dictan las biografías de los grandes heroes. Heroínas en el caso de Cecilia. Era mi alumna. Una de las mejores pupilas en acuarela que había tenido. Sus cuadros eran como ella, diáfanos y puros. Admiro a la gente que llega a los 89 en este estado. Un día cualquiera, Cecilia llegó a clase nerviosísima. "¿Qué pasa, nena?", le pregunta una de sus amigas, Esther, de 90. Y Cecilia empezó a contar su impresionante vivencia del día, porque he de aclarar que en el umbral del noveno piso, siguen pasando cosas increíbles. "Resulta que cuando yo tenía 13 años tuve un acosador de 20 que no me dejaba en paz" -empezó ella a narrar. "Era tan fastidioso e intenso, que mi padre tuvo que citarlo y hablarle duro y claro: "¡Mi hija no quiere nada contigo así que déjala en paz!" pero el perseguidor poco lo obedeció. Estuvo casi cinco años mandándome notas, flores y siguiéndome hasta que, pensé yo, se cansó. Yo seguí mi vida aunque confieso que esos años fueron muy duros para mi y me sentía casi siempre nerviosa y asustada. Con el pasar del tiempo me tranquilicé, empecé a olvidarlo y conocí al que fue mi marido por casi 50 años. Desde que soy viuda, vivo con mi hijo y su familia. Pues resulta que anoche timbró el teléfono. Contestó mi hijo y después de varios "si, si, si" escuché que dijo: "efectivamente vive aquí" y me pasó la bocina. Yo extrañada empecé con un "¿Si? ¿Aló?" y entonces escucho -como en la peor de las pesadillas- una voz ronca del otro lado del teléfono que me dice: "¡llevaba muchos años buscándote, estoy viudo y ya es hora que tu y yo tengamos algo!". ¡Era él! ¡Y ahora, viejo y verde! Pensé que esta vez si me iba al más allá de un paro cardíaco. Empecé a sudar y tener taquicardias. Entonces lo entendí. Yo había dejado ese capítulo abierto porque jamás había tenido los güevos de enfrentarlo. Respiré profundo, controlé mi taquicardia, espanté a mi hijo que no entendía que pasaba y agarré la bocina y mi vida entera con las dos manos: "¡Mire usté. Yo ya estoy vieja, arrugada, medio ciega y fea. Amé perdidamente a mi marido y ya está. Usté a mi nunca me ha gustado y ahora menos. Me hace el favor y se retira y no me vuelve a llamar más. No le voy a permitir que me amargue un segundo más de vida!". Y le colgué. Me costó un poco recuperarme pero lo logré y le conté a mi hijo y su asombrada familia lo que estaba pasando. Ellos nunca supieron nada. Yo ese recuerdo lo había removido completamente. Mi hijo me tranquilizó diciendo que su número había quedado registrado en la memoria del teléfono y estarían atentos a no contestar si él volvía a llamar. Pero yo sabía que no lo haría. Esta vez no. ¡Esta vez la que manda soy yo!" La profe de acuarela -yo- siguió dándole una mano a las demás alumnas con una nebulosa delante de sus ojos...

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