Las buenas costumbres de la Madama


La Madama era toda una madama.
Bucles en secuencia ordenada, nariz respingada, bufanda de seda anudada al cuello, boca a modo de culo de gallina, porte de reina, cuello de cisne, perfume de números primos de Channel, voz modulada, entonación calculada, palabras precisas, frases de cajón y elegancia extrema.
Ella no sabía qué era el aburrimiento porque su vida entera era un gran tedio.

Educada en las más altas esferas con los tutores más calificados.
Estancia en un Internado para Señoritas donde le dijeron exactamente que debía hacer en cada ocasión, de qué debía hablar y que no tenía que pensar.
Marido a su medida escogido en una fiesta en alta mar de un noble en decadencia con yate.
Hijos que no abrazaban ni sabían ser abrazados. 
Conocidos para hablar del clima, de los próximos viajes o de los negocios del marido ausente.
La Madama no sabía lo que era la soledad porque su vida entera era un manantial de desolación.

De la peluquería a la masajista, del golf al bridge y del delicatessen a la boutique
Ella no tenía nada vulgar, no decía palabrotas y todo lo mundano que pudiera pasar por su cabeza, se quedaba atrapado en su colón a modo de colitis. Nada malo salía de ella. Solo "buenas costumbres".
¡Ella tampoco supo lo que era un pedo puesto que lo que no se nombra, no existe!

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