Eloísa y el alto precio de ser simpático


Eloisa venía de dos familias con vidas sociales muy agitadas. Parecía como si la simpatía y la empatía fueran el sello de ambos clanes y la cola de eventos sociales era impresionante. Ella creció viendo a sus abuelos y sus padres de esta manera: exacerbadamente sociales, para no usar un superlativo más superlativo. La chica se formó a imagen y semejanza de sus modelos de vida y como es sabido, el que llega va superando al que estaba, pues ella fue aun más simpática y empática con el prójimo. Muchos prójimos rodeaban su vida, ocupando y sobrepoblando todas y cada una de las 12 casas de su carta astral. La cosa a veces se ponía color maldición. Cada vez que empezaba a trabajar, le sonaba el teléfono porque una amiga quería contarle sus males. Cuando se sentaba a ver una película, el vecino le timbraba para comentarle el problema de la puerta comunal. Si estaba comiendo, el Whatapps silvaba y si se sentaba a hacer pipí, el que hacía un ruidito era el chat. Así se le iban sus días y parte de sus noches, porque como tenía amigos por todos lados del mundo, la buscaban los que estaban 7 horas más atrás para comentarle algo.

Un día no pudo más. No que no quisiera o que se hubiera aburrido de la gente. Fue el pitico que le comenzó en la cabeza y no volvió a irse más. Pitico sumado a la aceleración de sus latidos del "mango" y mareo de transatlántico. Lo curioso fue que nadie alrededor lo notó: cómo ella siempre estaba sonriente, equilibrada y pendiente de los demás, a nadie le cupo en el imaginario -individual y colectivo- que Eloisa estuviera pasando un mal rato. Como si los malos ratos no fueran para ella. Hubo conocidos que hasta se enfadaron porque ya no contaban con su presencia. Como si la presencia pudiera contarse.

Eloisa regresó a sus orígenes y se convirtió en feto. Se metió en su cama 6 días con sus 6 respectivas noches enroscada como dentro del útero de su social madre fecundada por su social padre, desconectando todo posible pitico exterior. Hasta cortó los cables del timbre de la puerta. Al séptimo día se levantó siendo otra sin piticos de ningún tipo, preparó una maletica con sus trajes preferidos y comenzó vida anónima en otro lugar que ni yo misma supe donde era.
Ese mismo domingo, antes de marchar, dejó una considerada y respetuosa nota a los amigos y familiares: "Descanzo en paz".

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