Yo y mi arruguita

(AMOR POR UNO MISMO) Desde mis 32 tengo una arruguita entre las dos cejas. Así que no la tengo por vieja sino por preocupada. La preocupación es el estado contrario al de la confianza. Así que a mis 33 la Vida me dió tremenda lección de confianza. Si antes me preocupaba por el dinero que sí tenía, me quitó el dinero a ver que pasaba y me mandó a aprender a los predios de la Gran Maestra, la despiadada Roma. Por tejemanejes Divinos, sobreviví a las llamas de los "rogos" de Campo dei Fiori y disculpen si incluyo Manos Divinas en Planes Terrestres, pero en mi caso, así fue. Al final de la prueba de fuego y de caminar por carbones calientes camuflados en piedras de la Via Apia, descubrí que no me pasaba nada, pero la arruguita se acentuó porque me fue inevitable no preocuparme. Ya era hábito adquirido. Aprendí a no hacerlo por saturación, años después. Así que ahora soy una mujer des-precupada con una arruguita entre las cejas.
Consideré aplicar los famosos métodos estéticos que tanto se oyen en esta, la Cultura que lleva siglos buscando la Fuente de la Eterna Juventud y empecé a investigar. En Europa los tratamientos eran "prohibitivos" así que cuando fuí al otro lado del charco, pedí mi cita en un Centro de esos que prometen volver a ponerlo a uno como cuando tenía 18. Aclaro que yo a mis 18 no estaba en mi mejor estado. Las fotos dan fe. Pero de todas formas fuí y ejercí una de las artes más difíciles de aplicar: escuchar. Algunas de mis amigas ya estaban yendo... Nada de lo que oí me gustó. Descartado el botox porque hay que tenerle mucho miedo a la vejez para tomar esa decisión tan agresiva con uno mismo. Pero descartado también el ácido hialurónico y las vitaminas y el resto de propuestas. ¡Qué métodos más esclavizantes, qué caras que resultan, qué poco duran sus efectos, qué pocos meses que pasan para que uno deba regresar a reponer lo que la piel absorbió, qué dependencia, que...! Me tomó sólo 2 segundos y medio decir "esto no es para mi, yo soy una mujer libre". Regresé felíz a mi casa y me miré en el espejo. Me contemplé con behemencia y ternura. Con absoluta radicalidad -no siempre soy altamente flexible- tomé la decisión que cambió mi destino estético: esa platica la iba a invertir en lo que más me gustaba, viajar. Y entonces seguí haciéndolo, con poco dinero, ganas locas, Amor por la Vida, un compañero de Camino excepcional y una arruguita que cada vez -palabra de Girl Scout- se desvanece más. ¡El mejor tratamiento estético: aprender a vivir relajado!

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