La cultura del "vainazo": ¡Qué vaina!


Ya me resultaban fastidiosos los "vainazos" cuando vivía en Bogotá puesto que mi aries “frentero” me hacía quedar con esa sensación que no me estaban diciendo lo que en realidad me querían decir. Ahora, viviendo en otra cultura que todo lo dice sin anestesia, me resultan ridículos y obsoletos.

Elaboré una concisa lista de los vainazos más comunes:
“¡Uyyyyyy, tan perdida que andas!”
“¡Hooooola, ingrata!”
“¡Cuidado me llamasssss!”
“Apareció la perdidaaaaa”
“Ya no me quieres porque no me llamassss”
“Ahhhhh, y es que te volviste de mejor familia que ahora no apareces?”

Pienso que la palabra “ingrata” junto a una entonación de sílabas alargaaaaaadas y expresado con una mirada de juez, no tiene nada de cómico, ni de divertido, ni de afectuoso. ¡Todo lo contrario! Resulta un recurso comunicativo agresivo con una fuerte dosis de rabia y reproche camuflados detrás.

- ¿A qué hora firmé ese “Contrato de Pertenencia” y de “Rendir cuentas contigo” que no me acuerdo?, me pregunto cada vez que me lanzan mi vainazo.
 - ¿No resulta más fácil, directo y honesto decirle a la persona de manera frentera que nos hacía falta, que estábamos preocupados por su ausencia y que nos alegra volverla a ver?
- ¿De dónde viene ese arraigado hábito de “echar en cara”, de exigirle a los otros que cumplan con unos tiempos que tampoco nosotros cumplimos, de estar pensando siempre antes lo negativo que lo positivo?
- ¿Será que hay una dosis de culpabilidad detrás del reclamo para transladar la culpa al otro y liberarse de ella?

Replexiones sanas cuando una persona se desaparece de la vida de otro:
- ¿Y si la persona no apareció porque estaba realmente ocupada?
- ¿Y si se está viviendo tremenda historia de amor con pasión desmesurada y no hay espacio para un trío?
- ¿Y si está escribiendo una novela o un artículo sobre “desarrollo proteico” y anda concentradísima?
- ¿Y si sale del gimnacio muy cansada y llega a la casa fundida?
- ¿Y si está pasando por un momento difícil y nosotros no entramos en su lista de allegados así que no nos corresponde esa información?
- ¿Y si no le da la gana de llamarnos porque no le da la gana?

Un vainazo va acompañado de la exigencia de justificación, es decir, de la expiación del “pecado”. Una recriminación no justificada merece el castigo del fuego eterno. ¡Uy, qué miedo!
Algo así como: “Si me das una buena explicación que justifique tu ausencia, yo te perdono y te exonero de todo, y entre más cruel, trágica y dolorosa sea la justificación que me des, más rápido te perdonaré y seré más compasiva con tu falla!
La conversación se dirigirá automáticamente hacía ese triste capítulo que nos alejó durante todo este tiempo y nos volveremos a conectar y ser “cercanos”. Liberaremos las oxitocinas de la confesión. Es decir: “Por haberte compartido un capítulo íntimo de mi vida, quedo enganchada energéticamente a tí, que te sentías desenganchado de mi”.
Juegos de poder energético. ¡Ay, qué jartera me dan!

Ingeniería del "vainazo":
Expresarse a través de los “indirectazos” refleja una sensación de inseguridad y de abandono:
“Si le digo que me supo mal que no me llamara, de pronto deja de ser mi amigo, se me aleja y lo pierdo”. “O se enfada y discutiremos”. “Así que mejor se lo digo disimuladamente para que nada quede claro pero igual yo me desahogo para no sentir ahogo”. 

Resulta un enfoque muy primitivo de los afectos porque uno termina guardándose adentro la sensación de no haber dicho lo que de verdad estaba pensando. Así la sensación se va degradando en rabia y al final, mucho rencor. Monstruosidad contra uno mismo que como buen monstruo, devora.



Curiosamente, los amigos cercanos e íntimos jamás echan vainazos.
Cuando hay un período de ausencia, aparecen con una real comprensión, preocupación e interés:
“¿Estás bien?”
“¿Todo en órden?”

Eso es respetar al prójimo, dejarle sus espacios, no exigirle cosas que no está obligado a darnos, no emitir pre-juicios ni juicios, no pensar lo peor de primeras -ni tampoco de segundas ni de terceras-, no ser imprudente, no ser metidos, no ser chismosos, no ser “igualados”, tampoco “confianzudos”, no pretender entrar en los círculos cercanos de todo el mundo, no ocupar puestos que no nos corresponden, no joder…

Me cuesta entender porqué la gente no dice las cosas de frente.
No es tan difícil mientras se haga con respeto, conectado al amor y sin ofender.
La honestidad debe ir de la mano de la intensión que a través del mensaje enviado, las cosas mejoren. Esto es: que digo lo que estoy diciendo porque quiero que nuestra relación -amistosa, amorosa, laboral- se mantenga sana y crezca. De ahí la honestidad y la claridad y no la crueldad, la descalificación o la ofensa.
Por supuesto que a veces alguien se molestará o "mosqueará" cuando se le comparte una percepción. Sin temor a la pérdida o posesión, que cada uno asuma lo que le corresponda. Asumir lo ajeno quita fuerzas y energías. Asumir lo propio, las alimenta.
 De todas formas y para no darle más vueltas al asunto, es sano rodearse de personas que hayan logrado erradicar "el implacable vainazo" de su léxico cotidiano, porque a las que compulsivamente lo siguen aplicando, resulta muy complicado cumplirle con sus altas expectativas y se la pasa uno dando explicaciones todo el tiempo. ¡Qué vaina!

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