El arte de domar la juzgadera y silenciar la pensadera...

Sospecho que crecer es sinónimo de irse quitando las ganas de andar por el mundo corriguiendo a todos, diciéndoles lo que deben hacer, juzgándolos por sus diferencias y regañándolos -cual maestra escuelera- cuando por la calle alguien hace algo contrario a lo que nosotros haríamos. Recuerdo a mi hígado hinchado, a la adrenalina liberada, a la rabia en el corazón y a las ganas irracionales de darle un cocotazo (en el coco, obviamente) al tarado ese que tiraba el papelito desde su flamante "Mercedes" o a la pendeja esa que -sintiéndose más viva que el resto de los mortales- se colaba en la fila del banco. Recuerdo también lo mal que yo quedaba después, la tembladera incontrolable en todo mi cuerpo, como me estropeaba parte del día y lo más importante, que sólo había logrado la reacción contraria en el tarado ese y la pendeja esa. El tipo tiraba un papel más al suelo y la tipa que se giraba desde la pole-position de la fila me regalaba un "¡Fea!", el peor de los insultos que una mujer puede decirle a otra.

Va uno aprendiendo a régimen de anécdotas como esas que humanamente es imposible que un solo mortal cambie al mundo entero, que por ahí no se cambia al mundo, que la educación cívica la regulan y administran sus encargados estatales, que uno no puede ir dictando cátedra con un manual debajo del brazo y que el sentido común es el menos común de los sentidos.
Más comunes resultan a veces el sentido de la desesperanza y el sentido pésame.
¿Sentido común a qué y con qué?

Así que en mi definición de sentido común practico en mi cotidianidad -cual monje budista- el arte de la contemplación y cual fiel seguidora de Gandhi, el arte de la ejemplaridad.  
"Sé tu el cambio que quieres ver en el mundo", decía él, así que en este momento de crecimiento yo no tiro papeles en la calle, no me cuelo como un spaghetti en las filas sino que me pongo en el lugar que toca, no insulto y descalifico a la gente y practico otras cositas más. Básicamente para que la adrenalina no se me dispare en negativo (¡es genial cuando se libera participando en una competencia deportiva, por ejemplo!), porque si me agito en negativo yo, no le soy muy útil que digamos a la paz del mundo. Una de las conexiones que elabora mi sentido común.

La contemplación requiere un poco más de trabajo. Es lograr ver al prójimo como espejo, como hermano, como proyección mia... Los indios de la India se saludan con su hermoso Namasté: "mi ser perfecto reconoce a tu ser perfecto".
¡Pero qué poco perfectos nos percibimos cuando nos sentamos en un metro y empezamos a mirar a los que comparten el viaje allado nuestro! La pensadera y opinadera interna nos embisten. Acallarla resulta un jaleo.

¿Cómo no sentir ganas de decirle a la de allado que se nota a leguas que no está a gusto con su cuerpo y que se lo quitaría si pudiera -esa que tengiversó los manifiestos de la revolución femenina del 68 e interpretó el asunto como "parecerse lo más posible a un hombre"- que si se enderezara las tetas no se le verían tan caídas e íntimamente se setiría más a gusto con ella?

Pero no me corresponde. Le corresponde a ella descubrir el sentido de su camino y las formas en que lo quiere recorrer.
Y a mi, representando a muchos comunes mortales, corresponde silenciar la pensadera y dejar ser...
¡OMMMMMMMMMMMMMMMMMMMMMMMMMMMMMMMMMMMMMMMMM!!!

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