Un amor reencarnado

Fotografía de Georges Moanack®


Felipe y Cristina se conocieron en el cumpleaños de una amiga en común. Como comúnmente suele suceder. Tener una amiga en común no garantiza pero si facilita tener más afinidades. ¡Por lo menos ya hay conocidos comunes y se puede salir en grupo!
Comenzaron a hablar como si un diálogo inconcluso estuviera pendiente y cuando se despidieron a altas horas de la madrugada, el susodicho diálogo seguía abierto. Así que decidieron prolongarlo al día siguiente y al siguiente y al siguiente. Pero el diálogo cada vez se expandía más, se hacía más divertido, más amplio y más holístico. Tipo una sana adicción.
Sin ponerse de acuerdo tomaron la misma decisión irracional y se fueron a vivir juntos, pensando ingenuamente que podrían de esta manera concluir tanto tema abierto. Pero los temas crecían como ramas empezando a florecer y hasta los pajaritos empezaron a construir nidos entre las hojas. Felipe y Cristina nunca habían sido tan felices. Así que para ponerle más tema a los temás, tomaron otra decisión irracional: iban a invertir en lo que más les gustaba, viajar.

Decidieron seguir los mismos Hilos Invisibles que hasta el momento los habían guiado y fue así como desembocaron en el Palacio de los Vientos en Jaipur, capital de Rajastán. Se bajaron del tuc-tuc más mareados que de costumbre pero como el mareo ya era costumbre, no le dieron importancia. Caminaron hacia el Palacio rosa con forma de cola de pavo real y mientras más se acercaba, más se mareaban. "¡Seguro que es el calor y la cantidad de gente la que nos tiene así!", le dijo Cristina, pero ni él ni ella se tragaron el cuento.
Él no fue capaz de entrar. Le dijo a ella que la esperaba afuera y se sentó junto a un árbol. Ella subió y a medida que ascendía por cada piso, peor se sentía. Una náuseas incontrolables la invadían. Sintió la necesidad de sacar la cabeza por una de las ventanitas diminutas para coger aire -esas mismas ventanitas desde donde contemplaban la realidad las mujeres del Harem que vivían allí dos siglos atrás con su Marahá- y respiró profundo.
Se mareó aun más cuando vió desde lo alto a Felipe sentado bajo el árbol tomándose una Coca-Cola. Esperándola, de la misma manera que cada enamorado dos siglos atrás esperaba a que su princesita sacara la cabeza por la ventanita y le regalara dos minutos del día. No más de dos, porque eran todas propiedad del Marahá. Si se pillaban a alguna mirando a otro...
Rápidamente Cristina metió la cabeza y supo por fin, dos siglos después, lo que tenía que hacer: ¡Bajar las rampas y escaleras corriendo para tirarse a los brazos de su amado y escapar juntos de ahí! Felipe la vio salir despavorida del Palacio, dejó la lata de Coca-Cola dentro de la basura, la cogió de la mano y le dieron la espalda al Palacio de los Vientos caminando con paso de gacela.
Fue el único lugar del viaje no fotografiado.

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