Berta y su hada madrina: ¡en búsqueda y captura de la alegría perdida!


Berta había nacido en una familia triste, muy triste, descaradamente triste. Tan triste era, que sus integrantes solo se reunían para lamentarse. El club del mutuo lamento. En los funerales lloraban y en las fiestas, enterraban comensales.
Cuando la chica nació todos estaban tristes porque no había sido chico.
Cuando la chica cumplió 10 años, le develaron la gran verdad: "Berta, tienes que saber que eres una persona depresiva porque tu madre lo es, tu abuela lo fue y tu bisabuela, lo que-te-te-fue".
Cuando la chica cumplió los 18, le regalaron su carta astral; era tal el malestar en la familia que el astrólogo se dejó llevar y le asignó el ascendente equivocado, por supuesto, el más triste del zodíaco.
Berta estaba marcada, como se marca una vaca en un corral. Y como vaca que era, estaba encerrada.

Los años siguientes de Berta fueron -valga la redundancia- marcados por la tristeza: novios que la hacían llorar, amigas que le quitaban parejas, socios que le robaban proyectos, amigos que la traicionaban, padres que no la aceptaban como ella pretendía, hermanos que la dejaban sola, amigas que la usaban para contarle sus desgracias pero que a las fiestas se olvidaban de invitarla, en fin, todo tipo de desgracias caseras que le consumían su hígado de rabia guardada y sus pulmones, de tristeza acumulada.

Era un no-acabar.
Era como una maldición de bruja de fábula infantil.
Era como un karma transgeneracional.
Era cualquier cosa, muy maluca, por cierto.

Un día cualquiera, la chica decidió regalarse una experiencia diferente. No se fue a la India a encerrarse en un Ashram ni tampoco recorrió el Camino de Santiago. No eligió África para percibir en carne propia como viven otros ni tampoco se fue al Monte Shasta a recibir la iluminación. Nada de eso que hace todo el mundo para regresar sabiendo lo que los demás mortales aun no han entendido. Berta se fue a visitar a su madrina Estela pidiéndole posada por un período. Ya no daba más.

Estela era su madrina por accidente. ¡Cómo iba a elegir su familia a una madrina alegre en un contexto tan triste! Lo que sucedió fue que en el momento de la Confirmación de la chica, a su tía Gertrudis -madrina elegida- le dio un papatús. La única persona disponible en el marco de la ceremonia era Estela, la madre loca de su compañera de clase Margarita, loca también ella.

Estela resultó ser la madrina más divertida y generosa del mundo. ¡Qué afortunada que se sentía Berta! Cada vez que podía, conversaba con la disparatada señora! Entre más charlaba con ella, hay que recalcar, menos disparata la percibía. Simplemente, era una mujer alegre que tenía una manera diferente de ver las cosas. Su alegría le gustaba; casi-casi la contagiaba. Cuando la oía charlar sentía muchas ganas de ser como ella. La inspiraba.

Así que en este último encuentro ya estaba decidida: quería aprender a ser como su madrina Estela. En casa -por supuesto- no estaban muy contentos cuando Berta frecuentaba a la madrina, pero como se las daban de hiper-creyentes, no tenían otra opción que dejarla ir puesto que era su madrina. Aprobada -por necesidad y urgencia pero siempre aprobada- por ellos mismos aquel triste día en que a la tía Gertrudis le dió el patatús. ¡Cuánto recuerdo triste que tenía la familia!


Pero esta vez el encuentro con su madrina fue aun más poderoso.
Si algunos se sientan en Bodhgaya debajo del árbol que iluminó a Budha a ver si les pasa lo mismo, ella se sentó en un cojín de la sala de Estela y después de la afirmación proclamada por la señora, sintió que algo se le detonaba por dentro: "Tú eres como yo!"

Esa noche -contemplando las vigas en el techo del ático donde Estela tenía el cuarto de huéspedes- Berta no paraba de pensar:
¿Alegre yo?
¿Soy como mi madrina?
¿La alegría me pertenece?
¿Para mi también hay?
¿No soy triste?
¿Puedo dejar de serlo?
¿No soy maldita?
¿No se queda uno toda la vida igualita a como nació y con lo que le tocó?
¿Me ha tocado a mi?
¿Cuándo lo acepté?
¿Y si lo devuelvo?
¿Yo también soy fuente de alegría?...

Y la última pregunta, esa noche y debajo de ese techo de vigas de madera se convirtió en afirmación.

Berta se volvió a hacer su carta astral y corrigió su ascendente, se enorgulleció de nacer chica y aceptó que no encarnaba al varón que todos esperaban, dejó de regalarle su preciado tiempo a los demás cuando la buscaban para lamentarse y sobre todas las cosas, se puso a reconstruír su vida entera, esta vez, fundamentada en la alegría.
¡Por supuesto que vivió feliz para siempre!

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