Amanda y Pascual, tal pa'cual...

 Imagen extraída de Wikipedia


La soledad es cosa tesa y Amanda lo sabía. Especialmente cuando caminaba por las calles mojadas. Si uno está mal acompañado se siente más solo que solo, pensaba saltando charquitos, pero si uno está solo, tiene muchas ganas de estar acompañado. Ella estaba entre las dos posibilidades y no sabía a cual de las dos arrimarse más. Una amiga le aconsejaba que se arrimara al querer, pero ella no sabía qué querer. Si quererlo a él que ya casi no la quería o quererse a ella misma que todavía se quería menos. Lo de él, Pascual, era casi una relación ego-céntrica. De ego porque cada uno contemplaba como un mandala el ombligo, el propio y céntrica porque al más puro esquema aristotélico/tolemaico, todo orbitaba alrededor de las necesidades personales. El otro solo existía para intentar satisfacerlas. Por supuesto, nunca las satisfacía y el compañero no vivía contento.
Amanda iba sola por el mundo y Pascual también pero no se daban cuenta.
Hacían una buena pareja. Al menos eso decían los entrometidos que sin haber sido encuestados siempre se tomaban la molestia de responder.  A veces resulta más destructivo opinar en positivo que quedarse callado. Amanda y Pascual sabían que no hacían una buena pareja porque ni pareja eran, pero se esmeraban en tener contento al amable público. La soledad se los carcomía por dentro y cada uno intentaba evadirla a su manera. Pascual con más Amandas que al final resultaban fotocopias de la chica, y Amanda con lágrimas, a ver si ellas lograban purificar el sendero de espinas y hombres espinosos que ella, su madre, su abuelita, su bisabuelita y demás hembras de la familia Pinzón habían atraído siempre a su vida. La vida de "las antepasadas" de Amanda parecía un mal chiste: era la misma existencia repetida a modo de lup infinito. Como si Pascual fuera un highlander que las iba enamorando a todas. Así que como por décima tercera vez en la descendencia Pinzón, otra Amanda vivía en soledad con su Pascual.
Ahí, en medio de la soledad acompañada más absurda, desoladora e indescriptible, la chica se ahogaba en lágrimas negras que le nublaban la vista -la externa y la interna- sin permitirle decodificar la contraseña que la mudaría de estancia: "¡Escógete tú!"
Ella, su madre, su abuela, su... y todas las demás, llevaban siglos enteros petrificadas en postura de apática elección -escogiendo un Pascual- alterando de esta manera los ciclos sagrados de las geometrías del Tiempo e impidiéndoles ascender en espiral. Era por eso que sus órbitas habían adquirido formas de uróboro, la serpiente solitaria que se muerde la cola...

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