Declaración de intenciones con respecto al uso de mis redes sociales



Yo, Daniela Violi, amante de la comunicación hasta el punto de elegirla como carrera profesional y fiel usuaria de las redes sociales:
Me niego rotundamente a publicarle al mundo cómo amanecí hoy y de que lado de la cama me levanté.
Me niego de manera tajante a repetirle a Raimundo y todo el mundo las frases de amor que le pertenecen solo a mi compañero de vida.
Me abstengo de dejarle mensajes privados a mi hermano en su muro como "No te encuentro, ¿dónde andas metido? ¡Llámame!"
Le digo "no" a tener -compulsivamente- que estar colgando Twitteres de lo que estoy opinando en ese momento así lo que esté haciendo sea una simple fila de banco.
¡Ni hablar de vivir un despeche público donde todos se solidarizan con la víctima abandonada y van en contra del malandrín que tuvo la osadía de dejarla, o dejarlo!
Y "no" también a contestar un WhatsApp cuando hago pipí o tener que pedir excusas porque me tardé una hora en dar una respuesta. Ni se diga deber justificar el silencio porque estaba trabajando, escribiendo o creando, como ejemplo de muchos verbos que acaban en "ando".
Mucho menos a convertir mi página en un "muro de lamentos" donde le lloro mis desgracias a los demás desgraciados. Prefiero mantenerme en la dimensión de la "gracia" rodeada de amigos solidarios, comprensivos y agraciados.
Me niego a maldecir, a putear, a rajar, a criticar, a calumniar, a blasfemiar y a dejar públicamente mi consigna que Fulanito es hijo de su mamá o que Sutanito se merece el fuego eterno. Si algo tengo que decirle a alguien, espero esto sea mirándolo a los ojos, incluído un mal político, porque estoy segura que por FaceBook el honorable congresista ni siquiera se entera de lo que se des-dice de él. Pero la salpicada si que nos toca a los pobres amigos del enfadado que tenemos que leerlo y nos usa como basurero de su rabia y frustación. Proclamo una cultura de propuesta y no una de protesta.
No quiero ir por la vida dando lecciones de vida, ni diciéndole a los demás lo equivocados que están y lo mal que viven con frases lapidarias o consejos no pedidos colgadas del muro de FaceBook cual profeta de la Nueva Era o aprendiz de chamán.

Me quedo con esas frases bonitas sin ánimos o desánimos de lucro que se agradecen porque están colgadas con el humilde fin de hacernos reir, o mejor aun, de alimentarnos el Espíritu, cualquiera sea nuestra personal definición de Él. Las disfruto y agradezco. Me quedo con ellas, con las fotos de la hija de una buena amiga que está disfrazada de pastorcita, con saber que un amigo lejano está adaptado a su nueva vida, con el libro que publicó un escritor que admiro o un buen artículo, con la exposición de obras de una escultora, con las clases que dictará una verdadera experta en su profesión, con el homenaje que se le hace a un rockero fallecido, con una nota curiosa extraída de un blog al que yo no hubiera llegado sola...  

Quiero seguir siendo dueña de mi vida  y de mi intimidad y darle a esa dimensión el tono de sagrado que se merece. Es mi vida. Y me la vivo yo. Lo privado lo comparto con mis seres más cercanos y lo público, con la gente buena gente. Pero hay un límite entre esas dos dimensiones, y ese límite lo traza uno. Esto se llama auto-regulación y se contrapone a la macabra intención del Sistema que empuja al individuo a perderse en la masa seducido con la sensación -muy egocéntrica por cierto- de ser divo, estrella pública, oráculo de perdidos, ejemplo de vida. Perderse en la inmensidad para no encontrarse más. Algo así como una "sensación oceánica" freudiana al inicio del tercer milenio.
"Dime cuantos seguidores tienes en tus redes sociales y te diré cuanto existes", podría ser su consigna.
"Dime de que presumes y te diré de lo que careces", podría ser la mia.

Un asunto es manejar la comunicación cibernética a voluntad, la otra, ser controlado por ella.
Una cosa es disfrutar de las delicias de la red y otra, caer enredado en ella como una telaraña.

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