Rigoberto que siempre hacía reír a las mujeres

Ilustración perteneciente a Revista Dini, Colombia, elaborada por Daniela Violi ®


A Rigoberto le dijeron desde temprana edad que la mejor arma para seducir a las mujeres era haciéndolas reír, y reír y reír. Que de tanto reír, ellas caían desplomadas a los pies del humorista y se entregaban sin poner resistencia a la voluntad del macho. Así que el tipo se fue preparando con los años y completó una enorme lista de chistes para contar. Los chistes se cuentan y no se explican. Se explica la teoría de la relatividad. Se cuenta el chiste del conejo. El chiste es una forma de cuento. Cuento que debería hacer reír. Cuando no hace reír es chiste flojo.

Atento al saber heredado, Rigoberto se volvió el rey del chiste, de la broma, del cachondeo y de la tomadura de pelo. Resultaba imposible tener una conversación seria con él y como decía cosas cómicas fuera de lugar, a veces él también estaba fuera del lugar. Los amigos jamás volvieron a comunicarle que alguien había fallecido porque sudaban frio durante el entierro intentando ignorar los comentarios llenos de gracia que Rigoberto hacía. Resultaba fallido llamarlo a lugar porque el tipo ya no ubicaba esa unicación espacial en su mapa interno. Todo aquello que sea hecho más de 22 veces se vuelve hábito y Rigoberto le había metido chiste a todo por lo menos 22.222.222 veces: esto era un monstruoso hábito que cubría no solo la conciencia del sonriente Rigoberto sino que había invadido también su inconciencia. Así que él siempre se enteraba tarde de una muerte, una enfermedad, una emergencia, una quiebra, una depresión, una huída, una discusión, un divorcio, un aborto, un hallanamiento y todo aquello que no hiciera reir.
No asistir -casi litermente- a actos fúnebres no lo salvó de las desgracias personales.
Tampoco lo salvó de la desolación puesto que los amigos decidieron solo convidarlo a actos ligeros donde su comportamiento estuviera a tono y dejaron de invitarlo a momentos que requerían de menos ligereza y más conexión.

Con las mujeres la estrategia le funcionaba solo al principio. Al inicio efectivamente ellas quedaban boquiabiertas por su humor, se divertían y reían como locas. "¡Qué gracia la que tiene este hombre!", se decían. Entonces se relajaban y en las primeras citas, Rigoberto se la pasaba muy bien.
Pero las mujeres no son pendejas y saben diferenciar a un tipo alegre de un incongruente emocional, así que a la cuarta cita, con el músculo de la risa en la cara encalanbrado y agotado y su mundo emocional resquebrajado, le daban su "adiós" radical, intransferible y unidireccional. Curiosamente, no volvían a reír cuando se referían a él...

Ridi, pagliaccio!*




*Frase de la ópera "Pagliacci" de Ruggero Leoncavallo que traduce "¡Ríe, payaso!"

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