El fino arte de no ir salpicando por todos lados


Cada vez que Dolores se enfadaba con Emilio lo mandaba a aquel Lugar pestilento.
"¡Vete pa'tu m...!", decía cuando su marido no hacía lo que ella quería, lo que ella pedía, lo que ella pensaba, lo que ella esperaba...
Acto seguido y por ley de la reciprocidad, Emilio la invitaba para que lo acompañara porque él solo no iba a irse para allá.  A la m... se va acompañado. Va el que la invoca y va el que la recibe como un paquete. Un viaje largo al que se llega con rapidez pero cuyo retorno parece infinito. Salir de la m... es toda una proeza motivo por el cual es recomendable no acercársele. Mucho menos, invocarla. Mandar a la m... a alguien-cualquiera, es despojarlo de todos sus títulos, roles y dignidades. Y como el otro es espejo mio -quiéralo uno o no- yo también termino yéndome pa'llá. Condición inecuánime que tienen las maldiciones. La historia da fe.

Así, en repetidas ocasiones, Dolores y Emilio se iban pa'su m... y cuando regresaban daban pena.
Volvían salpicados, gastados, apaleados, aporreados, vencidos, malolientes, adrenalínicos y marchitos. Muchos volveres suenan a tango y al alma no le queda otra que ponerse marchita cuando empiezan a sonar.
Los hijos -que iban aprendiendo de sus ejemplares métodos para resolver problemas y ya comenzaban a sacar visa para poder viajar al País pestilento- se encerraban en sus habitaciones y no salían hasta que el mal olor hubiera pasado.
Pero el olor no terminaba del todo de irse sino todo lo contrario: se iba impregnando en la ropa, en las comidas, en las plantas, en los pensamientos, en las omisiones, en la piel y en el aire de todos lo que pasaban por esa casa, familia externa y vecinos incluídos. Eso tienen las cosas compuestas de texturas fangosas y densas: resulta una verdadera proeza limpiárselas y aun cuando uno se crea ya limpio, sigue impregnado. Allá en lo profundo de las zonas cerebrales más antiguas -el hipotálamo y el sistema límbico- queda ese olor nauseabundo que acaba por mezclarse con el gusto, porque ambos sentidos van estrechamente ligados. Así que además de oler a m..., la propia Vida coge ese sabor.

"¡Todo me sabe a m...!" dicen los que la prueban.
¡Qué probar no tiene nada de malo porque la curiosidad pertenece a los mortales, pero quedarse comiendo lo mismo por siempre, es cosa de condenados y monotemáticos, digo humildemente yo. Ya de por sí ser monotemático es una condena.

Y como esas regiones cerebrales ancestrales también son las responsables de la memoria y de las emociones y sentimientos, pues vaya mierdero que se va formando. Mierdero como la cotidianidad de Dolores y Emilio que iban dando tumbos embarrados hasta sus hipotálamos sin poder ver luz en el camino, porque la luz se ve solo cuando los ojos están desembarrados.
Y así pasaron sus últimos años. Dolores mandando a su m... a Emilio y Emilio a Dolores. Decadencia en pareja. Auto-condenados y condenados a su particular infierno en la Tierra. Por voluntad propia, o peor aun, por falta de voluntad. Aquella sutil actitud que hace que aun íntima y primitivamente queriéndolo, nos aguantemos las ganas y no mandemos al prójimo a ningún sitio pestilento sino que le respetemos su espacio a nuestro lado. O lejos de nosotros, pero sin mandarlo a la m... Esa  reverencial actitud que -por reciprocidad- nos garantiza el derecho a un lugar en el mundo iluminado y perfumado. Paraíso en la Tierra. Otra posibilidad posible. Esa actitud que indica que soy capaz de respetar al prójimo porque me respeto a mi mismo/a.

¿Qué hacer con la mierda? ¡Pues dejarla para el teatro y la buena suerte!  
Merd, beaucoup de merd, mon chéri!

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