Tener un amante es mal negocio

Juana llevaba 24 años casada con Esteban. Se habían conocido en un verano en la playa y desde que se vieron, no dejaron de verse. Se vieron por algunos años más pero cada vez la imagen del otro se le iba diluyendo a cada uno. La lista de "peros" iba en increscendo, como un coro: que no me gustan sus amigos, que hay que empujarlo para que haga las cosas, que me marea porque habla demasiado, que no me dedica el tiempo que merezco, que me aburro, que me aburro, que me aburro.

Así que a los 21 años de casados, tercer ciclo de los sietes que pone a prueba una relación, como acto simbólico, Juana se consiguió un amante. Los amantes se consiguen como se consigue un "CapodiMonte" en un mercadillo de anticuario. Hay que buscarlo, individuarlo y atraerlo. Casi-casi como fabricarlo. Van a medida y salen caros. A mi los CapodiMontes me parecen feísimos pero hay un repetable público que los valora. Esteban se percató de la llegada del nuevo integrante a la familia pero prefirió fingir demencia. Era su mejor táctica para seguir deleitándose de las delicias de la comodidad. Su zona de comodidad. Y Juana, encantada de la vida en los primeros meses, presumía de amante con sus amigas, aparentando mientras lo contaba, preocupación y remordimiento por fuera, pero deleite y placer por dentro. Ese deleite que viene del "ya no me aburro" porque deposito en otro la responsabilidad de mi felicidad.

Así pasaron 3 años y la relación siguió igual. Cada uno en su sitio, cada uno en su papel, cada uno hablando de lo políticamente correcto y cada uno llevándose su procesión por dentro porque ahí feliz no era ninguno: Esteban porque se sentía desgastado de vivir y ya no sabía a qué apostarle, Juana porque no sabía como irse a vivir con el amante que no se lo pedía y el amante, que ahora se aburría...
Lo curioso de la historia es que a los tres les empezó a ir muy mal con sus negocios y otras cosas y lejos está esta anécdota de hablar del "castigo Divino". Nada les reventaba, lo que parecía que era seguro no lo era, lo que negociaban se desbarataba, los de alrededor les discutían, los que los buscaban los buscaban menos, se les desvanecían los nuevos proyectos, en fin, todo se iba a pique como un castillo de naipes. Cada uno en su soledad se lo preguntaba y aun intuyendo la respuesta, seguía echándole la culpa a las circunstancias. Madurar es hacerse más grande que las circunstancias pero eso sólo sucede cuando uno tiene los güevos de decirse la Verdad y rendirse ante Ella. O Ellas. Cada uno estaba desgastado, sin energía y disperso, flotando de la propia mente a la mente del otro y de la otra. Desperdiciando energías en las dimensiones ajenas y por lo tanto, descuidando la propia. La pensadera. Escapes energéticos como un globo de agua pinchado. Ya no hay centro y el ser humano necesita orbitar dentro de un círculo y no una elipse para mantenerse centrado...
Y donde hay tres, generalmente para ponerle más picante al tedio, entra un cuatro... ¡Uf, qué tedio me da solo de pensarlo!

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