El picaflor que sentó cabeza


Él era todo un picaflor. Iba de flor en flor desde sus años más mozos. Sabía engatusar con sus palabras.
Sin embargo, había crecido en un entorno clásico, de esos que van chuleando los pasos a seguir en una vida correcta. Así que a la hora que le correspondió por edad escoger pareja estable, se la buscó muy clásica. La quería pura, diáfana y virgen y se la consiguió pura, diáfana y virgen. Obviamente, muy diferente a las mujeres con las que antes había estado y que le divertían tanto. Pero ella era la adecuada para tener hijos. Tuvieron tres. Por unos años se mostró ante el mundo como un tipo serio. "El muchacho que sentó cabeza", como dicen las abuelitas en los costureros.
Pero entre el segundo y tercer hijo, levantó cabeza de nuevo y miró a su alrededor. ¡Qué panorama que se había creado durante su ausencia y qué tedio el que se lo devoraba a él! ¡Su esposa pura, diáfana y virgen era tan pura, diáfana y virgen! Así que empezó a tener aventurillas. Pecaditos veniales. Escapadas cortas. Caprichitos inofensivos.
Hasta que su mujer -que pensó antes de los tres hijos que casándose con él iba a tener una vida más divertida- se derrumbó en llantos de frustración. ¿Por qué sales a bailar con otras y a mi nunca me llevas a bailar? Él no tuvo el coraje de decirle que con las mujeres puras, diáfanas y vírgenes no se sale a bailar. Solo se tienen hijos. No le dijo nada.
Se cambió el corte de pelo, alquiló un piso cerca para ver a los hijos y se consiguió novia. Una novia que de pura, diáfana y virgen no tenía ni un pelo, que en realidad, eso era lo que él siempre había querido…

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